Lo que no se ve Capítulo IV
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Capítulo IV

IV

Al día siguiente, la distancia sigue ahí. Esta vez soy yo quien necesita espacio, aunque Yago tampoco hace nada por acercarse y se marcha temprano, sin buscar excusas.

Intento hacer vida normal, pero mi cabeza no conecta. Algo se me escapa, una pieza falta y no veo el puzle completo. ¿Qué me estoy perdiendo? Nada encaja.

Después de comer, sin haber hablado con Yago en todo el día, me siento en el sofá con un café recién hecho. Desde el ventanal veo los árboles meciéndose al viento mientras mi mente sigue dándole vueltas a lo que sucedió ayer. Palabras sueltas resuenan como un eco:

«Crees que te he sido infiel», «Él no es claro contigo», «Mentiras y medias verdades», «Pensé que me la habías devuelto», «Es un narcisista», «No es inseguridad, es poder».

En mitad de esos flashes internos, me asalta otra imagen inesperada. Esta vez es el hermano de mi madre. Otro perfil narcisista —o tal vez psicópata, nunca lo tuvimos claro— que estafó dinero a toda la familia, incluidos sus propios padres.

Durante años, nadie sospechó nada. Su fachada de buena persona y padre impecable lo tapaba todo. Pero su oscuridad era directamente proporcional a esa imagen perfecta.

Y entonces caigo en la cuenta. ¡Se llaman igual! Santiago, Yago… Aunque a mi tío siempre lo llamamos Santi, la coincidencia me deja petrificada. Siento que estoy a punto de comprender algo importante. No sé qué es, no puedo verlo aún, pero está ahí. Lo intuyo. Casi puedo tocarlo.

Me levanto de la silla, dejo la taza en el fregadero y mientras subo al piso de arriba a cambiarme de ropa sigo dándole vueltas a la figura de mi tío. Como es hábil, manipulador y seductor, todavía hay una parte importante de mi familia que se cree sus mentiras, incluso sus propias víctimas.

Antes de que todo sucediera, mi madre siempre me decía que tenían un vínculo muy especial.

Ella confiaba al cien por cien en mi tío Santi, era su hermano favorito de los cinco que tenía, todos varones.

Sin embargo, él supo tener paciencia y esperar el mejor momento para aprovecharse de su confianza y dar su gran golpe, una estafa de sesenta millones de pesetas, un timo de los de antes.

Naturalmente, él lo vistió de cara a la galería y lo justificó diciendo que fue un mal negocio para salvarse el culo, pero para algunos no coló; por desgracia, para otros sí. Fueron sus propias mentiras las que hicieron caer el velo de la maldad y que la verdad apareciera por su propio peso.

Hay una frase suya que nunca he olvidado y que mi madre recuerda a menudo: «La mejor defensa siempre es un buen ataque».

Es justo lo que hizo él cuando acusó a su mujer de serle infiel justo cuando empezó a tener picores después de una de sus aventuras.

Y ahora, tantos años después, empiezo a preguntarme si aquel guion me resulta tan familiar por pura casualidad… o porque lo estoy viviendo yo.

La imagen de Yago con otra chica el domingo por la tarde sigue clavada en mí, tan real que casi la puedo tocar.

Nunca he sido celosa, quizá porque yo jamás haría algo así, y siempre confié en que Yago tampoco.

Pero… ¿y si justo ahí estuvo el problema?

¿Y si mi confianza fue una carta blanca para hacer lo mismo que hacía mi tío?

Me debato entre creer esta visión desconfiada que empieza a tomar forma o aferrarme a la fe ciega en Yago y sus promesas: la lealtad como valor, su código de honor, la obsesión por ser ROCA…

Me ha machacado tanto con eso, me ha hecho sentir tan culpable por no estar a la altura, que imaginar que todo era mentira me parece insoportable.

Ni siquiera sé cómo digerir esa posibilidad.

Las preguntas se agolpan. ¿Me lo estoy inventando? ¿Y si la mejor defensa es un buen ataque? ¿Y si por eso me acusó a mí de serle infiel cuando era él quien lo hacía? ¿Y si su paranoia es solo una proyección de su propia culpa? Esa última idea me hiela la sangre.

Me siento morir solo de pensarlo. No puede ser, pero necesito mantener la mente clara.

¿Y si, por un momento, contemplo esta posibilidad?

Si fuera cierto, me habría acusado en falso todas las veces.

Pero de golpe todo encajaría: sus paranoias, sus fantasías y sus celos sin sentido.

¿Y si todo este tiempo ha estado proyectando en mí sus propias mentiras?

Mi cabeza estalla en preguntas. Un torbellino de imágenes pasa ante mí, hilando escenas sueltas que, de repente, tienen sentido. El desconcierto de los últimos meses se disuelve y aparece algo mucho más oscuro, una realidad oculta, invisible y perversa, tan retorcida que nunca creí posible.

Le doy la vuelta a las palabras de Yago como si girara el tablero por completo.

Y entonces lo veo claro: su doblez, sus reglas tramposas, su verdadero juego.

La verdad se revela tan nítida que es imposible dudar.

Rebobino mentalmente y repaso cada uno de sus delirios y cada acusación absurda.

Ahora lo entiendo. Siempre fue él culpándome a mí de lo que él hacía.

Un chorro de certeza me atraviesa la columna vertebral.

Sé que el domingo estuvo con otra. Lo sé sin pruebas, lo sé porque mi cuerpo lo grita.

¿Quién? Ni idea. Tal vez Carla… Esa historia siempre fue extraña. Pero ya no importa quién, solo quiero saber el qué.

Lo que tengo claro es que no cenó con sus amigos. Nunca lo hace, y mucho menos un domingo. Por eso estaba de tan mal humor cuando hablamos. Y ese mensaje romántico a la hora de comer…, pura coartada. Qué asco. Se me revuelve el estómago y me entran ganas de vomitar.

Ahora ya no hay vuelta atrás. Tener claridad me alivia, por fin veo la verdad.

Pero también me inunda la rabia, el dolor y una sensación de injusticia brutal.

¿Por qué lo hizo? Yo nunca le habría hecho daño.

Todo ha sido una mentira. Nunca me quiso.

Se ha reído de mí de la forma más cruel y humillante posible.

Rompo a llorar desconsolada al descubrir el engaño, la estafa y la verdad sobre Yago.

Apoyada en la mesa de la cocina, las lágrimas brotan hasta quedarme vacía.

Cuando llega la hora de recoger a los mellizos, me obligo a recomponerme.

Corro al baño, me pongo colirio, maquillo los ojos hinchados y me doy un toque de colorete para disimular.

Bajo las escaleras, cojo el bolso y salgo hacia el colegio.

Intento no pensar y apartar a Yago de mi cabeza, pero es imposible.

La revelación sigue creciendo dentro de mí, cada vez más clara, como si las piezas del puzle empezaran a encajar solas. Pero sé que aún faltan.

Me esfuerzo en mantener conversaciones ligeras con otras madres en el parque. Me cuesta fingir interés en temas banales, pero lo consigo. Y, sobre todo, logro no venirme abajo durante la tarde.

Después de acostar a los niños, no tengo ganas de hablar con Yago.

Sé que me lo hará pagar, porque llevamos todo el día sin cruzar una palabra, pero esta vez me da igual.

Me estiro en la cama, pongo música suave y, sin buscarlo, mi mente empieza a trazar conexiones.

Yago y Santi. Santi y Yago. Es como tirar de un hilo invisible que va sacando, uno a uno, recuerdos que había enterrado.