Lo que no se ve Capítulo I
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Capítulo I

I

Tras dos largos días de viaje en furgoneta, Yago por fin llega a Sitges.

Puedo sentir la tensión y la distancia entre nosotros.

Esta tarde puede pasar cualquier cosa, lo sé, y eso me pone todavía más nerviosa.

No estoy segura de estar preparada para afrontar esta conversación, la definitiva, la que incline la balanza de una vez por todas.

Llego puntual a la ubicación que me ha enviado. Siento que el corazón se me va a salir del pecho desde hace rato, pero ahora se acelera todavía más. Me acerco a la puerta de la furgo con cautela, trago saliva y levanto la mano para llamar. Dudo un segundo y golpeo la puerta con los nudillos.

Nada.

Vuelvo a intentarlo, esta vez más fuerte.

Silencio.

Yago no está. Un detalle en apariencia mínimo, pero que me enciende por dentro.

Cada vez soy más consciente de esas pequeñas maniobras suyas, de esos gestos calculados que, bajo una falsa trivialidad, esconden una voluntad de poder.

Hay un mensaje implícito que yo veo con claridad: «No pienses que voy a estar aquí esperándote, como si verte significara algo para mí».

El desprecio no necesita grandes gestos, y él lo sabe.

Le llamo al móvil y enseguida me responde. Está llegando. Su voz suena calmada y distante. Como si este pequeño menosprecio no estuviera sucediendo. Tarda exactamente tres minutos en aparecer sin dar ninguna explicación. Para él, no hace falta.

No son esos tres minutos lo que me saca de quicio, sino la intención que hay detrás. Antes nunca lo habría considerado una estrategia por parecerme demasiado retorcido, pero he aprendido a leer su juego. Siempre necesita quedar por encima y nunca da puntada sin hilo.

Nos saludamos casi como dos extraños. No hay beso ni roce, ni siquiera una mirada. El frío y la hostilidad entre nosotros son evidentes. Esto no empieza bien. La incomodidad que sentimos cada minuto que pasa confirma que necesitamos esa conversación, ya.

Yago me invita a entrar con la indiferencia de quien recibe a una desconocida. No son sus palabras, sino su actitud. Otra de esas sutilezas humillantes imposibles de demostrar. Muchos dirían que es solo mi percepción, pero yo sé que no, y no tengo duda.

Él se sienta en el banco junto a la mesa y hace un gesto para que yo me acomode en la silla de camping. Le pregunto por el viaje para intentar romper el hielo, pero su respuesta es seca y no deja margen a nada más:

—Mal. Una paliza.

La conversación se estanca y los silencios me inquietan. Me ofrece una cerveza y él se sirve otra mientras se limita a observarme en silencio, con una expresión impasible que no consigo descifrar.

—No es la bienvenida que esperaba —suelta finalmente en tono desafiante—. Mis amigos han traído birras y hemos hecho unas risas, pero esto parece un funeral…

Dejo pasar su crítica, la insinuación de que le he decepcionado y la comparación con sus amigos. Ahora que veo claro su juego, sé cómo no entrar en él. Está claro que, muy cierto, esto puede acabar siendo un funeral.

Decido tomar la iniciativa.

—Yago, estos días he estado pensando.

Él resopla con fastidio.

—Uf, vale… Vas de este palo, ¿no?

—Bueno, es que mira cómo estamos. ¿De qué otra cosa quieres hablar?

Yago se recuesta en el banco y cruza los brazos.

—¿Quieres dejarlo? —me interrumpe—. Porque, si quieres dejarlo, dímelo ya y me ahorro el sermón. De hecho, ya me lo temía, por eso he vuelto, para que mis amigos me recojan del puto suelo donde sé que voy a acabar.

—Pero ¿no me habías dicho que volvías por nosotros? —pregunto confundida—. Ahora parece que ya has tirado la toalla…

—¿En serio soy yo el que ha tirado la toalla? No proyectes en mí tus movidas.

—Es lo que acabas de decir…

Yago suspira, cansado, y tras una pausa suelta:

—Mira, Cata, durante estos días he tenido varias sesiones con Clara para hablar de lo nuestro. Me ha dicho cosas muy interesantes. Creo que deberías hablar con ella antes de tomar una decisión. Por supuesto, yo no te voy a decir lo que tienes que hacer, pero te iría muy bien.

—¿Qué te ha dicho? —pregunto, intrigada por si se me está escapando algo.

—Que te lo diga ella mejor.

—Ya, pero ahora estoy hablando contigo. ¿Puedes contarme qué te ha dicho?

Yago duda un instante antes de responder, como si quisiera elegir bien sus palabras.

—Me ha confirmado que un amor así solo se encuentra una vez en la vida y que tenemos un propósito conjunto.

Si hasta ahora no ha funcionado es porque no compartimos un proyecto de vida real.

Solo somos novios que pasan tiempo juntos, pero sin construir nada.

Y yo quiero algo más. Por eso he vuelto, porque, estando lejos, esto no puede funcionar.

—Estoy de acuerdo; sin embargo, necesito hablar de los problemas que tenemos. Quiero que conozcas mis límites y me digas, honestamente, si vas a poder respetarlos o no.

—Cata, tú siempre dices que pongamos el foco en la solución y no en el problema. Ahora que quiero un proyecto juntos y estoy dejando a un lado mi sueño, no paras de sacar los trapos sucios. ¿Ves como tú también pones el foco en la mierda? ¿Ves como me exiges cosas que tú tampoco puedes cumplir?

—¡Es que es necesario hacerlo para poder construir!

—exclamo, enfadada ante la manipulación que intenta ejercer sobre mí—.

Yo solo puedo valorar un futuro juntos si antes limamos las diferencias y pactamos ciertas cosas.

Porque hay comportamientos tuyos, Yago, que me dañan a un nivel que ya no puedo soportar.

Si vamos a seguir juntos, necesito que te hagas cargo. Si no, no puedo hacerlo.

—Cata, si te vas a poner así, lo dejamos. Ya está. Yo no quiero seguir contigo de esta manera. Ya lo he dicho. Lo siento, pero así no.

Sé lo que pretende, es la misma estrategia de siempre: amenazar con irse para que yo me desestabilice, pero esta vez la trampa no funciona y no reacciono como él espera. Aunque me aterra que lo haga, estoy dispuesta a afrontarlo.

La conversación se convierte en un pulso: cuando yo me crezco, él recula, y, cuando flaqueo, él avanza.

Yago utiliza todos sus recursos para que yo me venga abajo, pero esta vez no funcionan.

Él reconoce alguna de las muchas violencias que ejerce y eso me da esperanza, pero luego acaba por justificarlas, lo cual me la quita.

Cuando no tiene argumentos, tergiversa la realidad, me hace luz de gas, utiliza su habitual lenguaje esquizofrénico diciendo todo y nada al mismo tiempo.

Junta ideas inconexas en frases largas y densas que no dicen nada.

Habla y habla sin llegar a ningún punto, como si quisiera ahogarme en su discurso.

Es lo que hace siempre cuando quiere tener el control de la situación.

Después de tres horas de discusión estéril, estoy agotada y creo que él también. De repente, Yago mira el teléfono como si acabara de recibir un mensaje urgente. Pienso que probablemente es otra de sus tácticas para ignorarme.

Acto seguido, se lleva el móvil a la oreja y, sin mirarme siquiera, levanta la mano en un gesto que me pide silencio, como si el mensaje de audio fuera más importante que lo que estamos diciendo.

Como si yo pudiera quedarme en pausa hasta que él decida reanudar la conversación.

Mi cuerpo se tensa y siento cómo un fuego violento empieza a arder en mi interior.

Yago frunce el ceño, pone muecas y deja escapar algún que otro gesto de sorpresa mientras escucha el mensaje. Yo observo sus movimientos sin entender de qué va todo esto y empiezo a perder la paciencia.

—Yago, ¿me puedes decir qué pasa? —pregunto, molesta.

—No, nada —responde, todavía con el teléfono en la oreja.

Pero mi mirada le deja claro que no me lo creo y que lo que está haciendo no es normal.

—Nada no, porque acabas de dejarme con la palabra en la boca. Debe de ser importante…

—Bueno, a ver, como estamos hablando de empezar de cero y de contárnoslo todo, te pongo el audio para que lo escuches tú misma. Pero, te aviso, no te va a gustar. ¿Estás segura de que quieres escucharlo?

Asiento sin decir palabra, preparándome para cualquier cosa. Yago deja el móvil sobre la mesa como si fuera una bomba a punto de explotar. Tengo la incómoda sensación de que estoy haciendo exactamente lo que quiere que haga, pero necesito saber de qué va todo esto.

Luego le da al Play y enseguida escucho la voz de una chica que no reconozco. Su tono es dulce, ligeramente nervioso, como si supiera que está cruzando una línea. Dice que le encantó conocerlo hace unas semanas en Lanzarote y que desde entonces no ha podido sacárselo de la cabeza.

Se disculpa por escribirle porque sabe que tiene novia y admite que consiguió su número a través de un amigo en común.

Le confiesa que está fascinada por su forma de ser y que, según ella, ya no quedan hombres como él y que le gustaría volver a verlo.

Sabe que Yago tiene planes de viajar a Portugal y le propone un concierto en el Algarve.

Antes de despedirse, deja caer que, si algún día deja de tener novia, le encantaría que le diera una oportunidad.

La rabia me invade a medida que avanza el audio. No soy idiota. Es demasiada casualidad recibir este mensaje justo en mitad de la conversación más crítica de nuestra relación. Y las casualidades no existen.

Me fijo en el móvil, colocado, como siempre, boca abajo sobre la mesa. Sospecho que este audio ya lo tenía guardado y que lo está utilizando ahora para triangularme con otra mujer. Quiere ponerme celosa, debilitar la fortaleza que, para mi sorpresa, todavía me sostiene.

Yago juega sucio cuando se siente acorralado, pero esta vez está siendo insultantemente torpe. Me ofende que crea que voy a tragarme semejante teatrillo. Me subestima.