Lo que no se ve Capítulo VII
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Capítulo VII

VII

Camino por el salón de un lado a otro de forma compulsiva, incapaz de calmarme.

Cojo de nuevo el móvil y veo otro mensaje de Yago casi ordenándome que le llame.

Eso eleva todavía más la ansiedad que ya siento.

Ahora no puedo hablar con él, no estoy preparada, pero sé que, cuanto más tarde en responder, más crecerá su ira.

Y ser consciente de eso aún me bloquea más.

Las imágenes siguen viniendo en cascada a mi cabeza, como si mi mente se hubiera abierto y ya no pudiera cerrarse. Descubrir una mentira ha tirado de un hilo que arrastra a todas las demás. La verdad lucha por salir entre este caos de pensamientos que me desborda.

Recuerdo la llamada sospechosa de Carla el día del cine, la contraseña falsa de su móvil, el audio de la chica de Lanzarote…

Cada detalle es una pieza más que confirma su doble vida.

Y, aunque parezca absurdo, necesito aferrarme a estas pruebas, una por una, para convencerme de que no me lo estoy inventando.

Se me remueve el estómago cada vez que pienso en la cantidad de veces que se puso la honestidad por bandera.

Incluso llegó a darme la contraseña de su móvil sin que yo se la pidiera, porque confiaba en mí y no quería secretos.

Ahora lo veo claro: cada gesto tenía una intención oculta.

Cuando me daba algo, siempre era una estrategia calculada para recibir lo mismo a cambio.

No era generosidad, sino control y manipulación.

Todo lo que en su momento interpreté como muestras de amor solo era puro interés.

Nunca hubo una reciprocidad honesta. Su siniestra hipocresía me pone los pelos de punta.

Él hacía lo que le daba la gana, pero se aseguraba de que yo no me desviara ni un milímetro de «lo pactado».

Siempre alardeó de ser el novio perfecto mientras yo vivía creyendo que nunca estaba a la altura.

Desde este nuevo prisma lo veo todo: las mentiras, la manipulación, la perversión camuflada de romanticismo. Fueron palabras vacías.

¿Cómo puede traicionarte así alguien en quien confías tanto? Y, lo peor, ¿cómo puede disfrutar haciéndolo? Siento que me ha violado el alma. Y, joder, cómo duele.

Nunca me había sentido tan devastada; me cuesta respirar.

Había visto la toxicidad de Yago, había detectado esas líneas rojas que últimamente había traspasado y sabía que nuestra relación, en cierto modo, se estaba volviendo tóxica.

Lo que no había visto, ni siquiera intuido, era la perversión, la vileza y la premeditación con la que Yago había jugado conmigo.

Es como si estuviera viendo al demonio, y me da miedo. ¿Quién es en realidad?

Rompo a llorar, desconsolada, con un dolor que me atraviesa el alma. Lloro hasta vaciarme, hasta que ya no queda nada.

Cuando por fin recupero algo de calma, llamo a Ángela. Ella sabe lo que es esto, ella también pasó por una relación así.

—¿Estoy loca o tiene sentido? Es que es tan retorcido que me cuesta creerlo. Hasta me siento culpable por pensar estas cosas de él —le confieso.

—Cata, no estás loca. Todo encaja. Es real. No dudes de ti, nunca.

—Pero… ¿y si me lo estoy imaginando? ¡No tengo pruebas!

—Dudar de ti es justo lo que te ha llevado hasta aquí. Yago ha proyectado en ti sus propias miserias y luego te ha castigado por ellas.

—¿Pero es consciente de lo que hace, Ángela? —Esto me tortura.

—Supongo que en parte sí, pero se justifica. ¿Crees que los agresores se dan cuenta de que lo son? No, le echan la culpa a la víctima. Claro que es consciente de que te duele, por eso lo hace.

—Es que no puedo creer que lo haga a conciencia, Ángela… —Mi voz se quiebra sin que pueda evitarlo.

—Cata, cariño, él no tiene conciencia. Es un ser oscuro, y, como tal, necesita vivir en un conflicto constante. Ellos se alimentan del sufrimiento que causan.

Sus palabras se me clavan como agujas. Hay una parte de mí que se resiste con todas sus fuerzas a creer que eso pueda ser verdad. Pero, al mismo tiempo, todo encaja. Ahora entiendo por qué nuestra relación era una montaña rusa hecha a base de discusiones que aparecían de la nada.

—Pero ¿por qué, Ángela? ¿Qué le he hecho yo? —Mi voz tiembla entre el desconcierto y el dolor.

—Tú no has hecho absolutamente nada. Esos tipos son así, oscuros.

Y lo peor es que nadie nos enseña a detectarlos, pero el daño que son capaces de causar no es ninguna broma.

Mira todo lo que has somatizado en solo unos meses.

Imagínate lo que habría sido en unos años.

Son agujeros negros, necesitan hacer daño y nutrirse del brillo y la vitalidad ajena para sobrevivir.

Sus víctimas son siempre personas con mucha luz.

—Ahora lo entiendo todo: la furgoneta, trabajar en la empresa de su padre, que quisiera venir a vivir a casa… —susurro.

—Exacto, son parásitos. Viven a costa de los demás porque por sí solos no son capaces de sostenerse. Son vampiros emocionales y también materiales. Pueden exprimirte hasta secarte, y luego te descartan echándote la culpa por haberte consumido.

—Ostras, es justo lo que hizo con Greta.

Cuando la conoció, me dijo que era una muñequita, y cuando acabaron estaba totalmente consumida.

La dejó por otra, presumiendo de haberlo dado todo para salvar la relación.

Con ella completó el ciclo, la utilizó hasta exprimirla y, cuando la vació del todo, la cambió por otra dejándola rota física y emocionalmente.

Pero lo peor es que ella sigue enganchada esperando que vuelva, convencida de que lo suyo fue especial.

—Hay quien convive años con un oscurito sin saberlo. Cuesta creer que puedan engañar tanto y tan bien, pero lo hacen.

—Ángela, esto suena un poco a la Guerra de las Gala­xias … —No puedo evitar reírme.

—Es así. Esa peli es una buena metáfora de lo que pasa en realidad.

—Pues yo siempre creí que no existían las personas malas, que solo eran personas heridas que necesitaban amor. Pero, después de conocer a Yago, ya no me queda ninguna duda: la maldad existe.

—Cata, recuerda lo que te dije: Yago fue un alma errante en otras vidas. Me preocupé cuando lo supe, pero los guías no me dejaron ver más. Solo debía entregarte esa información y ya está. Ahora entiendo que tú tenías que vivir esta prueba.

—¿Y ahora qué? —susurro.

—Si lo gestionas bien, saldrás reforzada. Pero no lo olvides, Yago ya te hizo mucho daño en otras vidas. Mucho es mucho. Que no te destroce en esta también. Mi consejo es que pintes sobre todo esto. Te ayudará a ti y a más gente. Porque el mundo necesita saberlo.

—Claro que lo voy a hacer. Yo también siento esa llamada. —Hago una pausa y suspiro—. ¿Sabes qué es lo más triste? Que le he amado muchísimo, le he dado lo mejor de mí, pero no ha sido capaz de verlo. No conoce el idioma del amor, y eso sí es una condena.

—Literal. No te quepa duda de que él sufre mucho más que tú y lo hará siempre. Ha suspendido la prueba, y lo que le espera a partir de ahora es un futuro cada vez peor.

—Me sabe mal decirlo, Ángela, pero, en parte, me deja más tranquila.

—Contigo tenía la oportunidad de trascenderlo. Pero, una vez esa puerta se cierra, ya no hay marcha atrás.

Escuchar a Ángela me ayuda a darle sentido al infierno que he vivido y, sobre todo, a confiar en mis propias conclusiones.

—Cata, tienes que ser muy fuerte para salir —me advierte al final de la conversación—. Te va a costar, pero tienes una gran suerte: no hay hijos en común, y eso juega tremendamente a tu favor. No tienes por qué volver a verle ni mantener contacto con él. De lo contrario, te tendría atrapada.

De repente, suelto un grito ahogado. Una conexión brutal acaba de estallarme en la cabeza.

—¿Qué pasa? —pregunta Ángela, alerta.

—Ángela, escúchame, acabo de atar un cabo enorme…

—¿Qué? —Su voz suena tensa, como si intuyera que lo que voy a decir lo cambia todo.

—¡La vasectomía de Yago era mentira! —digo, y al pronunciarlo un escalofrío me recorre el cuerpo—.

Ese miedo constante a que me quedara embarazada, lo de acabar siempre fuera…

Y cómo, de repente, de un día para otro ese temor desapareció.

Luego, la confesión de que nadie lo sabía y de que se lo ocultaba a su familia, y finalmente esa pregunta: «¿Qué harías si te quedaras embarazada de mí? ».

Me llevo las manos a la cabeza.

—¡Dios! ¡Me quería dejar embarazada! ¡El muy cabrón! ¿Con qué clase de psicópata he estado saliendo?

Ángela se queda en silencio unos segundos y asiente para dejar que la información cale. Finalmente, me dice:

—Está clarísimo que Yago no había sido honesto contigo tampoco en este sentido, y tu abuela lo sabía.

—Ángela, ¿cómo puede alguien ser tan maquiavélico? ¿Esto no sería un delito? No puedo creer que el Yago del que estamos hablando sea el mismo que yo conozco.

—Lo es, Cata. Y sí, podrías denunciarlo, pero sin pruebas no tienes nada. Y el proceso te destrozaría aún más. Ahora lo importante es que entiendas hasta dónde ha sido capaz de llegar él para no perder el control sobre ti.

—Es que es demasiado. Me cuesta creerlo. Hay una parte de mí que sigue pensando que me estoy pasando, que no puede ser.

Me tapo la cara con las manos, al borde de las lágrimas otra vez.

—¿Y si me equivoco, Ángela? —Mi voz tiembla—. ¿Y si estoy viendo monstruos donde no los hay?

—Confía en ti, estás viendo la verdad, aunque duela.

Y, cuanto más tiempo pases lejos de él, más nítido lo verás todo.

Te voy a hablar claro, ahora te lo puedo decir: si sigues con él, no solo tendrás un hijo, tendrás dos.

Y tarde o temprano te dejará tirada con ellos, más los dos que ya tienes.

Te explotará económicamente y acabarás enferma.

Él lo ha sabido hacer muy bien —continúa Ángela—.

Te ha enganchado física, emocional y psicológicamente.

Salir no va a ser fácil, pero para conseguirlo necesitas mantener contacto cero, y no te fíes ni un pelo, porque intentará recuperarte.

Espero que no, pero te lo puede poner difícil.

Las palabras de Ángela son brutales pero sabias.

Porque, ahora que he visto al monstruo, también veo la jaula.

Y lo peor es que no tengo la llave. Nunca imaginé que se pudiera seguir enamorada de alguien que te ha hecho tanto daño.

Ni que el amor y el miedo pudieran mezclarse así, pero, aunque me avergüence admitirlo, es exactamente lo que siento.

Sé que no hay forma de salir de esta tela de araña en la que me siento atrapada. Sé que una parte de mí va a morir en este proceso. Pero también sé que, caiga quien caiga, lo voy a conseguir. Porque si algo necesito en este momento es mi fuerza de voluntad.

Lo que más me dolió no fue la traición en sí, sino descubrir el juego cruel y vengativo que había detrás. Estuve tanto tiempo perdida en la confusión que no pude ver que todo era fruto de la proyección narcisista de Yago.

Él siempre creyó que yo era infiel porque él lo era. Me reprochaba no ponerle la alfombra roja porque él jamás me la puso a mí. Cada acusación no era más que un espejo de sus propias miserias. Me culpaba de lo que, en realidad, él me estaba haciendo, siempre de forma sutil, oculta y disfrazada.

Vi al chacal que se escondía detrás del príncipe encantador.

Y lo más perverso es que, a su manera, él siempre me avisó.

Siempre me dijo quién era, solo que lo hizo de forma encubierta, proyectada en mí o en sus amigos, como cuando me hablaba de lo que hacían Sebas o Tomás con sus novias.

Todo eran mensajes en clave que no supe descifrar a tiempo.

Un psicópata narcisista como él siempre te dice lo que te está haciendo.

Siempre. Pero lo hace tan bien que no lo ves (si es que lo ves) hasta que ya estás atrapada.

Por eso ahora, dos años después, lo sé todo.

Y me doy cuenta de algo más: no fui tan tonta como él creyó. Fue él quien me infravaloró.