Lo que no se ve Capítulo V
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Capítulo V

V

No sé cómo digerir lo que estoy descubriendo. Es tan atroz que necesito compartirlo con alguien para no volverme loca. Julieta. Necesito hablar con ella, porque lo que intuyo es tan depravado que me planteo si no seré yo la chiflada.

Julieta, por lo que conoces a Yago, ¿te cuadraría que me hubiera engañado con otra?

Ostras… Pues, si se ha ido al lado oscuro, sí. ¿Por qué lo dices?

Porque creo que el domingo estuvo con una mujer. No tengo pruebas, pero es que estoy segura. Lo siento. Y creo que lo ha hecho más veces…

Cata, si lo sientes así es por algo. Te conozco. Y, con su perfil, no me extrañaría…

Con esto, de momento, me basta. Es que siento que voy a volverme loca y necesito pruebas

¿No te pegó la clamidia al principio de la relación?

¡Ostras! ¡Me había olvidado!

Pues ahí tienes una…

Ya, pero mi gine me dijo que el tiempo de incubación no se puede saber con certeza. Necesito algo más. Dame un momento

Sin pensarlo, abro el chat con Teresa, una alumna ginecóloga en quien confío plenamente. Sé que ella me dirá la verdad sin rodeos. Le pregunto y me contesta al instante:

Lo habitual son tres semanas, Cata. No lo decimos tan claro porque no es cien por cien seguro y es un tema delicado

Le doy las gracias a Teresa y vuelvo al chat con Julieta:

Confirmado por Teresa. Son 3 semanas. Me fue infiel desde el inicio. ¡Es tan fuerte! ¿Por qué lo ha hecho?

Cata, cariño, de verdad que lo siento. Pensaba que Yago elegiría el amor esta vez… No hay un porqué. No es amor, es poder. Es misoginia disfrazada de seducción. Disfrutan humillándonos porque así creen que ganan. Se trata de herir para reafirmar su masculinidad

Joder, pero ¿con quién he estado?

Vuelvo a echarme a llorar desconsoladamente.

Yago ha estado con otras mujeres desde el principio hasta el final, y encima lo hacía sin protección.

Todo ha sido mentira, desde siempre. No solo me ha estafado emocionalmente, también me ha expuesto físicamente.

Ahora entiendo por qué mi cuerpo ha somatizado tanto últimamente.

Tengo los pelos de punta. Esta vez sí, corro al baño a vomitar.

Me siento humillada, estafada y utilizada.

No sé qué hacer con esta avalancha de emociones que me desborda.

Él hacía lo que le daba la gana mientras a mí me sometía a sus conflictos, sus celos y sus inseguridades con Nacho.

Me culpaba por no ponerle la alfombra roja, por no estar a la altura y por no ser ROCA mientras se reía en mi cara. Es tan gordo que no puedo asumirlo.

Cuanto más rebobino, más claro veo su doble juego.

Su obsesión con la lealtad, el famoso código de honor, su exigencia enfermiza de ser ROCA, sus celos injustificados…

, todo era estrategia. Manipulación pura y dura.

Ha jugado sucio, asquerosamente sucio, y lo peor es que lo hizo utilizando mi amor y mi confianza.

Mientras me castigaba por llevarme bien con Nacho, él se acostaba con otras.

Mientras yo renunciaba a mi vida para acompañarle en su sueño de Canarias, él aprovechaba cada vuelo de vuelta para quedar con otras, como la del audio.

¿Cómo puede ser verdad? ¿Cómo puede convivir en la misma persona el monstruo repulsivo y el hombre romántico y encantador del que me enamoré? Pero esta vez no me lo estoy inventando. No es mi mente. Es mi cuerpo el que lo sabe, el que me grita que todo encaja.

Ojalá no fuera cierto, sería más fácil seguir viviendo en la mentira. La tentación de autoengañarme es fuerte, porque aceptar esta verdad me destroza. Pero ya no puedo negarlo. Por suerte o por desgracia, me siento más lúcida que nunca.

Me despido de Julieta prometiéndole que le escribiré antes de acostarme. Está preocupada, y con razón.

Cada nueva revelación dolía más que la anterior.

En ese momento, agarrarme a una prueba tangible, algo que confirmara que toda esta locura era real, se volvió una obsesión.

Todo lo que estaba descubriendo era tan opuesto a la imagen que tenía de Yago que me resultaba imposible creer que fueran la misma persona.

Recordé también cosas más pequeñas. Como, por ejemplo, la primera mañana que amanecimos juntos y me dijo que conmigo dormía mejor que nunca.

Más tarde supe que padecía insomnio crónico y se despertaba varias veces cada noche.

Una mentira aparentemente sin importancia, dirían algunos.

Pero estaba hecha del mismo material que todas las demás.

No fue algo puntual, delataba su modus operandi .

Necesitaba pruebas que validaran mi intuición y me salvaran de dudar de mí misma.

Lo que aún no sabía era que, en el abuso narcisista, conseguir esas pruebas antes de ser destruida es casi imposible.

Mis ojos nunca vieron nada, pero mi cuerpo, en cambio, lo supo siempre.

La caída del pelo, las cándidas, la ansiedad, la cistitis…

Mi cuerpo gritaba lo que mi mente no quería ver.

Nada de esa somatización fue casual, porque la violencia invisible no se ve, pero se siente.

Las reglas del juego de Yago fueron perversas, tramposas y crueles.

Nunca jugamos a lo mismo. Yo buscaba amor y vínculo; él, poder y control.

Yo luchaba por el bienestar de los dos, a menudo priorizando el suyo, y él solo cuidaba de sí mismo.

Yo me esforzaba por estar a la altura; él disfrutaba humillándome.

Eso es maldad. Y jamás pensé que algo así pudiera existir.

¿Cómo puede alguien hacer sufrir deliberadamente a quien le quiere, aprovechándose de su confianza, de su amor y de su empatía?

¿Qué nombre tienen las personas que utilizan las mejores cualidades de un ser humano para destrozarle?

Hoy sé con certeza que no solo lo hizo conmigo. Es su naturaleza. Solo me queda un consuelo: saber, con total seguridad, que yo nunca seré como él.