Capítulo XXXVII
XXXVII
Después de acostar a los niños, Yago me llama desde la cola del ferry a Cádiz. Nuestra conversación es distante. Me aferro a la idea de que su regreso a la península lo hará todo más fácil.
Antes de colgar insiste en que compre el vuelo a Sevilla para la semana siguiente. No tengo claro qué hacer, pero él insiste en que, si vuelve, es por mí. Así que supongo que se lo debo.
A las seis de la mañana tengo una llamada perdida suya. Imagino que el ferry ya ha llegado a Cádiz y le devuelvo la llamada mientras enciendo la cafetera.
—Amor, tengo una buena noticia —grita—. ¡Vuelvo a Barcelona! Voy por Sevilla, llegaré mañana por la tarde.
—¿Cómo que vuelves? Acabo de comprar el billete a Sevilla. ¿Recuerdas que quedamos así?
—Bueno, cariño, no tenía wifi para avisarte. Además, es solo dinero. ¿No te alegras de que vuelva?
—Sí, claro. Es que es el segundo billete que tiro a la basura para ir a verte. No me sobra el dinero.
—No sabía que te importaba más el dinero que yo. Alucino, porque eres la única que no se ha alegrado de que vuelva a casa.
—Por supuesto que me alegro, pero entiende que tus cambios de planes también me afectan…
—Sí, lo entiendo, pero, joder, Cata, ¿en serio vas a hacer de esto un problema? —Resopla—. Pensé que te haría ilusión, que lo importante era que volvía por nosotros, pero parece que no. Mira, luego hablamos. Te iba a compartir ubicación en tiempo real, pero creo que paso.
Una vez más, nos despedimos con frialdad. A veces siento que me estoy volviendo loca. ¿Soy yo la exagerada por mencionarle lo del billete o es él el desconsiderado? Yago tiene la habilidad de hacer que me cuestione hasta lo más básico.
Después de llevar a los mellizos al colegio, quedo con Ángela en el bar Europa.
Llego diez minutos tarde porque me cuesta aparcar.
Nos sentamos en la terraza, junto a una estufa exterior que nos da calor.
Ángela me recibe con su paz habitual; solo su presencia ya transmite una energía reconfortante.
Sobre la mesa ha dispuesto su kit de piedras y velas, como si estuviéramos en su consulta.
Tuvo una durante años, con lista de espera, pero la acabó cerrando.
Me siento frente a ella y la interrogo con la mirada por todo ese despliegue de medios sobre la mesa. Ángela sonríe con su dulzura habitual y, sin muchos rodeos, me pregunta:
—¿Qué tal en Canarias?
—Mmm… Bueno, no muy bien. Te cuento.
—Vale, ahora me cuentas todo —dice mientras se acomoda en su silla de mimbre—, pero antes necesito decirte algo importante.
Hace una pausa y me sostiene la mirada con intensidad, como si estuviera preparándome para lo que está a punto de revelar.
—Tu abuela ha venido a verme —suelta de golpe—. El martes por la noche.
La miro fijamente sin entender nada. ¿Mi abuela? Tenía una relación especial con ella y la echo mucho de menos, pero no entiendo para qué ha acudido a Ángela. El martes fue la noche de la discusión interminable y siento un escalofrío recorrerme la espalda.
—¿Y qué quería? —titubeo, intentando recuperarme del shock.
—Tu abuela te quiere mucho. Y está preocupada por ti, Cata.
—¿Preocupada por qué? —pregunto intrigada.
—Tiene miedo de que te quedes embarazada.
Me explota la cabeza.
—Pues no lo entiendo, Ángela, porque eso es imposible. Yago se ha hecho la vasectomía…
—¿En serio? Pues qué raro, porque tu abuela parecía muy agobiada.
—Pues me dejas de piedra. Pensaba que me dirías otra cosa, pero esto del embarazo no me cuadra.
—¿Qué pensabas que te diría? —me pregunta con curiosidad.
Le resumo las peleas de Tenerife y el conflicto con los billetes.
—Cata, cariño… ¿Te das cuenta de cómo hablas de esta relación? Hablas como una mujer maltratada.
—Qué va. Sí, es verdad que cruza límites cuando se enfada, pero de ahí a que me maltrate me parece muy exagerado.
Ángela enciende una vela y distribuye los minerales mientras habla.
—Lo que me describes es típico del trastorno narcisista. Lo de los billetes es violencia económica. Y acusarte de no alegrarte de su vuelta después de hacerte tirar el dinero es luz de gas. Lo que dice y lo que hace no concuerda.
Cada palabra encaja en un rompecabezas que me resisto a completar. Lo de la violencia económica nunca lo había considerado, pero ahora caigo en la cuenta de que siempre pago yo y ni siquiera me lo agradece.
Ángela me mira un momento en silencio antes de continuar.
—Cata, él proyecta en ti sus propios defectos y luego te acusa de hacer lo mismo que él te hace. Le explicas que te hace daño, pero nunca se responsabiliza; al revés, te culpa de tus reacciones a su maltrato.
—Ostras, Ángela… —murmuro espantada—. Estás poniendo las palabras exactas a lo que estoy viviendo.
—Lo siento mucho, Cata. Hay mucha oscuridad en Yago. La única forma de que tú te salves es soltándole la mano.
Sus palabras me hunden, pero tienen mucho sentido. No puedo seguir engañándome, y a la vez me resisto a aceptar que no hay solución. Sé que nos queremos, algo se podrá hacer, ¿no? Sé que en el fondo no es mala persona, solo alguien emocionalmente inmaduro que no quiere que le hagan daño.
—Sé lo que estás pensando —se adelanta a decir Ángela—. Puedo ver tu futuro con él si te quedas, y no quiero condicionarte, pero no me gusta nada lo que veo. Tus hijos van a necesitar años de terapia para superar el destrozo y tú vas a acabar… No te quiero decir cómo.
Conozco a Ángela, sé que ella no me diría todo esto a la ligera porque es extremadamente cautelosa a la hora de influir en las personas.
Hasta la fecha, todo lo que me ha dicho se ha cumplido.
Confío en sus palabras. Aun así, no lo veo tan grave como ella lo pinta.
No estoy dispuesta a tirar la toalla, al menos todavía.
Ángela remata la conversación con estas palabras:
—Cata, crees que controlas la situación, pero no es así. Todas las víctimas de maltrato lo creen, y ese es el problema. Él lo ha sabido hacer muy bien y te ha enganchado emocional, psicológica y físicamente. Tienes un reto por delante. El reto es solo tuyo, no de Yago.
Aunque no me tomo a la ligera sus palabras, sigo creyendo que tal vez Ángela esté dramatizando un poco. Yo me niego a pensar que un amor y una conexión como la nuestra no pueda reconducirse. Solo necesito que él también lo vea como yo.
Tampoco estoy tan enganchada como Ángela cree, solo quiero quemar todos los cartuchos antes de tomar una decisión.
Me despido de Ángela dándole vueltas a todo lo que me ha dicho. Lo que es seguro es que mañana, cuando llegue Yago, lo primero que vamos a hacer es tener la conversación definitiva. La de verdad, la que lo va a cambiar todo.
Hablar con Julieta y luego con Ángela me abrió totalmente la mirada.
Vi claro que el problema no era yo y que tenía tendencia a responsabilizarme en exceso de todo lo que pasaba en la relación.
Yo me cuestionaba por defecto y él apenas se cuestionaba nunca.
Yo me hacía responsable de todo y él no se hacía responsable de nada.
El match perfecto. Pero, ahora que podía ver con claridad, estaba decidida a que esto cambiara.
Lo que más me abrió los ojos fue darme cuenta de que no era culpable de lo que sucedía.
No era yo la que estaba fallando. Saberme víctima de maltrato y no responsable es lo que hizo que dejara de dar poder a Yago.
Porque, cuando no ves la violencia y no le puedes poner nombre, no te puedes defender.
No puedes responder a algo que no ves y eso te convierte, inevitablemente, en víctima de las circunstancias.
Por eso, cuando Ángela le puso nombre a lo que estaba viviendo, recuperé parte de mi poder.
Pero no todo. Porque lo peor estaba por llegar.