Lo que no se ve Capítulo XXXVI
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Capítulo XXXVI

XXXVI

Mi vuelo sale temprano al día siguiente. Me levanto con la misma sensación de congoja de ayer. Yago está raro también. Aquí me estoy ahogando, pero no quiero irme así. De camino al aeropuerto el silencio entre nosotros es denso, como si cada uno estuviera atrapado en su propia tormenta interna.

A través de la ventanilla veo el paisaje de la isla pasar a toda velocidad, pero mi mente está en otro sitio. Me aferro a la idea de que la distancia me dará claridad, aunque en el fondo sé que algo dentro de mí se ha roto y que, probablemente, nada volverá a ser igual.

Al llegar a la terminal de salidas, Yago apaga el motor para poder despedirnos. Todavía sentado al volante, se gira y me mira fijamente a los ojos. Parece que me quiere decir algo, pero no se atreve.

—Cata, sé que estás pensando en dejarme —suelta de repente.

Una vez más, tengo la sensación de que me lee la mente.

—¿Por qué dices eso? —digo, sorprendida.

—Porque te conozco, y te leo —responde muy serio.

Bajo la mirada sin saber muy bien qué contestar.

Yago me mira con tristeza, palpando la distancia entre nosotros. Siento que esta vez no puedo hacer nada. Ya lo he intentado todo.

—Cariño, te amo, pero estos días han sido demasiado para mí. Necesito reflexionar sobre todo esto con tranquilidad.

Nos abrazamos fuerte y quedamos en vernos en Tenerife dentro de diez días. Para entonces todo se habrá asentado. Nos besamos, nos decimos un fugaz y frío te quiero y salgo de la furgoneta sin poder reprimir las lágrimas.

Me paso las horas que dura el viaje escribiendo en una libreta todos mis pensamientos. Lo necesito para poner orden en el caos que es mi cabeza. Hay tantas cosas que no entiendo, que no me cuadran, que se me escapan y que necesito comprender…

En cuanto aterrizo en Barcelona recibo un mensaje de Yago:

Amor, lo he estado pensando y quiero dejar Canarias. Sus tierras volcánicas no me han hecho bien. Quiero estar más cerca de ti y he decidido que vuelvo a la península. Me quedaré por Cádiz, allí también puedo hacer surf. ¿Qué te parece? Llámame y lo hablamos

Me quedo un poco en shock al leer el mensaje. ¿Y este brusco cambio de planes? No sé si me alegra o me inquieta.

Le llamo desde el taxi de vuelta a casa y me confiesa que quiere estar más cerca de mí.

Su aventura en Canarias no ha salido como esperaba.

Le respondo que yo también lo prefiero, pero me sorprende que haya tomado la decisión de forma tan precipitada.

Además, hace apenas tres días que compré un billete de avión a Tenerife después de insistirme varias veces y ahora lo voy a perder.

Sin embargo, él lo despacha rápido, como si fuera un detalle menor, y dice que lo pagaremos a medias.

Me molesta que haya tomado esta decisión sin consultarme antes, pero no digo nada para no echar más leña al fuego.

Cuando llego a casa entiendo lo mucho que necesitaba estar aquí, rodeada de mis cosas y con paz mental. Recojo a los niños y paso la tarde con ellos. Poco a poco vuelvo a sentir que tengo las riendas de mi vida.

Una parte de mí ve las conductas tóxicas de Yago. Otra entiende sus traumas y quiere ayudarlo. La conexión es tan fuerte que me cuesta romper. No paro de pensar en que todo podría ser muy bonito si aprendiera a gestionar sus miedos.

Lo que yo no sabía entonces es que pensaba como piensan casi todas las víctimas de maltrato que no saben que lo son.

Había interiorizado tanto la culpa que sentía legítimo que alguien me tratara así.

Había dado tanto que estaba dispuesta a lo que fuera para transformar una relación abusiva en una relación sana.

Solo quería que todo volviera a ser como al principio.