Capítulo II
II
Después de dos de las mejores semanas que recuerdo con Yago, me voy a pasar un par de días con mis padres y los niños a la Cerdaña. Invito a Yago, pero prefiere quedarse en Sitges porque «hay olas». Sin embargo, me escribe a cada rato con fotos y frases románticas.
El domingo, el bombardeo de amor está siendo más intenso de lo habitual. Pero, para qué engañarme, me encanta que tenga un buen día. Por un momento me dejo llevar por la ilusión de que, quizá, esta vez sí estemos aprendiendo a querernos mejor.
Estoy recogiendo los platos de la comida cuando me llega otro mensaje:
Aroha. Eres lo mejor de mi vida. ¿Te lo he dicho lo suficiente?
Sonrío como una boba mirando la pantalla del móvil. Le echo de menos y me apetece hablar con él, así que, aprovechando que me acabo de preparar un café, le llamo desde el jardín. Tarda unos cuantos tonos en contestar.
—Hola, cariño, ¡qué sorpresa!
—Hola, amor… Me apetecía hablar contigo. ¿Qué tal? ¿Qué haces?
Al otro lado oigo ruido de fondo: voces, risas, el típico bullicio de un grupo de gente pasándoselo bien.
—Estoy en la playa con los colegas.
—Ah, vale, perdona. Pensaba que estarías solo en la furgo, como me habías dicho que hacía mal tiempo y te ibas a quedar leyendo… ¿Puedes hablar ahora o lo dejamos para luego?
—Mejor luego, cariño. Te llamo yo cuando vuelva a la furgo. ¿Te importa?
—No, claro que no. Es solo que te echo de menos. Pásatelo muy bien.
—Yo también, cariño. Tengo ganas de verte. Te quiero.
— Aroha .
Me dejo caer en una hamaca con el libro que llevo días queriendo empezar.
El sol calienta lo justo y la brisa de la montaña me envuelve, pero, aun así, no consigo relajarme.
Me asalta esa misma sensación de ansiedad que me ha acompañado tantas veces, ese nudo en el estómago que conozco de memoria.
El runrún. Y no lo entiendo. Entre Yago y yo todo está bien ahora. Más que bien. Está ideal.
Atribuyo mi malestar a mi necesidad frustrada de hablar con él, es decir, a mi ego.
Me avergüenza no saber gestionar esta dependencia que a veces siento.
Intento ignorarla y sacudirme la incomodidad como quien espanta un mosquito, pero no funciona.
La sensación se queda pegada a mi piel y no hace más que crecer a medida que pasan las horas.
De vuelta a Barcelona, ya en el coche, Yago me escribe un mensaje diciendo que las birras con los colegas se han alargado y se van a cenar.
Me pregunta si puede llamarme más tarde.
Como no quiero parecer pegajosa, le mando un audio con toda la naturalidad de la que puedo hacer gala deseándole que disfrute de la cena y que hablamos luego.
Todo bien. Y, sin embargo, ahí está de nuevo esa pequeña punzada de incomodidad que no sé de dónde viene.
Yago me llama a las once de la noche. Me parece tarde, pero me alegro de que se lo haya pasado bien con sus amigos.
Durante la llamada lo noto raro, como enfadado y nervioso.
Le pregunto si pasa algo, pero lo niega.
No me lo creo, pero prefiero no tensar más la cuerda.
No quiero estropear esta tregua frágil que tanto nos ha costado.
Opto por cerrar rápido la conversación, irme a dormir y vernos mañana para comer.