Lo que no se ve Capítulo VIII
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Capítulo VIII

VIII

A las once de la noche, finalmente, llamo a Yago.

La tensión de las últimas horas me atraviesa el cuerpo y me tiemblan las manos.

Quiero enfrentarme con esta conversación antes de que su ira crezca todavía más.

Él es ajeno a lo que he descubierto, pero sé que estará furioso por mi silencio.

El teléfono suena varios tonos, pero no lo coge.

Es su forma de devolverme la «ofensa», como tantas otras veces.

Subo a mi habitación, me dejo caer en la cama y le escribo a Julieta para explicarle todo lo que he ido descubriendo durante las últimas horas. Mientras chateo con ella, suena el móvil de nuevo. Es Yago.

—¿Qué? ¿Has estado muy ocupada hoy? —dice en cuanto descuelgo.

—Sí.

—Ya, claro… —Suelta una carcajada forzada.

—¿De qué te ríes? —le corto.

—Venga, va. No me lo creo. Me estás castigando por lo de ayer, ¿no? O eso, o estabas entretenida con alguien más interesante que yo, que, conociéndote, tampoco me sorprendería.

—Tú funcionas así, ¿no? Pensar esto dice mucho más de ti que de mí, así que cuidado con lo que insinúas.

—Uy, ya veo que hoy vienes guerrera —se burla.

—Sí. Y con razón —le contesto, sin darle detalles.

—Pues, si estás así, mejor lo dejamos para mañana. No tengo ganas de una charla de tres horas y luego no dormir.

—Perfecto. Yo tampoco. Hablamos mañana.

—Bueno, ya veré si puedo. Todo no tiene que ser cuando tú quieras.

—Mira, Yago, no estoy para jueguecitos. Estoy muy cabreada, así que, cuando te dé la gana hablar como un adulto, me avisas. Buenas noches.

Yago se sorprende de mi firmeza, no está acostumbrado.

—¡Tía, estás superborde! —suelta irritado.

—No me llames tía —le advierto.

—Claro, ya lo entiendo. Has estado con otro esta tarde, ¿no? Por eso no me has cogido el teléfono…

—Eso es lo que harías tú, ¿verdad? Tú solito te delatas —le corto sin contemplaciones.

—Pero, tía, ¿qué coño te pasa?

—¡Que no me llames tía! —le grito.

—Es que no entiendo nada. ¿Me lo puedes explicar?

—Mañana lo hablamos. Hoy no puedo, estoy demasiado enfadada y no me veo capaz. No lo vamos a solucionar ahora, mejor quedamos mañana.

Al otro lado hay silencio. Lo noto descolocado. No se esperaba esto.

—Cata, voy para allá —dice de repente.

—¿Cómo? ¿Adónde?

—A tu casa. Voy ahora.

—¿Qué? ¡No! —exclamo como un resorte—. Son las once de la noche, está lloviendo a mares y los niños están en casa. No vengas. Mañana hablamos.

—¿Cómo que no? ¿Me estás diciendo en serio que no vaya? —pregunta indignado.

—Claro, Yago. Es que no toca.

—Si los niños están durmiendo, nos quedamos abajo en la entrada. No se despertarán.

—No, Yago. Hoy no. Es tarde, está lloviendo, los niños están aquí y yo necesito dormir y aclarar mis ideas. Mañana hablamos.

—¿Me estás rechazando? Solo quiero abrazarte. Ya estoy en las rondas.

Siento el agobio subirme por el pecho.

—Da la vuelta, por favor.

Silencio. Su respiración contenida al otro lado.

—Vale —dice con ese tono que suena más a amenaza que a rendición. Y cuelga.

Quince minutos después, llaman a la puerta. El móvil vibra al mismo tiempo:

Soy yo. Abre. Solo serán diez minutos

No puede ser. Abro contrariada, con el corazón golpeándome fuerte. Ahí está, de pie bajo la lluvia, con esa media sonrisa altiva que me hiela la sangre. Me alarga una bolsa de plástico blanca sin decir nada. Levanto la vista hacia él. Sus ojos se clavan en los míos.

—Son tus cosas. Lo nuestro se acaba aquí.

Se da la vuelta hacia la furgoneta. Me quedo clavada en el umbral.

—¿Así es como resuelves tú todo esto? —le digo.

Yago se detiene en seco y luego gira sobre sus talones.

—Este es el último rechazo, Cata. Yo venía a darte un abrazo, pero tú has querido que el final sea este. Gracias por todo. Para mí, esto es un punto de inflexión. Mañana empiezo una nueva vida.

—Perfecto, pero ese final lo estás eligiendo tú, que te quede claro. Yo lo habría hecho diferente. Tú eres el que ha decidido empaquetar nuestra historia en una bolsa de plástico.

—¿Y cómo lo harías tú?

—Hablando como adultos, no irrumpiendo en mi casa en plena noche. Tengo cosas que decirte y aquí no puedo.

Mi voz no tiembla. Por dentro, sí.

—Sería más de lo mismo. Para que me dejes tú mañana, prefiero dejarte yo hoy.

—Ah, es eso… —exclamo soltando una carcajada llena de sarcasmo—. Pues vale —le contesto mientras abro la bolsa con una parsimonia fingida para ver qué ha metido dentro.

Me tiemblan las manos. Sé que, con este gesto tan frío, tan cruel y precipitado, la vida me está sirviendo el final en bandeja. Sé que hacerlo yo me habría costado mucho más.

No paro de repetirme mentalmente «Deja que se vaya». Sé que, si dejo que se marche, ya no habrá vuelta atrás. Será la última vez que le vea. Y eso, aunque es justo lo que necesito, confieso que me aterra lo más grande.

—Me lo he pasado muy bien contigo. Te agradezco lo vivido, Cata. Cuando se me pase el cabreo, guardaré un buen recuerdo —me dice, como si esto fuera un trámite más, antes de hacer un ademán para irse.

Me quedo expectante, conteniendo el aire y con el alma encogida observando cómo se aleja hacia la furgoneta. Cada paso suyo resuena dentro de mí como un eco sordo. De pronto, se detiene. Se gira de nuevo y clava los ojos en los míos. Entonces, ante mi silencio, añade:

—Solo si estás dispuesta a enterrar el hacha de guerra y a relacionarte conmigo desde el amor, tal vez haya alguna posibilidad de volver. Pero, de momento, es mejor que lo dejemos aquí.

Sé exactamente lo que está haciendo y no voy a darle lo que busca.

Esto no es una despedida, no al menos una auténtica.

Es una puesta en escena cuidadosamente orquestada, un castigo calculado.

Un escarmiento por no haberme sometido, por haberme atrevido a poner un límite.

Quiere asegurarse de que no vuelva a hacerlo nunca más.

No quiere dejarme, quiere doblegarme. Lo veo claro en la forma en que me sostiene la mirada unos segundos de más, esperando que ceda, que suplique, que le siga. Pero no. Esta vez no.

Yago, fiel a su lema de que la mejor defensa es un buen ataque, acaba de ejecutar su jugada maestra. Pero esta vez yo le he visto venir. Esta vez, la ventaja es mía.

En silencio, e ignorando su comentario, revuelvo en la bolsa con una calma casi teatral para asegurarme de que no falta nada.

Saco cada objeto con cuidado, uno por uno: la novela que le presté, mi camiseta blanca de tirantes, el cargador que siempre olvidaba, las llaves de casa.

Todo está ahí, meticu­losamente empaquetado, como si quisiera dejar claro que ya no queda nada suyo en mi vida.

—¡Está todo, Cata! —grita indignado—. Mira, ¿sabes qué? ¡Mejor me voy! —dice justo antes de desaparecer como una exhalación.

Me quedo en el umbral con la bolsa en la mano. El rugido de la furgoneta se aleja calle abajo. Cierro la puerta con delicadeza, para compensar el estruendo.

No lloro, no grito. Solo respiro. Dentro no hay caos, sino una quietud inesperada. Me dejo caer en el tercer peldaño de la escalera. La relación más intensa de mi vida termina en mitad de la noche, sin despedidas dignas, con el portazo de su rabia y un motor alejándose.

Sé que no volveré a ver a Yago. Es una certeza que siento en todo mi cuerpo. Por mucho que llame en unos días, por mucho que vuelva a disfrazar lo ocurrido y me jure amor eterno, esta vez no. Ya no me encontrará en el mismo sitio. Algo profundo y definitivo se ha movido y ya no hay vuelta atrás.

Lo fácil sería engañarme, decir que ya no siento nada, que ya no me importa o que nunca más volvería con él.

Pero esto no va así. Yago se infiltró en mi mente como un veneno que fue erosionando la percepción de mi propia realidad y anulando mi voz.

Puedo sentir cómo el vínculo traumático sigue tirando de mí.

Sé que no es amor, es adicción. Mi mente lo sabe, pero mi cuerpo aún no lo ha entendido del todo.

Son las once de la noche cuando vibra el móvil.

Número desconocido. Lo sé desde el primer segundo.

No sé cómo, pero lo sé. Me quedo mirando la pantalla.

El móvil sigue vibrando en mi mano, una, dos, tres veces.

El dedo se mueve solo hacia la pantalla verde y lo aparto.

Vuelvo a mirarlo. Cuatro veces. Cinco. Estoy temblando.

Dejo que salte el buzón. Unos segundos después llega un mensaje de voz.

No lo abro. Luego me siento en el suelo de la cocina, con la espalda contra la nevera, y espero a que el temblor pase.

Pasa. Tarda, pero pasa.

Con el tiempo entendí que la única forma de salir de un vínculo así es confiar en una misma. Esperar pruebas solo hubiera alargado la agonía. No tenía certezas ni testigos ni evidencias. Solo me tenía a mí y a mi verdad. Y eso fue lo que me salvó.

Las heridas que Yago me dejó no se veían, pero existían.

La estafa emocional no deja moratones, pero destroza por dentro.

El daño físico y el daño psicológico son la misma violencia, solo que en planos distintos.

Nunca me parecerá justo que la violencia física sea delito y el abuso emocional quede impune.

Algunos me preguntaron por qué no denuncié; siempre me río ante esa ingenuidad.

El abuso emocional no es delito. Ni la manipulación, ni la traición, ni la mentira.

Tampoco había pruebas, todo sucedía en nuestra intimidad.

Denunciar no me habría servido de nada, solo para avivar la ira de Yago, y lo único que yo quería era desaparecer de su radar.

Esa noche lluviosa de abril, a la luz de la luna nueva, no solo le cerraba la puerta a Yago, sino a una parte de mí que murió en ese instante.

Nunca volví a ser la misma. Todavía me quedaba por transitar la noche oscura del alma.

Pero la luz que ese momento aportó a mi vida fue el mayor regalo de todos. Nunca imaginé lo que llegó después.

Siempre hay luz en la oscuridad. Siempre hay una antorcha que alumbra el camino en las encrucijadas de la vida.

Mis antorchas fueron mis amigas y, sobre todo, yo misma.

Mi gratitud hacia ellas es infinita, entendí que, sin una red que te sostenga, salir de ahí es casi imposible.

Y entonces lo supe: yo también quiero ser luz para otras mujeres.