Capítulo I #2
Sin embargo, el audio es real. Y, aunque me duela admitirlo, funciona.
Una parte de mí no puede evitar ponerse nerviosa y hacerse preguntas: ¿quién es?
, ¿de dónde ha salido?, ¿cómo es posible que no supiera nada de ella?
Y, sobre todo, ¿cuándo demonios le enviaron este audio?
No quiero ni imaginar la escena que habría montado Yago si fuera yo quien recibiera un mensaje así. La habitual doble vara de medir…
Esa mujer ha descrito justo la parte más luminosa de Yago, la misma que yo también veo y de la que me enamoré al instante: su carisma, su facilidad para conectar, su encanto y su aparente bondad.
Pero recordarlo ahora no me consuela; me destroza. Porque sé que, si lo dejamos, Yago podría estar con quien quisiera al día siguiente, y eso, a pesar de todo, me mata.
Durante unos minutos me quedo callada, invadida por una mezcla de celos, tristeza y orgullo herido. Trago saliva y respiro hondo, intentando poner orden en ese caos que me estalla por dentro.
—Cariño, ¿estás bien? —pregunta al cabo de unos segundos.
Silencio.
—Lo siento, amor —me dice—. Ya te he dicho que no te iba a gustar. Pero como has insistido…
Silencio.
—Entiendo que estés enfadada, pero ya has visto que sabe que tengo novia y yo no le di mi teléfono. No he hecho nada malo…
—¿Quién es? —le pregunto incisiva, incapaz de mirarle a la cara.
—Es una chica de Lanzarote con la que hablé tan solo diez minutos. Es una amiga de ese grupo de chicos que te conté.
Sigo en silencio largo rato. Yago se desespera y me pide que diga algo.
—No me cuadra, Yago —digo tajante.
—¿El qué?
—Lo que me dices. No me cuadra que una chica con la que solo has hablado diez minutos te mande un audio de casi cuatro invitándote a un concierto y a salir con ella. ¡Además, conoce perfectamente tus planes de ir a Portugal dentro de dos meses!
—¡Yo qué sé, cariño! Vale que es raro, pero yo no sé qué le ha dado a esta chica. Le debí causar buena impresión, supongo…
—Yago, no me habías hablado de ella. Es la primera noticia que tengo de que existe. Según tú, estabas muy solo y no quedabas con nadie, y menos con mujeres. Me estás mintiendo.
—Cariño, te juro que no —responde imperturbable.
—Dime la verdad, porque sigue sin cuadrarme.
—Es la verdad, Cata. ¿Crees que te he sido infiel? —me pregunta.
—Siempre he estado muy segura de que no, pero sinceramente, después de este audio, empiezo a dudarlo.
—¡Amor, yo nunca te haría algo así! Me conoces mejor que nadie y sabes que la lealtad es lo más importante para mí. Tenemos un código de honor, jamás pondría en peligro nuestra ROCA —me dice con la voz acelerada—. Joder, ¿por quién me tomas?
—Ya, pues no lo parece. Porque me has ocultado la existencia de esta chica que casi te jura amor eterno. Y, si me has ocultado esto, a saber qué más me estarás ocultando.
—Amor, que no, de verdad. Mira, le voy a responder ahora mismo, delante de ti. ¿Qué quieres que le conteste?
—No quiero que le contestes nada. Haz lo que te dé la gana.
Yo no me voy a poner a auditar lo que haces o no haces.
Me respeto lo suficiente como para no entrar en modo novia policía.
Lo que sí voy a hacer es dejar esta conversación e irme a casa.
Necesito pensar. Estoy muy enfadada, disgustada y defraudada.
—Cata, yo necesito solucionar esto hoy —me dice muy serio. Parece que se giran las tornas esta vez.
—Pues yo no puedo más, Yago. Estoy agotada. Consumida. Y, después de ese maldito audio, me resulta imposible seguir hablando como si nada —respondo mientras cojo el bolso sin mirarle—. Necesito digerir esto. Mañana seguimos.
Sin esperar su respuesta, me doy la vuelta y siento su mirada clavada en mi espalda, pero no me detengo. Esta vez, soy yo quien pone punto y aparte.
Yago me agarra suavemente del hombro para detenerme y me pide que me quede a dormir.
Me recuerda que tal vez esta sea la última noche y necesita tenerme cerca.
Me siento muy vulnerable ahora mismo y sus abrazos siempre han sido mi bálsamo.
Cuando me abraza, la sensación de estar en casa vuelve a invadirme a pesar de todo.
Sé que es una locura, pero Yago es mi dolor y mi medicina.
Yo tampoco lo comprendo, pero es así. Sin embargo, reúno toda la fuerza que me queda para finalmente irme a casa sin él.
Yago se viene abajo y yo también. Sé que me va a castigar por esto, pero necesito irme.
Cojo el coche preguntándome si estoy haciendo lo correcto.
Quiero estar con él, todo mi cuerpo me pide a gritos su voz, su olor, su piel…
, pero mi mente necesita alejarse para tener claridad.
Por momentos creo que he sido demasiado dura, que tal vez me esté diciendo la verdad y le estoy castigando sin motivo.
Lo he visto derrumbarse y me duele. Y un minuto después pienso todo lo contrario, que me ha manipulado, que ha jugado sucio y que me ha convertido en la mala de esta historia para salvarse él.
Es una montaña rusa que no para, una especie de esquizofrenia emocional que me está volviendo loca. Y aun así sigo conduciendo, alejándome de él. Porque, por primera vez, no sé si quiero volver.
Cuando llego a casa, me dejo caer en el sofá como si me hubieran arrancado el alma.
Reflexiono sobre el audio, sobre nosotros, sobre todas las dudas que se han ido acumulando como un montón de ropa sucia que ya no sé por dónde empezar a lavar.
Me quedo mirando al techo, incapaz de moverme.
Estoy emocionalmente fuera de combate. Hoy no puedo procesar ni una sola emoción más.
No sé cuánto tiempo pasa, tal vez veinte minutos, tal vez más, cuando el timbre me sobresalta. No espero a nadie y es tarde, pero vuelve a sonar, insistente. Miro el móvil y ahí está, un mensaje de Yago: «Soy yo, abre, cariño».
Siento una mezcla de alivio, miedo, amor y ansiedad, todo al mismo tiempo. Una parte de mí se alegra de que esté aquí. Eso significa que me quiere y que le importo, aunque también dudo de si esto es lo correcto.
Aun así, abro la puerta. Yago me besa sin mediar palabra, como si el beso fuera una llave que desactiva todas mis defensas. Me envuelve en un abrazo y me dice justo lo que necesito oír.
Y me rindo. El magnetismo que ejerce sobre mí es más fuerte que cualquier argumento lógico, más fuerte que mi orgullo y que todas las promesas que me hago cuando no está.
Hacer el amor siempre nos reconecta. Por suerte o por desgracia, se ha convertido en nuestra forma más rápida, y más peligrosa, de resolver conflictos.
Al día siguiente, él admite sus errores, se muestra vulnerable, y yo vuelvo a imaginar un futuro juntos.
Me propone vivir conmigo los días que los niños no estén, ponerse las pilas a nivel profesional, hacer terapia para hacerse cargo de todo lo que se ha ido rompiendo por el camino.
Suena utópico, casi ingenuo, y a la vez también lo siento real.
Quiero creerle. Necesito pensar que esta vez sí que es la definitiva.
Naturalmente, vuelvo a sacar el tema del audio de ayer.
Yago me jura por su vida que solo habló con esa chica unos pocos minutos.
Él tampoco se explica la intensidad del mensaje.
No sería tan idiota ni tan cabrón como para enseñarme algo así si hubiera pasado algo.
Decido creerle porque nunca me ha dado motivos para desconfiar de él.
Además, conozco el efecto que Yago provoca en las mujeres.
Tiene ese encanto magnético que desarma, esa forma de mirarte y hacerte sentir única, como si no existiera nadie más en el mundo.
Sé que ha tratado de manipularme. Quiero pensar que sacar el audio fue un acto desesperado, un último intento por retenerme cuando sintió que me perdía. No lo justifico, pero al menos puedo entender que lo hizo para salvar lo nuestro porque me quiere.
Nada de lo que había pasado acababa de cuadrarme del todo, pero sus explicaciones fueron lo suficientemente convincentes como para que volviera a confiar en lo nuestro.
Me agarré a un futuro potencial para poder quemar ese último cartucho que tanto necesitaba.
Estaba ilusionada porque partíamos de un lugar diferente.
Retumbaban en mi cabeza las palabras de Ángela, confiaba en ella y sabía que no se solía equivocar.
Pero veía a Yago tan decidido y cambiado que hubo un momento en el que pensé que podría ser posible. Entonces, volví a creer en nosotros.
Los días que siguieron fueron de los más mágicos de nuestra relación.
Todo fluía, me sentía segura, en paz. Nuestra vida en común empezaba a tomar forma.
¿Y si la gente se equivoca?, pensaba. ¿Y si, en realidad, a veces el amor sí lo puede todo?
Yo siempre quise que las cosas volviesen a ser como al principio, y en ese momento por fin parecía que lo había conseguido.
Sin embargo, esto no fue más que un momento de lucidez pre mortem , esa mejoría repentina que tienen las personas justo antes de morir.