Capítulo V
V
Los tres días siguientes son duros. Intento distraerme con lo que sea: lleno la agenda de almuerzos, vinos al salir del trabajo y un despliegue de llamadas y mensajes de mis amigas a todas horas para no dejarme sola.
Poco se habla de la paciencia infinita que se necesita para acompañar a una amiga en un proceso como este.
A ratos estoy convencida de que hice lo correcto y, de golpe, vuelvo a hundirme en un mar de lágrimas sin control. Soy una montaña rusa emocional.
Necesito que, una y otra vez, me recuerden que no me lo estoy inventando y que tampoco estoy exagerando.
Cada vez que aparece la duda o la nostalgia, necesito que me recuerden todo lo malo que ha hecho Yago, porque es como si mi mente lo borrara de golpe.
Para ellas es agotador. Para mí, son mi salvavidas.
El vacío también pesa. Él ocupaba tanto espacio que su ausencia deja un hueco difícil de llenar.
Pero lo que más siento ahora es rabia, y la necesito, porque es la que me ayuda a romper ese enganche que sigue tirando de mí, incluso en la distancia.
La rabia es el motor que me empuja a salir y no mirar atrás.
Cuatro días después me despierto muy temprano —estos días me cuesta dormir—. Mi corazón da un brinco al ver un mensaje de Yago de madrugada.
Hola, siento haberte dicho que no me llamaras más. Fue fruto del enfado. Solo necesitaba irme para crear un punto de inflexión en nuestra relación porque nos estábamos haciendo daño. Creo que merecemos despedirnos bien y no así. ¿Te apetece que nos veamos?
Mi pulso se acelera y tengo que releer el mensaje varias veces para asimilarlo. Odio admitirlo, pero saber de él me calma; los últimos días han sido una tortura.
Yo tampoco quiero cerrar la relación así.
Fantaseo con verle una última vez, tener esa conversación pendiente, confirmar si todo es verdad o, al menos, obtener una explicación que dé sentido a esta locura.
Necesito decirle lo que llevo dentro, nombrar el dolor al que me ha condenado tan gratuitamente.
Necesito muchas cosas, en realidad. Pero sé que, si le veo, me la juego.
Yago sigue teniendo sobre mí un poder que no controlo, y lo sé.
Paso toda la mañana dándole vueltas al mensaje sin saber qué contestar. Quiero decirle que sí, pero mi mente dice que no. La indecisión activa de nuevo la ansiedad. Necesito claridad, no quiero dar un paso en falso. Finalmente, llamo a Ángela.
—Cata, era evidente que volvería a buscarte. Estos hombres son cazadores, nunca sueltan a su presa. Estos días habrá estado con otras para castigarte y ahora volverá con el love bombing para seguir manipulándote.
—Lo sé, Ángela, sé cómo funciona Yago y me mata cada vez que lo pienso.
—Tienes que ser fuerte. Él volverá, porque en realidad te necesita. Eres su combustible, y aún no ha terminado contigo.
—Pero yo sí con él. Y quiero que sepa que le he desenmascarado. Necesito esa última conversación. No pienso volver con él.
—Cata, no te engañes. Esto es como el alcohólico que pide la última copa.
Me quedo en silencio, atrapada entre la necesidad de cerrar y el miedo a volver a caer.
—Sé que crees que la necesitas, pero no es verdad —dice Ángela al verme dudar—. Él nunca te dará el cierre que quieres, eso sería ponértelo fácil. Y nunca reconocerá nada, así es como seguirá teniendo poder sobre ti.
—Es que me niego a que el final de nuestra historia sea la bochornosa escena del miércoles por la noche…
—Ese es el final que él eligió, Cata, y no lo puedes cambiar. Acepta lo que hay y sálvate tú. Ahora tienes que priorizarte. No pienses en él ni en lo que necesita ni en cómo se siente ni en cómo se lo tomará si no le llamas.
—Joder, Ángela, cómo me conoces —le digo, consciente de que es justo lo que estaba pensando.
Ángela sonríe y sentencia:
—Vas a necesitar toda tu fuerza para ti. No la malgastes en quien te ha destruido.
Al colgar, sigo debatiéndome entre el sí y el no. Sé que lo más seguro para mí sería cerrar la puerta definitivamente, pero no puedo. Algo profundo me sigue arrastrando hacia él, es una fuerza inexplicable a la que no logro resistirme.
Esa lucha interna no me suelta y soy incapaz de decidir. Me asaltan pensamientos peligrosos: ¿y si él también está mal? ¿Y si se arrepintió? ¿Y si todo fue un arrebato fruto de sentirse vulnerable? A ratos, me rompo y me echo a llorar. Otros recupero la entereza y, con ella, la claridad.
Comprender su dolor no significa justificar lo que hizo, pero hacerme todas estas preguntas me conecta, inevitablemente, con su fragilidad.
Verlo de esa manera, sin juicio y con humanidad, despierta mi compasión y, sin darme cuenta, me devuelve al rol de salvadora.
Esa trampa la conozco bien y esta vez no voy a volver a caer en ella.
Tal vez Yago sea vulnerable, pero ahora sé que su violencia es una elección.
Porque todos tenemos traumas, pero no todos los gestionamos haciendo daño a los demás.
Él me ha llevado al límite y tengo que elegir: o él, o yo. Por suerte, ahora tengo la fuerza para elegirme a mí, pero necesito soltar la compasión y agarrarme a lo único que me puede salvar: mi rabia.
En mitad de este torbellino de pensamientos y emociones siento el impulso urgente de pintar.
Me dirijo al estudio, cojo la espátula y un lienzo en blanco y empiezo a dar los primeros trazos.
Siento el fuego en mi estómago que no deja que me detenga, necesito liberar todo lo que llevo dentro.
Sigo pintando sin pensar, tan solo siguiendo los estímulos de mi mano, que parece saber lo que hace.
Poco a poco, cada trazo va revelando una verdad oculta, una rabia que finalmente encuentra su voz.
Tonos negros, azules y rojos tiñen el lienzo.
Mi mano se mueve con una fluidez instintiva, como si supiera exactamente qué debe hacer.
Poco a poco emerge una figura femenina, feroz y poderosa.
Tiene cuatro brazos, enormes dientes blancos y la lengua fuera en un gesto de desafío salvaje.
En una mano empuña una espada; en la otra, la cabeza de un demonio.
Las dos restantes se extienden en una bendición suave, casi amorosa.
Está desnuda. Solo la cubren un collar de cabezas y una faja de brazos humanos que le rodea la cintura.
Es una figura salvaje y magnética, fiera y, al mismo tiempo, profundamente amorosa.
Cuando mi mano se detiene, observo el cuadro.
Ahí está: cuatro brazos, la lengua fuera, una espada en la mano.
Admiro la figura de la diosa Kali, llena de majestuosidad y poder.
Ha sido un momento catártico, de presencia absoluta, que me ha permitido transformar la rabia y la oscuridad en la que estoy sumida en algo creativo.
Mi maestra de yoga habla de Kali a veces.
Yo nunca le había prestado especial atención, pero esta noche la he pintado sin pensarlo.
Cojo el móvil y busco su nombre. Luego leo lo que encuentro, que es exactamente lo que acabo de sentir mientras pintaba, que la ira bien dirigida no destruye.
Empuja. Que el dolor no tiene que paralizarte si sabes adónde apuntarlo.
Lo que leo hace que se me erice la piel.
Kali es la diosa del amor y la destrucción, del nacimiento y la muerte.
Se asocia con la sexualidad, la violencia y el amor maternal.
Su poder sanador la convierte en catalizadora del cambio, enseñándonos a transformar nuestra oscuridad, en vez de huir de ella.
Simboliza el poder femenino universal y restablece el equilibrio en el mundo, utilizando la destrucción al servicio de un bien mayor.
Su espada corta la falsedad y la ilusión, mientras que su desnudez y cabello desordenado revelan la verdad de forma salvaje.
Su collar de cabezas cortadas representa el poder creativo de la ira.
Kali personifica la libertad ilimitada de ser sin pedir permiso, representa la fiereza audaz que históricamente se ha negado tanto a la divinidad femenina como a las mujeres y nos otorga una libertad radical frente al apego y el poder necesario para cortar los aspectos del ego que nadie está dispuesto a soltar. Su camino es la rendición total.
Mis ojos se humedecen de emoción. Ahora mismo siento la claridad, la fuerza y el poder de la diosa recorriendo todo mi cuerpo.
Es como si me animara a destruir con su espada todo lo que amenaza mi libertad y mi amor propio, a dar la estocada final a mi relación con Yago.
Me está señalando el camino, es como si me dijera: corta esto de raíz.
La rabia, bien proyectada, es amor propio en acción.
Ya es de noche cuando me decido a contestar a Yago. Tengo que echar mano de una fuerza de voluntad fuera de lo común para lo que voy a hacer:
Hola, Yago. Me gustaría que habláramos, pero por teléfono. ¿Puedo llamarte mañana por la tarde?
No quiero verle, pero necesito hablar con él. Necesito que mi voz se escuche. Por primera vez, voy a ser yo quien pone las reglas.
Me meto en la cama pensando en Kali y en esa fuerza que he sentido. ¿Y si esa energía ha estado aquí conmigo todo el tiempo? Me doy cuenta de que mi propio nombre lleva el suyo oculto y me recorre un escalofrío.
A veces, las noches más oscuras son las más alquímicas. A veces, tiene que romperse algo para que la magia de la vida te sorprenda.
En ese momento me di cuenta de que la autoestima es una decisión, un acto puramente racional que consiste en priorizarte tú. Caiga quien caiga y pagando el precio que haya que pagar. Punto.