Capítulo VI
VI
Llevamos todo el día sin hablar y tengo más de quince mensajes suyos sin leer.
Es la tercera llamada perdida en menos de un minuto.
Sé que está furioso; nunca me había atrevido a no cogerle el teléfono durante tantas horas.
Me lo imagino fuera de sí, fumando sin parar y mirando el móvil con ansiedad.
Pero, por primera vez, no me importa. Ya no tengo nada que perder.
Siento tanta rabia y tanta confusión que, antes de poder hablar, necesito ordenar todo lo que me pasa por la cabeza.
Necesito estar preparada y, sobre todo, fuerte.
Porque conozco el poder que tiene Yago para darle la vuelta a todo.
Sé que no va a reconocer nada. Hará lo de siempre, defenderse con un duro ataque.
Necesita ganar a toda costa y utilizará cualquier medio para conseguirlo.
La situación me desborda. No sé qué hacer ni cómo actuar.
Todo esto me enfrenta al peor de mis miedos.
Y, aunque ahora sé que el Yago que idealicé nunca existió, el dolor es insoportable.
Porque, por desgracia, lo que siento por él no desaparece ni con la mentira ni con la humillación.
Ojalá fuera así, lo deseo con todas mis fuerzas, pero no es tan fácil.
He dado tanto en esta historia que irme es como amputarme un brazo.
Y todo el mundo sabe que, cuanto más das, más duele soltar.
Pero, esta vez, ¿qué otra opción me queda?
Estirada en la cama, con la mirada perdida en el blanco del techo, las imágenes siguen cayendo en cascada en mi cabeza.
Es ese efecto dominó imparable, en el que una ficha empuja a la siguiente y, sin remedio, todas las demás van cayendo de forma sucesiva.
Poco a poco voy atando cabos, voy hilando situaciones y, a cada rato que pasa, también voy teniendo más claridad.
Sigo paralizada por el shock y sé que necesito tiempo, porque esto me supera. Me viene grande, muy grande.
Bajo a la cocina a prepararme una infusión, no sin antes asomarme a la habitación de los mellizos. Los observo dormir, ajenos a todo, plácidos, seguros. Ellos me devuelven la paz y me recuerdan qué es lo verdaderamente importante. No voy a permitir que Yago vuelva a acercarse a ellos.
Necesito pensar cómo afrontar esto, y rápido.
Si no le cojo el teléfono pronto, es capaz de plantarse en casa.
Y lo que más me inquieta es lo que pueda pasar cuando le suelte la bomba que acabo de descubrir.
Suspiro y miro hacia la puerta, como si esperara que, en cualquier momento, empezara a sonar el timbre.
Cojo la taza de la encimera, con el agua caliente, y me dirijo al salón.
Rodeo el sofá y me dejo caer en la butaca frente a la ventana.
Fuera llueve a cántaros. Miro los árboles doblándose al compás del viento, escucho el golpeteo constante del agua y cierro los ojos.
Me pregunto qué puedo hacer con todo esto.
No hay respuesta. Solo el silencio y la lluvia.
En esta misma butaca se sentó Mariona el día que vino a casa.
También llovía. Recuerdo perfectamente mi paranoia de las malditas fotos de Instagram que me tenían tan atacada porque Yago no contestaba a mis comentarios.
Entonces hasta le pedí disculpas por desconfiar, pero ahora sé que estaba en lo cierto.
No fue un error, fue un momento de lucidez total.
Nunca sabré con exactitud qué hacía en esa red social, pero lo que tengo clarísimo es que, con tantas seguidoras pendientes de él, lo último que quería era que supieran que tenía pareja.
Ahora lo veo: ignorar mis comentarios no fue un despiste, sino una estrategia. Una forma más de borrar mi existencia.
Me exaspero al recordar cómo terminé pidiéndole perdón por pensar mal mientras él se colgaba la medalla de ser el novio comprensivo.
Qué ilusa fui. Yo me expuse creyendo que él era un lugar seguro, y él se rio de mí con una crueldad calculada disfrazada de ternura.
Una vez más, él quedaba como el novio perfecto y yo como la novia histérica que no sabe gestionar sus emociones.
Todo ese romanticismo que tanto me conmovía no era amor, era manipulación.
Me siento tan humillada y engañada… No lo vi venir. Y ahora dudo de todo: de nuestra conexión, de cada palabra, de si alguna vez fue real, de si hubo algo verdadero en el Yago que yo creía conocer. Es desolador asumir que esa persona nunca existió.
Me estremezco al pensar en su doble vida y en la clase de persona con la que he estado.
Yago siempre tuvo dos caras: la que mostraba al mundo, su máscara de chico encantador, carismático y protector capaz de deslumbrar a cualquiera; y la otra, la real, la que escondía, la fría, calculadora y perversa.
Se ha reído de mí, y yo, ahora que lo sé, me siento una completa idiota.
Es cierto que lo idealicé, y ahora sé el peligro que supone poner a alguien en un pedestal, porque lo ideal nunca es real. Esta lección se me ha grabado a fuego y me acompañará para siempre. Será el tatuaje que nunca me hice con él.
Yo siempre intuí que algo no encajaba, pero pensé que era yo el problema por no saber estar a la altura.
Pedí ayuda, lo hablé con mis amigas e incluso contraté a Clara para intentar entender qué me pasaba.
Nadie podrá decir que no quise ver, que miré hacia otro lado o que lo permití.
Hice todo lo que pude con la información que tenía, pero nunca imaginé que lo que no encajaba no era en mí, sino en él.
Confiaba en Clara. Es psicóloga, debería haberlo visto, ¿no?
¿Por qué no me lo dijo? ¿Cómo es posible que no lo detectara?
Nunca puso nombre a lo que estaba pasando, nunca me habló de abuso ni de manipulación.
Al contrario, parecía insistir en que todo era fruto de mis inseguridades.
¿Cómo no iba a tenerlas, si era Yago quien las provocaba con su maltrato constante?
Tal vez estoy siendo injusta, no lo sé, pero me siento traicionada.
No puedo evitar pensar que, de alguna forma, Clara, inconscientemente, supongo, también fue cómplice de toda esta historia.
Meterme en el mundo demente de Yago fue lo que, irónicamente, me permitió encontrar sentido a todo lo que había vivido.
Una coherencia oscura y retorcida, sí, pero coherencia, al fin y al cabo.
Era como si estuviera descargando, de golpe, el manual completo del abuso narcisista y pudiera releer mi historia «de amor» con otros ojos.
Descubrir la infidelidad de Yago hizo que se me cayera la venda.
La verdad se desplegaba ante mí con toda su crudeza.
Sus celos, su locura, su desconfianza gratuita…
Y sentí miedo. Mucho miedo. Porque, si había sido capaz de hacerme todo esto, ¿de qué más sería capaz?
Me estremecía pensar que me había puesto en peligro no solo a mí, sino también a mis hijos.
Me juré que jamás volvería a pasar. Porque, por suerte, a veces la fuerza que no encuentras para ti misma aparece cuando se trata de proteger a tus hijos. Yago me subestimó.
La verdad me dolió. Dolió muchísimo. Pero, paradójicamente, sentí paz. Porque la verdad escuece, pero también libera.