Lo que no se ve Capítulo VII
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Capítulo VII

VII

Durante las semanas siguientes logro mantener el contacto cero, pero con mucho esfuerzo.

Tan pronto me siento eufórica por haber recuperado mi libertad como rompo a llorar desconsoladamente.

Echo de menos nuestros buenos momentos. Solo soy capaz de hacer lo mínimo: levantarme, ducharme, dar algunas clases y cuidar de los niños.

No puedo, ni quiero, exigirme más. Lucas y Chloe, sin ellos saberlo, me ayudan a mantenerme a flote.

Poco a poco siento que voy recuperando el control de mi vida.

Cada día me felicito por tener el valor de tirar hacia delante, aunque a veces me asalten las dudas.

En ocasiones pienso que tal vez no era tan malo, que me lo inventé todo, que también tenía cosas buenas que compensaban, que todo el mundo tiene defectos, que tal vez me precipité…

Me pregunto constantemente qué estará haciendo, cómo se sentirá, si ya estará con alguien, cómo lo estará viviendo, si se sentirá tan destrozado como yo…

La tentación de saber de él es demasiado fuerte, y, cuanto más tiempo pasa, más siento que se aleja, y eso me mata.

Lo peor son las noches, cuando la sensación de vacío y de haber perdido algo irrecuperable me asalta sin piedad.

Era como si Yago hubiera introducido un caballo de Troya en mi mente y no pudiera librarme de él. Pensaba que iba a volverme loca. Con el tiempo entendí que todo era fruto del vínculo traumático.

De repente necesito hablar con Ángela con urgencia. El dolor es desgarrador y nada parece calmarme. Me ahogo en la ansiedad y temo que, si no hablo con alguien, pueda hacer algo de lo que luego me arrepienta.

Cuando cojo el móvil me doy cuenta de que apenas le queda batería.

Busco el cargador, pero recuerdo que lo he dejado abajo.

¡Joder! Miro a mi alrededor durante unos segundos, y en mi búsqueda desesperada abro el cajón de la mesita de noche que utilizaba Yago.

¡Ahí está el suyo! Eso y el cepillo de dientes es lo único que ha dejado en casa.

El tema de los ciento ochenta euros de los vuelos perdidos por sus arrebatos nunca volvió a salir y, en medio de todo el conflicto, yo tampoco lo saqué.

Enchufo el cargador, pero, no sé por qué, no lo detecta. Limpio con impaciencia la ranura del móvil y lo presiono bien contra el enchufe para encajarlo correctamente, pero, después de esperar varios segundos intentando contener mi desesperación, nada sucede.

Llena de ira, cojo el aparato y lo lanzo al suelo con furia.

Joder, ni siquiera su cargador funciona, pienso con una ironía amarga mientras lo veo estrellarse.

Entonces oigo ese zumbido otra vez, el mismo que escuchaba a veces cuando Yago se quedaba a dormir.

Suena justo antes de que la pequeña caja negra se abra, dejando escapar un destello de luz azul.

Me acerco, extrañada, mientras el zumbido persiste.

Examino las piezas desparramadas con cautela y descubro un orificio milimétrico junto a la luz parpadeante. Esto es muy raro…

Me quedo unos minutos observando cada pieza, intentando encajarlas como si fueran un rompecabezas.

Dentro de la caja hay una lente diminuta y otros componentes que no tienen nada que ver con un cargador.

Joder. Joder. Joder… Una idea tan loca como aterradora me cruza por la mente. Necesito confirmarla cuanto antes.

Abro Google y escribo «cargador de teléfono con cámara oculta».

La pantalla se llena de imágenes parecidas.

Al principio ninguna coincide. Hasta que una sí.

Es el mismo modelo que tengo entre las manos.

Una descarga eléctrica me recorre el cuerpo.

El calor me sube a las mejillas. ¿Esto está pasando de verdad o estoy paranoica?

El pánico se apodera de mí durante unos minutos al imaginar lo que Yago podría haber grabado.

Cada descubrimiento es peor que el anterior y, por momentos, siento que esto me supera.

Me siento al límite, como si no pudiera con algo así nunca.

Vulnerable. Violada. Engañada. Pero no. Me niego a creer que Yago haya llegado tan lejos.

Me convenzo de que debo estar exagerando.

Vuelvo a examinar las piezas del cargador en busca de una tarjeta de memoria, de algo que pruebe que ha grabado imágenes, pero no hay nada, ni vídeos ni software visible, nada que confirme que haya guardado algo ahí. Creo que me va a dar un infarto.

Llamo corriendo a Ángela, presa del pánico.

—¿Lo ves capaz de hacer algo así? —le pregunto a bocajarro.

—No lo sé, Cata. Solo puedo decirte que este tipo de cosas son habituales en personas narcisistas. ¿Y si lo llevas a una tienda para que te digan cómo comprobarlo?

—No puedo sacarme de la cabeza que me haya grabado. A saber de qué es capaz ahora. Sé que lo usaría. No tiene ningún motivo para no hacerlo y sé que eso le haría sentirse vencedor. Es la única forma que tiene de hacerme daño —digo, presa del terror.

—Lo sé, pero no pienses en eso ahora, no te ayuda —responde, con toda la calma que puede—. Oye, ¿y si vas a la po­licía?

—Uf, no me atrevo, Ángela. Sería como cavar mi propia tumba.

Si no puedo probarlo porque no hay imágenes, Yago iría a degüello y lo usaría para desacreditarme.

Él quedaría como el bueno y yo como la loca.

No, gracias. Es lo último que necesito. Y si resulta que es verdad…

¿te imaginas tener que hacerlo público? Y que el contenido pase por manos de policías, abogados, jueces, fiscales…

Me moriría de vergüenza. Tampoco quiero que se entere mi familia; tengo miedo de que me culpen por haberme metido en esta situación.

Definitivamente, no. Tengo mucho que perder y poco que ganar.

Lo único que me preocupa es no saber si tiene grabaciones y qué puede hacer con ellas.

—Lo entiendo. Seguramente yo, en tu lugar, me sentiría igual.

Lo único que puedo decirte es que no vivas anticipando lo peor.

Afronta esto con la cabeza alta, porque no has hecho nada malo.

Has hecho lo mismo que hace cualquiera cuando confía en alguien.

Si él difunde esas imágenes, el que queda retratado es él.

El que se comporta como un capullo es él.

Tú solo confiaste en alguien que no lo merecía.

Si te avergüenzas, él gana. Si lo afrontas sin miedo a lo que puedan pensar de ti, el poder vuelve a ser tuyo.

Esa es la clave: no entregarle tu miedo.

No sé cómo llamar a este tipo de violencia de la que una no es consciente mientras la vive, pero es devastadora.

Siento que mi dignidad, mi autoestima y mi libertad han sido profundamente vulneradas.

Pero, después de las palabras de Ángela, algo se recoloca.

Tiene razón, la vergüenza no es mía. No soy culpable de nada.

Tengo que dejar atrás el miedo, porque el miedo me ata a él. Afrontarlo me devuelve la libertad.