Lo que no se ve Capítulo VI
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Capítulo VI

VI

A la mañana siguiente, me despierto renovada. He dormido profundamente y, por primera vez en días, no tengo ansiedad. Reviso el móvil y veo que Yago ha respondido al mensaje:

Vale, te llamo cuando tenga un rato

Por su respuesta intuyo que está molesto. No está acostumbrado a que tarde en contestar ni a que rechace una propuesta para vernos. Aunque dudo que llegue a llamarme —Yago siempre te la devuelve—, esa posibilidad me mantiene en vilo.

Paso el día repasando mentalmente todo lo que quiero decirle. Reescribo frases una y otra vez y hago una lista para no olvidarme de nada. Sé que no me dejará hablar mucho, así que necesito ser clara, directa y firme.

A las diez y media de la noche, sigo sin noticias de él. Pero, cuando ya me iba a dormir, llega un mensaje:

Se me ha hecho tarde, acabo de llegar a la furgo, estoy supercansado. Si no te importa, hablamos mañana. Al mediodía lo tengo bien, llámame cuando quieras. Serán solo cinco minutos y listo

La mañana siguiente transcurre de forma inexplicablemente tranquila entre reuniones y clases de pintura. Agradezco profundamente tener algo en lo que ocupar mi tiempo para no estar pensando constantemente en la llamada.

A la hora de comer tengo el estómago cerrado.

Hemos quedado en hablar a las tres, y la tensión aumenta a medida que se acerca la hora.

Enciendo incienso y una vela, limpio el salón con palo santo y pongo algo de música suave.

Por último, coloco un cuarzo blanco a mi lado para que me dé claridad, fuerza y determinación.

A las tres y cinco me armo de valor y marco su número.

Tarda en contestar. Mi nerviosismo crece con cada tono.

Me lo imagino sentado en el banco de la furgoneta, mirando el móvil y dejándolo sonar un poco más.

Dándose importancia. Es su forma de decirme que todo esto es un trámite, que le da igual.

Las sutilezas de Yago nunca son inocentes.

—Hola —escucho cuando ya estaba a punto de colgar.

—Hola —respondo con el mismo tono frío.

—¿Qué tal estás?

—Mal, ¿y tú?

—Bueno, he estado mejor.

—¿Qué me querías decir? —pregunto, queriendo ir al grano. Sé que, cuanto más tiempo pase hablando con él, más probabilidades habrá de caer de nuevo en su trampa.

—Quería decirte que lamento lo que pasó el otro día. Nos estábamos haciendo daño y necesitábamos un punto de inflexión. Quiero que sepas que lo hice por nosotros, fue un acto de amor…

—¿Un acto de amor? —interrumpo, indignada—. ¿Cómo puedes decir eso? Plantarte en mi casa a las doce de la noche, con mis hijos durmiendo arriba, y dejarme mis cosas en una bolsa de plástico es lo más humillante que he vivido. ¿De verdad me estás queriendo vender esa mentira? —exclamo furiosa.

—Cata, ahora mismo está hablando tu ego.

Es tu ego el que juzga y se siente humillado.

Con una visión más elevada verías que necesitábamos estos cuatro días para enterrar el hacha de guerra.

Gracias a eso, ahora puedo hacer borrón y cuenta nueva y seguir construyendo contigo.

La pregunta es esta: ¿puedes dejar tu ego de lado y hacer lo mismo?

—No se trata de mi ego, Yago. Esto es amor propio, y no es lo mismo.

Lo que me has hecho es lo más horrible que me ha hecho nadie.

Y no, no vamos a seguir construyendo nada.

Porque lo sé todo: tus mentiras, tus infidelidades, tus manipulaciones, tus proyecciones. Todo. Sé quién eres, Yago. Te he visto.

—¿De qué hablas? Tía, estás fatal… —me interrumpe con sarcasmo.

—No te va a servir de nada hacerte el loco. Lo sé todo —repito—. La contraseña del móvil falsa…

—¿Qué contraseña? Ah, bueno, la cambié…

—También sé que aquel día fuiste tú quien llamó a Carla, y no al revés.

—Tía, estás loca… —dice con sorna.

—¡Lo vi, Yago! ¡Lo vi! Y también sé que el domingo pasado estabas con una chica.

—¿Qué te has tomado? De verdad que estás fatal.

—Pero sé que no ha sido la única vez. Me has sido infiel desde el principio. Tendría que haberme dado cuenta cuando me pegaste la clamidia.

—Yo te puedo decir lo mismo a ti. ¿Cómo sabes que fui yo y no al revés?

—¡Porque yo no estuve con nadie más, joder!

Y puede que quieras vender otra versión, pero yo sé la verdad.

Sé que quedaste con una chica en Tenerife mientras yo hacía la entrevista en la furgo.

Y sé muchas más cosas. Demasiadas. Lo sé todo, Yago.

Y no, no soy tan idiota como pensabas. Se te ha llenado la boca hablando de ser ROCA, de códigos de honor, de almas gemelas…

y al final no eres más que una basura de tío.

No sé cómo puedes ser tan cínico. Ahora entiendo por qué no puedes dormir por las noches.

—Tía, ¿quién eres? No te reconozco. Estás puto loca.

—He estado meses sin entender nada, pero ahora te juro que estoy más lúcida que nunca.

Por fin todo encaja. No sé si te das cuenta de tus proyecciones, de tu bipolaridad y de tu paranoia, pero escúchame bien: si quieres sacar algo positivo de esta ruptura, háztelo mirar.

Tienes un problema serio. Eres la peor persona que he conocido jamás.

¡Y encima me dices que lo que hiciste fue un acto de amor! Ya no te vas a reír más de mí.

—Mira, no sé qué te han dicho tus amigas, pero…

—Yo ya he empezado una nueva vida —le interrumpo—, así que no me llames más. Necesito espacio para hacer el duelo.

—¡Ah, ni te preocupes! De hecho, no pienso perder ni un minuto más contigo. Adiós, que te vaya bien.

—Adiós —respondo, justo antes de que cuelgue abruptamente.

La conversación ha sido tal y como me esperaba: lamentable, breve, incómoda y deshonesta, pero me siento en paz. Le he dicho todo lo que quería. Solo me ha faltado lo de la vasectomía, pero no tengo pruebas y supongo que jamás las tendré.

No ha reconocido nada, pero siento que he recuperado mi dignidad. Sabe que le he visto y para mí es suficiente. Estoy orgullosa porque, a pesar de mi enganche y de sus cantos de sirena, he podido atarme al mástil, como Ulises, y no volver a caer. Hoy, la energía de Kali me ha devuelto el poder.

Ser consciente del dominio que Yago tenía sobre mí fue lo que me salvó. Reconocer mi vulnerabilidad se convirtió en mi mayor fortaleza. El otro paso fue más difícil: confiar en mí y en lo que no se ve.

Porque en la relación solo existía una mirada, la suya. Poco a poco me mimeticé con él y su relato se adueñó de mi realidad. Aprendí a ver a través de sus ojos mientras me alejaba de los míos. Mi voz interior se apagó, sustituida por sus justificaciones y por un control sutil pero constante.

Para salir de esa espiral tuve que volver a escucharme, recordar qué me hacía sentir bien, qué me devolvía la calma.

Confiar de nuevo en mi intuición, al margen de lo que otros pensaran o dijeran.

Porque lo único que me pertenece es mi verdad, algo tan intangible y, al mismo tiempo, tan profundamente real.

Esa fue mi victoria: recuperar mi voz y mi capacidad de decidir.