Capítulo I
I
No sé cuánto tiempo permanezco sentada en la escalera intentando procesar lo que acaba de pasar.
Es tarde y solo quiero dormir. Tal vez mañana, con algo de distancia, consiga entenderlo mejor.
De camino a mi habitación, abro la puerta de los mellizos y me detengo un segundo.
Ellos descansan ajenos al huracán que acaba de arrasarme y me transmiten esa paz que tanto necesito.
Me tumbo en la cama y los párpados se me cierran casi por inercia. Estoy a punto de rendirme al sueño cuando el móvil vibra sobre la mesilla. Lo cojo sin ganas, deseando cerrar los ojos y saltar directa al día siguiente. Es Yago.
Si realmente entierras el hacha de guerra y quieres entenderte conmigo desde el amor de verdad y sin tantos resentimientos, y quieres construir cuidándonos, siendo vulnerables y siendo un equipo (lo que implica no rechazarme más), estoy abierto…
Por el momento pongo fin a esto, lo necesito…
Si no sé nada de ti, espero de corazón que tengas una vida feliz…
A pesar de la energía del enfado de hoy, aún te quiero y no será fácil para mí.
Te agradezco lo aprendido, te pido disculpas por mis palabras si en algún momento te han ofendido.
A pesar de todo, no guardo rencor. Cuando se me pase el enfado guardaré buenos recuerdos.
Si me vas a escribir en modo resentimiento, por favor no lo hagas, no hace falta…
, no nos faltemos más al respeto. O construir amor, o mejor nada.
Adiós, cariño. Y que sepas que venía a abrazarte para colmarnos de amor y darnos una oportunidad, pero, lo siento, este rechazo ha sido el último. Buenas noches
Leo su mensaje una y otra vez, pero me quedo fría.
Hace tan solo unos días lo habría interpretado como un gesto de amor y una invitación a salvar lo nuestro.
Me conoce bien y sabe exactamente qué decir para tocarme la fibra, pero ahora ya no.
Donde antes creía ver amor, ahora solo reconozco control y manipulación.
Dice que quiere construir algo bonito, pero también que quiere dejarlo.
Me pide que le escriba, pero también que no lo haga.
Me desea lo mejor y asegura no guardarme rencor, pero al mismo tiempo me acusa de rechazarle y de ser la responsable de que esto se acabe.
Me voy, pero no me voy. Te dejo tirada en la puerta de tu casa, pero quiero hablarlo. Te quiero, pero te hago daño.
Me pide que haga como si nada hubiera pasado, que ignore las líneas rojas que ha cruzado esta noche, su violencia, la humillación, las faltas de respeto y la invasión que supone presentarse en mi casa en plena noche.
Y que, a pesar de eso, le trate con el amor que él cree merecer.
Todo su mensaje es pura contradicción. Lo que yo llamo lenguaje esquizofrénico.
En su idioma manipulador, que ahora empiezo a entender, eso significa que si le amo debo someterme a él y a sus abusos.
Vive mis límites como un ataque y no está dispuesto a asumir ninguna responsabilidad.
Su guion es claro: yo soy la culpable de todo.
Él solo venía a darme un abrazo, pero fui yo, con mi actitud, quien le obligó a convertirse en un capullo maltratador.
Cinismo y victimismo disfrazado de amor. Lo de siempre.
Aunque reconozco que mi parte más adicta se siente aliviada por su mensaje, su estrategia no surte efecto. La otra, la sana, lucha por mantenerse firme y no caer en la trampa. Le respondo de forma breve:
Hoy no puedo decirte nada más. Estoy muy triste y confusa. Buenas noches
No tengo fuerzas para más. Solo quiero dormir. Pero aún no he dicho mi última palabra. Apago el móvil para evitar caer en la tentación de seguir hablando (o de que me llame) y cierro los ojos. Sorprendentemente, me quedo dormida casi al instante.