Capítulo II
II
Al amanecer, el recuerdo de todo lo que pasó anoche sigue ahí. No fue una pesadilla, pero ojalá lo hubiera sido. Enciendo el móvil y ahí está, otro mensaje de Yago de madrugada.
Por supuesto, no tienes que decir nada, no lo espero tampoco.
Recuerda por favor que no espero ningún mensaje más si no es para construir desde el amor; si es así, estoy como mínimo abierto a hablarlo.
Es mejor así. Si no me escribes más, estará perfecto, ya entenderé que el universo así lo ha querido.
Tampoco hace falta que me escribas para despedirte, está todo hablado
Más luz de gas, más contradicción y más manipulación. Como siempre, él puede hablar, pero yo no tengo voz ni derecho a réplica. Es tan cansino que no pienso contestar.
Como puedo, voy a despertar a los niños, preparo el desayuno, los visto y los acompaño al colegio en modo autómata.
Consigo apartar a Yago de mis pensamientos durante un rato, y, después de dejarlos en la puerta, vuelvo a casa sin fuerzas para nada.
Tampoco puedo llorar. Me siento vacía y desorientada.
Al rato, descubro que Yago también me ha bloqueado en Instagram y en todas sus redes sociales. Su frialdad me sigue impactando y me confirma, una vez más, lo que ya sé, que juega a controlar las reglas y, cuando no lo consigue, su castigo es implacable.
En ese momento, que Yago me bloqueara y desaparecer de golpe fue otro motivo más de ansiedad. Cortó en seco cualquier conexión entre nosotros y, dado el espacio que ocupaba en mi vida, el mono fue brutal. Sin embargo, hoy agradezco el gran favor que me hizo, sin él saberlo ni pretenderlo.
Mi mente repite en bucle las imágenes de anoche.
La dinámica de mi relación con Yago puede resumirse en esa escena.
Cada vez que puse un límite, cada vez que defendí algo importante para mí o simplemente no hice lo que él quería, me castigó.
Nunca contempló, o tal vez nunca le importó, que yo tuviera una visión, unos intereses o unas necesidades propias.
Todo giraba en torno a él y a lo que quería obtener de mí, y, si no acataba sus reglas, me tachaba de mala novia.
Automáticamente aparece en mi mente el día de la cena de Navidad con mis amigas.
Después de hacer el viaje hasta Sitges para dormir juntos, me recibió haciéndose el dormido.
Al día siguiente montó una bronca sin sentido para —de forma velada— castigarme por haber hecho algo que no le incluía.
Nunca se mostraba de frente, siempre de forma oculta.
Ahora me doy cuenta de que, cada vez que salí sin él, hubo algún tipo de castigo subrepticio.
A veces dejaba de contestar mis mensajes durante horas, sin motivo aparente.
Otras, me los enviaba de forma compulsiva para reclamar mi atención.
En ocasiones decía que se sentía mal para que corriera a cuidarle o montaba un conflicto de la nada.
Y otras, de forma más silenciosa, me castigaba sin sexo.
Lo más perverso era su discurso amoroso de novio perfecto.
Aparentemente, le parecía genial que saliera, que me divirtiera, que tuviera mi espacio, pero luego, sin previo aviso, venía la factura.
Y, sin darme cuenta, poco a poco fui dejando de hacer esas cosas.
De alguna manera, y de forma inconsciente, te anticipas, te autocensuras y dejas de ser tú para no molestar.
A medida que voy atando cabos, todo lo que no había visto hasta ahora me golpea irremediablemente, como si hubiera estado esperando a que yo abriera esa puerta.
Recuerdo los mensajes que sonaban de madrugada en Tenerife mientras me castigaba con su silencio.
Intento reconstruir ese día. Después de más de veinticuatro horas de discusión sin tregua, él se fue a dar una vuelta mientras yo volvía a la furgo para hacer la entrevista.
La ansiedad apareció de nuevo, implacable a través de mi estómago, sin explicación aparente.
Cuando regresó, ya había cenado y me soltó aquella propuesta absurda de darse permiso para quedar con otras chicas.
Dijo que Tomás le había aconsejado engañarme con otra para castigarme.
En su momento no entendí nada; ahora, que sé traducir su lenguaje narcisista, lo veo claro: ellos siempre te dicen lo que te van a hacer, solo hay que saber leer su código.
Se me revuelve el estómago al comprender lo que hizo.
Mientras yo me esforzaba por seguir adelante y construir puentes entre nosotros, él se fue con otra mujer.
La misma con la que se escribía mensajes la noche anterior, asegurándose de que yo los oyera mientras seguía creyendo que aún había algo que salvar entre nosotros.
Pienso en su móvil, siempre en modo avión, con las notificaciones desactivadas.
Nunca le di importancia. Decía que era una forma de libertad, de no vivir esclavizado.
Ahora entiendo que era otra cosa. Por eso no lo miraba cuando estaba conmigo.
Por eso no entraba en redes. Y yo lo confundí con presencia.
La perversión, la premeditación, la crueldad de Yago me dejan sin aire.
Una pregunta vuelve una y otra vez: ¿con quién he estado?
La idea de haber convivido con un monstruo sin saberlo me sacude por dentro.
No es miedo, es indefensión. Como haber caminado desarmada por un campo minado creyendo que era tierra firme. Es espeluznante.
Ahora lo entiendo todo: el llanto en mitad de la noche, el arrepentimiento repentino, el cambio súbito, el «tengo que mirar por mí».
Aun así, tuvo la frialdad de meterse en la cama conmigo, como si nada.
Se me revuelve el estómago y corro al baño.
Mi cuerpo reacciona antes que mi mente, no puede tolerar tanta maldad ni tanta depravación envuelta en afecto.
Es como si quisiera expulsar de una vez todo lo que tragué en silencio durante demasiado tiempo.
Mi cuerpo siempre supo lo que yo no podía ver.
Esa sensación de peligro inexplicable que apareció en la entrevista de Tenerife es la misma que sentí aquel domingo por la tarde, o la noche en la que le llamé estando en Lanzarote.
En realidad, la había sentido muchas más veces desde el principio.
Cada cancelación de última hora, las olas o cualquier excusa absurda, mi cuerpo ya lo sabía.
Lo que mi mente no alcanzaba a entender ahora es evidente: fue infiel desde el inicio.
Yo lo sentía, aunque no supiera por qué.
El cuerpo siempre sabe. Y la violencia invisible no se ve, pero se siente.
No puedo olvidar que hubo otra forma de control que tardé más en ver porque nunca fue explícita.
Yago nunca me pidió dinero directamente.
Solo «olvidaba» la cartera o pagaba yo porque «hoy no llevo cash » o la ropa que compramos para él y que acababa saliendo de mi cuenta con la promesa vaga de «ya te lo devuelvo» o directamente lo daba por hecho porque él no tenía trabajo.
Al principio lo achaqué a su forma de vida: la furgoneta, la sencillez, el dinero como energía.
Con el tiempo entendí que el dinero, como todo lo demás, era también una forma de poder. Mientras yo ponía, él controlaba.
Me rompo al comprender la saña y la crueldad a las que he estado expuesta, envueltas en el falso celofán del amor.
Decir que me siento estafada, humillada o utilizada se queda corto.
Quiero arrancarme esta sensación, pero se ha quedado adherida a la piel y no se va.
La traición se suma a la ruptura. Juntas, pesan demasiado.
Me debato entre querer saberlo todo o dejar de pensar para no descubrir más mentiras. No sé si podría soportarlo. El dolor es tan profundo que me desborda y no sé qué hacer con él.
Cuanto más pensaba en el pasado, más mentiras y más trampas salían a la luz.
Sentía una rabia feroz, pero no solo por el daño gratuito que me había hecho, sino por no poder escupirle en la cara todo lo que sabía.
Necesitaba recuperar mi dignidad, que supiera que le había descubierto.
Y, sobre todo, necesitaba entender qué hacer con todo este dolor.