Lo que no se ve Capítulo III
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Capítulo III

III

El día siguiente lo pasamos juntos. Hacemos la compra, damos un paseo, preparamos la cena… Pero Yago sigue raro. Como ya sé de qué va, esta vez no me ando con rodeos. Él niega que le pase algo, pero no me toca y no me busca, ni siquiera un roce casual. Lo de siempre.

Esta vez ya no voy a pensar que soy yo, que exagero, que veo fantasmas donde no los hay. No. Hoy tengo claro que, si hay un fantasma en esta historia, no me lo estoy inventando yo.

—Yago, me estoy enfadando y mucho —le digo por fin—. Si no me cuentas qué pasa, la vamos a tener. No puedo creer que volvamos a estar así después de todo…

—Cariño, estoy bien, de verdad.

Le miro, incrédula, como si acabara de decirme que el sofá blanco es verde fosforito. Esta vez no pienso tragarme esa mierda. Ya he estado aquí antes y sé exactamente cómo termina esta escena.

—Te conozco, Yago. No me trates de loca. ¿Por qué no me lo quieres decir? ¡Es que no lo entiendo!

Justo en el momento que las palabras salen de mi boca, me asalta una imagen. Un flash, un destello lúcido que se planta en mi cabeza sin permiso.

—Por Dios te lo pido, dime de una vez qué coño te pasa porque me estoy imaginando cosas que no me están gustando nada.

Yago me sostiene la mirada un segundo de más, como calibrando si me dice algo o si sigue con su teatro.

—¿Qué cosas te estás imaginando? —pregunta al fin, con una calma que me pone aún más nerviosa.

Suspiro hondo, buscando algo de valor para decirle lo que estoy intuyendo.

—Pues que ayer no estabas con tus colegas, sino con una chica —le suelto sin filtro—. Eso explicaría por qué tardaste tanto en llamar, por qué estás tan distante hoy y por qué no me quieres decir qué te pasa.

—Jode, ¿verdad? —me suelta sin pestañear.

Su respuesta me deja fuera de juego. ¿Qué cojones significa eso? ¿Es una confesión? ¿Una provocación? ¿Un castigo?

Le miro, esperando, suplicando, que lo desmienta. Pero no. En lugar de eso, me lanza su discurso envuelto en ese tono victimista que tan bien maneja:

—Te lo digo, Cata, porque a veces parece que el único celoso aquí soy yo, y, mira por dónde, tú también lo eres. Ahora ya sabes lo que se siente.

Me quedo callada, sintiéndome tan desconcertada como furiosa. No ha respondido a nada y, sin embargo, ha conseguido darle la vuelta a la tortilla. Y aquí estoy, defendiendo una paranoia que, por momentos, empieza a parecerse demasiado a la realidad.

—Pero ¿es una locura? Porque no me lo estás negando y, te aviso, esta idea cada vez está cogiendo más fuerza —digo, atenta a cada gesto y a cada microexpresión, buscando esa mínima incoherencia que lo delate.

—¿Tú qué crees? —contesta esquivo.

—¡Y yo qué sé, Yago! ¿Sí o no? —Mi voz sube de volumen sin querer—. Y, si es que no, ¿qué coño te pasa? Porque me estoy poniendo muy nerviosa, y, si vamos a seguir así toda la noche, prefiero que te vayas, en serio. Joder, con lo bien que estábamos…

Estoy al borde del precipicio. Lo noto en mi respiración, en el nudo en el estómago, en el temblor de mis manos. Lo noto porque lo he vivido antes. Y lo peor es que, aun sabiendo lo que viene, sigo intentando salvarnos.

Yago se acerca, me envuelve en un abrazo fuerte, de esos que suelen desmontarme, y se queda en silencio unos segundos. Un silencio calculado.

—Cariño, claro que estaba con mis amigos —me susurra al fin, con la voz suave que siempre usa cuando quiere calmarme—. Lástima que no hiciéramos fotos, porque te las enseñaría ahora mismo y así te quedabas tranquila. Ya sabes que lo más importante para mí es que te sientas segura.

—Entonces ¿qué te pasa? —pregunto cada vez más irritada.

Yago me abraza aún más fuerte y noto cómo su cuerpo, de golpe, se vuelve más pesado.

—Es que… —vacila, buscando las palabras—. Yo también tuve la sensación de que me habías sido infiel. Lo mismo que te ha pasado a ti ahora es lo que me pasó a mí ayer.

Le miro atónita.

—¡Pero si estaba con los niños en la Cerdaña!

¿Cómo se te ocurre pensar esto? ¿Cómo iba a estar con alguien?

—exclamo, sintiendo cómo mi paciencia empieza a resquebrajarse—.

¿Y por qué no hablas conmigo cuando te pasa esto?

¿Por qué siempre me entero después, cuando ya has montado la película en tu cabeza?

Mi voz tiembla, no sé si de ira, de tristeza o de ambas cosas. Yago me mira con esa mezcla de culpa y ternura que tantas veces le ha funcionado.

—Es que, desde lo del audio, siento que ya no confías en mí. Crees que te he sido infiel, ¿verdad? Y, no sé, me entró la paranoia de que para equilibrar la balanza me habías hecho lo mismo.

Lo que me dice es delirante. Si de verdad piensa que soy capaz de devolvérsela así es que no me conoce lo más mínimo.

—Pero ya aclaramos ese tema, ¿no? Decidimos empezar de cero —le digo, alterada.

—No lo sé… Pensé que igual le habías preguntado a Ángela o a Julieta, o que ellas te habían contado algo. No sé. Ayer tuve una revelación de esas raras y me convencí de que estabas con alguien.

—Yago, esto es de locos. ¿Tú crees que si supiera que me has sido infiel seguiría contigo? Ni de coña. Y, además, ¿por qué Ángela iba a decirme algo que no es cierto?

—No sé, amor, es que me monté una película, como te ha pasado a ti otras veces, y me derrumbé.

La conversación no da más de sí porque me parece todo un sinsentido. Necesito buscarle una explicación a todo esto, tiene que haberla.

Paso la noche mal y apenas puedo dormir. Es como si se estuviera corriendo un velo en mi mente. Un velo que me mostraría una verdad que había permanecido oculta no solo para mí, sino para casi todos los que creían conocer a Yago.

Ese instante fue el pistoletazo de salida de una revelación que cambiaría para siempre mi manera de entender el amor, la vida y a mí misma.