Lo que no se ve Capítulo IV
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Capítulo IV

IV

Consigo estar tranquila gran parte de la mañana, pero, al caer la tarde, la ansiedad vuelve a abrirse paso. Su ausencia la dispara de un modo que no logro comprender. El vacío se hace presente y el mono aparece. La razón sabe que es mejor así, pero la emoción grita su nombre.

Me duele tanto que llego a rezar para que me escriba. Yo no voy a hacerlo —me lo he prometido—, pero, en secreto, lo deseo con todas mis fuerzas. Me avergüenzo por ello, pero no puedo controlarlo. Quiero llamarle, necesito escucharle y que su voz me calme. No puedo soportarlo más.

Cojo el teléfono dispuesta a marcar su número, pero en el último segundo llamo a Julieta. La necesito para no cometer una locura.

Mi amiga me cita en la cafetería de siempre. Yo llego un poco antes y entro para coger mesa. Este local, con su verde inglés y su decoración cuidada, nos gusta por su jardín interior y esa luz suave tan reconfortante.

Me siento en la única mesa libre y le escribo para avisarle de que ya estoy aquí. Hago una señal a la camarera y pido una copa de vino tinto y unas aceitunas. No he comido nada desde la mañana, necesito algo en el estómago.

Ella llega cinco minutos después. Mira mi copa con una ceja levantada, sorprendida al encontrarme bebiendo vino a las seis de la tarde. Le hago un gesto de resignación y le digo que ahora se lo explico.

Sin dudarlo, pide otra igual y se sienta frente a mí. Antes de que el camarero la traiga, empiezo a contarle lo de anoche. Las lágrimas brotan solas.

—Joder, qué horror, Cata —dice con una mueca de espanto —, pero, mira, creo que es lo mejor que te podría pasar. Yo estaba muy preocupada porque te veía muy enganchada. Tal vez necesitabas este final para poder salir de ahí.

—Yo también lo he pensado —reconozco entre lágrimas, apurando la copa y haciéndole una seña a la camarera para que me traiga otra—. Supongo que es lo mejor, un corte limpio, sin dejar puertas abiertas. Pero, joder, cómo duele.

—Lo sé, Cata —dice apretándome la mano—. Y sé que vas a salir de esta, aunque ahora te parezca imposible. Tómatelo con calma. Cuídate. Llora si lo necesitas, pinta, medita, haz yoga… Priorízate y haz lo que necesites. Llámame las veces que haga falta. Y sé fuerte, porque Yago volverá —me advierte.

—Es que nunca nadie me ha hecho tanto daño.

Y menos de una forma tan gratuita. Necesito entender qué ha pasado.

No consigo sacármelo de la cabeza. Lo que más me enfurece —añado— es no poder decirle que lo sé, que he descubierto todos sus secretitos, como él los llamaba.

Necesito dejar de sentirme una idiota. Quiero una última conversación, decírselo todo, borrar de mi cabeza la humillación de ayer. Me resisto a que este sea el final.

—Te entiendo, pero Yago no va a reconocer nada.

Te lo negará todo, le dará la vuelta a la tortilla y te convencerá de que la culpable fuiste tú.

Y, cuando te quieras dar cuenta, habrás caído de nuevo en sus redes.

Sé que quieres esa última conversación, pero no hay buen final con un narcisista. Mueren matando.

—Tal vez no, Julieta. Ahora que sé cómo es, no volveré a caer.

—Sé que crees que controlas —me corta—, pero no es así, Cata. Conozco cómo es Yago y te conozco a ti. Si le das la oportunidad de explicarse, estás perdida.

—Entonces ¿no digo nada? Es que no puedo, Julieta. Necesito decírselo para recuperar mi dignidad. No soporto pensar que se ha reído de mí todo este tiempo.

—Cata, va a volver a escribirte, seguro. Ayer no quería dejarlo, solo te estaba castigando y se le fue de las manos. ¡Si diez minutos más tarde ya te estaba llamando!

—No te voy a mentir, hay una parte de mí que desea que vuelva —le confieso, con vergüenza—.

Esta angustia, este vacío, son insoportables.

Y, aun así, sé todo lo que ha hecho. Es una locura.

A ratos pienso que exagero, que no es para tanto, que él también tiene razón, y al rato vuelve el monstruo. Siento que me voy a volver loca.

—Ahora mismo necesitas digerir todo esto. Verás que todo se irá colocando en su sitio poco a poco y te irás sintiendo mejor. Te lo prometo. Por cierto, ¿has hablado con la terapeuta?

—¡Ah, sí! Le mandé un audio explicándole todo y lo único que me dijo fue «gracias por compartir y confía en el karma». Su respuesta me dejó un poco en shock.

—¿En serio? Uy…

—Uy, ¿qué?

—Pues que suena muy raro.

—A mí también me lo parece, pero ¿qué quieres decir?

—No sé, creo que Yago la ha manipulado…, o incluso seducido.

—¿Seducido? —pregunto con el temor de quien sabe que esta idea no sería del todo descabellada.

—No lo sé, pero está claro que ha tomado partido por él. Su respuesta es tan fría que me hace pensar que hay algo más.

—Joder, pero se supone que los psicólogos no pueden seguir con la terapia si sienten algo por un paciente, ¿no?

—Mira, si una clienta mía me contara lo que tú me has contado, la llamaría al momento para saber cómo está.

Eso es lo mínimo. Su frialdad no tiene sentido.

En cambio, conociendo a Yago, esta hipótesis encaja.

Es manipulador y seductor a partes iguales.

No digo que haya pasado algo entre ellos, pero que la ha manipulado seguro.

—Uf, es todo tan duro que creo que prefiero no saber más —digo sobrecogida.

Las palabras de Julieta me dejan inquieta.

Cuanto más tiro del hilo, peor es lo que aparece.

Y, aun así, necesito llegar al fondo, saber quién es realmente Yago.

Me pregunto si sus amigos saben de lo que es capaz o han visto alguna vez su lado oscuro.

Quiero creer que no, pero ya no puedo estar segura de nada.

Este pensamiento me lleva al día que conocí a su familia en el hospital.

Nadie nos dirigió la palabra. Entonces pensé que Yago era una víctima.

Ahora sé que no. Era el mismo escenario que se repite en mi familia cuando mi tío Santi presenta a una nueva novia —siempre con dinero—.

Todas me dan pena, porque no saben con qué clase de monstruo están saliendo. Ahora sé que yo fui una de ellas.

Yago fue víctima de su padre, pero ha acabado convirtiéndose en él.

Las personas heridas hieren. Yo vi y entendí su inmadurez porque me mostró sus heridas.

Pero no puedes hacer a otros lo mismo que temes que te hagan por miedo a sufrir.

Esa es la paradoja de la sombra: te conviertes en aquello que juraste no ser. ¿Yago ve su propia maldad?

Me costó darme cuenta, pero con el tiempo lo entendí.

No fue casualidad que Yago y yo empezáramos terapia a la vez.

A él nunca le gustó que trabajara con Clara, pero no podía impedírmelo, así que se unió a la terapia.

Si lograba contar su versión antes que yo, tendría el control.

Y lo consiguió. Manipuló a Clara, le mostró su mejor cara y reordenó los hechos a su favor.

Darme cuenta me dolió, porque confiaba en ella. Y, sin saberlo, o eso quiero creer, acabó tomando partido. Jugando, sin ser consciente, al servicio de la oscuridad.

No fue mala fe, pero que Clara solo pusiera el foco en mi dependencia, ignorando el contexto tóxico que la generaba, me hizo responsable de la violencia de la que era víctima.

Es como tratar el hígado enfermo de un alcohólico sin mencionar que el problema real es el alcohol.

Lo único que me hubiera ayudado habría sido ponerle nombre a lo que estaba viviendo en medio de tanta confusión.

Necesitaba que alguien me ayudara a ver lo invisible.