Capítulo VIII
VIII
Desde el primer momento siento que Mireia me entiende y me cree.
Es una psicóloga especializada en abuso narcisista y su voz, tranquila y segura, me envuelve en una paz inesperada.
Con una calma que me reconcilia conmigo misma, me explica las consecuencias del trauma por traición.
Me habla de la disonancia cognitiva, de esa batalla interna en la que la mente se resiste a aceptar una verdad insoportable, incluso cuando los hechos hablan por sí mismos.
Nada de lo que siento tiene que ver con la debilidad, me dice, sino con el estrés postraumático inevitable que deja una relación abusiva.
Mireia habla de Yago con una claridad que me descoloca. No me pregunta qué hice yo. No me pide que busque mi parte. Solo describe lo que él hizo, con nombre y con consecuencias.
Es la primera vez que alguien lo hace.
Me doy cuenta en ese momento de que llevaba meses esperando oír exactamente esto. Y de que el hecho de no haberlo oído antes —de que quien debía decirlo nunca lo hiciera— también fue parte del daño.
Aunque mi mente todavía se resiste a creer que Yago pueda ser tan perverso, ella no duda ni un instante. Me dice que es capaz de identificar a una víctima de abuso narcisista solo por sus síntomas y que, en mi caso, son evidentes.
Para que comprenda la magnitud de lo vivido, Mireia toma un documento de su mesa y lo desliza hacia mí con cuidado.
—Lee esto —me pide como si me entregara la llave que por fin abre la puerta de la comprensión.
20 señales de que tu pareja es psicópata narcisista integrado
Estrategias que utiliza para manipularte
1. Dice mentira sobre mentira
1. La táctica del demonio: primero se oculta, luego se pone agresivo y, si no funciona, utiliza el victimismo
2. Siente un vacío existencial, se aburre fácilmente de todo
2. La «rana cocida» o el «gota a gota». El maltrato es gradual y ello hace que no te des cuenta
3. Le da la vuelta a la tortilla a todo
3. La violación de la expectativa de reciprocidad y de tu confianza
4. Te ridiculiza
4. La estrategia de una de cal y otra de arena, o del premio y el castigo
5. Cibercoqueteo y triangulación (mientras finge inocencia). Se hace el loco y te acusa a ti de paranoia
5. La estrategia de la zanahoria o de la tierra prometida
6. Empalma una relación con otra. Lo que le ocurrió a la pareja anterior es lo que te ocurrirá a ti
6. La represión de las emociones negativas de la víctima
7. Te acusa de experimentar emociones que ha provocado en ti deliberadamente
7. La triangulación con otras mujeres
8. Tiene cero empatía
8. La falsa acusación (inversión del proceso, victimización) o acusaciones para tapar abusos, la proyección de sus traiciones
9. Te amenaza con una ex fantasma
9. Monólogos interminables o ensalada de palabras (conversación en círculo, verborrea, hablar sin decir nada)
10. Es inmoral
10. Personalidad múltiple: Dr. Jekyll y Mr. Hyde
11. Doble rasero: se focaliza en tus errores y olvida los suyos
11. Luz de gas, confusión, ninguneo, silencios y abandonos
12. Capacidad camaleónica
12. Rechazo de toda responsabilidad
13. Es especialista en tus puntos débiles para explotarlos a su favor
13. Se presenta como víctima de su propia víctima
14. Relación parasitaria y de no reciprocidad
14. Acusaciones falsas
15. Tienes miedo a la última bronca
15. Abandono final del peor modo posible
16. Negación del abuso mediante la estrategia del calamar (soltar tinta para emborronarlo todo y conseguir confundirte)
16. Anclajes: pulseras, collares, música, tatuajes…
17. Egoísmo: tú no existes, solo existe él/ella. Tus necesidades han desaparecido. Espera que le leas la mente y resuelvas sus problemas dándoles prioridad sobre los tuyos
18. Vampirismo emocional: necesidad de atención constante. Te chupa toda la energía, dejándote exhausto, consumido y vacío. Es un agujero negro
19. Tienes la sensación de que, por más que inviertas en la relación, nunca es suficiente y quedas agotado
20. Aparenta ser víctima de su víctima
Leo el documento con atención y dejo que cada palabra se asiente. A medida que avanzo, voy marcando mentalmente cada punto, como si completara un test que confirma algo que siempre supe.
Levanto la mirada, asombrada por la literalidad de esas líneas.
—¿Cómo te sientes después de leerlo? —pregunta Mireia.
—Muy impactada —respondo, como si acabara de descubrir una nueva raza humana.
—Suele tener ese efecto —responde Mireia con la convicción de quien ya ha visto esa reacción muchas veces—. ¿Qué ves de Yago en esta lista?
La respuesta me brota sin esfuerzo.
—¡Lo veo en todos los puntos! Primero se ocultó tras la máscara de hombre ideal, haciendo gala de su capacidad camaleónica.
Una vez que tuvo mi confianza, empezó con sus ataques de ira y agresividad.
Y, cuando veía que se había pasado, entonces caía en el victimismo para manipularme a través de la culpa y la empatía.
Construimos el acuerdo de ser ROCA para luego traicionar mi confianza.
Ahora identifico con claridad el juego de la zanahoria cada vez que apelaba a nuestro propósito conjunto o la boda en Hawái.
Y de pronto lo entiendo todo: las pulseras, los collares, los amuletos.
No eran regalos. Eran una forma simbólica de anclarme a él.
Mireia me observa en silencio, dándome mi espacio.
—¿Y cómo te sientes al darte cuenta de todo esto? —me pregunta.
—Me cuadra mucho —reconozco, aliviada por entenderlo mejor—, aunque no comprendo cómo es que no me di cuenta antes si todo es tan de manual.
—No lo ves porque confías en esa persona, y porque el maltrato es siempre gradual. Es el efecto de la rana cocida. La violencia aumenta tan lentamente que no te das cuenta, y, cuando empiezas a sospechar, ya es demasiado tarde.
—Es tremendamente cruel, no entiendo para qué lo hacen. ¿Qué ganan ellos?
—Ganan poder. Necesitan quedar por encima.
Es un trastorno, Catalina. Necesitaría enfrentarse a su propia vulnerabilidad para poder sanar, pero eso es justamente lo que quieren evitar.
Necesitan destruir lo bello y lo bonito, porque para ellos es una amenaza.
Ellos proyectan en ti lo que ellos mismos hacen porque no pueden enfrentarse a la verdad: que son malas personas.
Nunca han experimentado el amor. Imagina el vacío existencial con el que viven.
Ellos sufren más que nadie —añade en tono comprensivo—.
Probablemente, Yago tiene la misma herida emocional que tú, la necesidad de atención, validación y amor.
Pero él adoptó un mecanismo de compensación mucho más perverso.
Ahí está la diferencia entre tú y él. El trabajo ahora es tuyo, Cata.
Necesitamos olvidarnos de Yago. A partir de ahora nos vamos a centrar en lo más importante, en vivir el duelo, tu validación y tu amor propio.
Para ayudarme a entenderlo mejor, Mireia profundiza en el trauma de la traición. Me explica que nacemos destinados a vincularnos, y ningún cerebro humano está preparado para sostener la contradicción de que quien te cuida sea también quien te destruye.
El abuso emocional que se desencadena perfora la psique —y el alma— y deja una fractura difícil de sanar.
Es una forma de aniquilación interna que disuelve la voluntad y facilita que el otro tome el control, aprovechándose de una vulnerabilidad biológica inherente a nuestra naturaleza, pero sin que lleguemos a ser plenamente conscientes de ello.
Antes de despedirnos, Mireia me advierte de la amnesia perversa que suele acompañar a este tipo de trauma: la mente tiende a borrar lo negativo y a conservar lo positivo.
Ese mecanismo hace que sea fácil romper el contacto cero.
Por eso me sugiere escribir un «listado de los horrores», una guía a la que recurrir cuando la memoria me falle o necesite reforzar mi decisión recordando todo lo que Yago me hizo.
Al día siguiente hago vida normal; vuelvo al hospital por quinta vez porque no me saco de encima la dichosa cistitis y entonces lo veo antes de que él me vea a mí.
Tomás está en la recepción de urgencias, hablando con la del mostrador con esa manera que tiene de ocupar espacio. Me da tiempo a dudar entre seguir adelante o darme la vuelta. Sigo adelante.
—Cata —me saluda, cogiéndome del brazo al pasar, con una mirada de incomodidad que intenta disfrazar de afecto—. ¿Qué tal estás?
—Bien —respondo. Es mentira, pero es la única respuesta posible.
—Yago está muy mal, ¿sabes? —suelta, como si me estuviera haciendo un favor.
Noto cómo algo se me tensa en el pecho. Todas las semanas de trabajo interior, las sesiones con Mireia, las noches en el suelo de la cocina. Y basta una frase de un desconocido para que todo se tambalee.
—Me alegro de verte, Tomás —digo cogiendo el número de la máquina.
Me voy al piso de arriba por las escaleras. Sin correr, sin llorar. Pero, en cuanto doblo la esquina, me apoyo un segundo en la pared y respiro.
Eso también es un triunfo, aunque no lo parezca.
La experiencia de mi relación con Yago me transformó de una manera profunda e inesperada.
Aunque aún estaba en medio de la tormenta, algo dentro de mí sabía que al final del camino no sería la misma.
No lo comprendía del todo, pero el cambio ya estaba en marcha.
El dolor, ese al que tanto había temido, se convirtió en mi maestro.
Lo atravesé sin huir, sin anestesia, sin resistencia.
Al permitirme sentirlo todo, algo empezó a sanar.
Cada lágrima, cada emoción cruda, fue arrancando capas que ya no me pertenecían y dejó al descubierto una versión de mí que desconocía.
El simple acto de no evitar el sufrimiento me fortaleció.
Lo que al principio parecía un peso insoportable empezó a aligerarse.
Me sentí más firme, más enraizada en mí misma.
Aquello que creí que me estaba destruyendo, en realidad, me estaba reconstruyendo.