Capítulo IX
IX
Recuerdo que aquella tarde, al salir de la consulta de Mireia, me quedé parada en la acera sin saber muy bien hacia dónde ir. Tenía un nombre para todo lo que había vivido. Y eso, que por un lado debería haberme aliviado, por otro me pesaba como una losa.
Si algo me descolocó profundamente en esta historia fue enfrentarme a la maldad humana. Durante mucho tiempo sostuve la creencia, ingenua, ahora lo sé, de que la gente mala no existe, de que solo hay personas heridas. Después de lo vivido, esa idea dejó de sostenerse.
La maldad no es inmadurez ni daño por torpeza o inconsciencia.
Tampoco es perder el control en un mal momento.
La maldad es hacer daño de forma consciente, sabiendo el efecto que tendrá, a veces incluso disfrutándolo.
Es manipular con premeditación, mentir para dominar, humillar sin culpa y alimentar el propio poder con el sufrimiento ajeno.
La verdadera maldad es perversa y sabe ocultarse.
Castiga sin motivo, miente con naturalidad y observa tu derrumbe con una frialdad inquietante.
Aquella media sonrisa de Yago al entregarme mis cosas en una bolsa de plástico me lo reveló todo.
Fue sutil, como casi todo en él, pero tan escalofriante que no pude ignorarla.
Sus sueños oscuros, sus pensamientos obsesivos, ciertos gestos, incluso la energía diabólica que sentí en Tenerife, empezaron a encajar en un mismo lugar.
Son vampiros. Agujeros negros, seres sin alma que absorben la luz de quienes los aman porque sin ella son puro vacío.
Luz y oscuridad, el juego más antiguo del mundo.
Él mismo me lo dijo cuando lo conocí, que era muy camaleónico. Y es cierto, saben ponerse la careta perfecta para seducir a quien tiene delante. Como en el retrato de Dorian Gray, son un alma podrida bajo una imagen impecable.
Darme cuenta de todo esto enciende una urgencia casi visceral de advertir al mundo. Porque, si no sabes identificar a estas personas, cuando lo hagas —si llegas a hacerlo— puede que sea demasiado tarde. El desgaste suele ser tan progresivo como devastador.
Yago camina libre entre la multitud, igual que muchos otros.
La llamada tríada oscura de la personalidad —narcisismo, psicopatía y maquiavelismo— representa al 15 por ciento de la población.
Depredadores sin empatía ni moral que manipulan, mienten y destruyen sin el menor remordimiento, simplemente porque se sienten con derecho a hacerlo.
No tienen alma. No aman, no sienten culpa. Solo cazan.
Ahora sé, porque lo estoy viviendo, que salir de una relación con alguien así no es solo una ruptura, es una devastación emocional comparable a la huella que deja un huracán de categoría cinco.
El trauma es profundo, y entiendo que desde fuera no se comprenda.
Incluso que se juzgue. Yo misma tampoco lo habría entendido de no haberlo vivido.