Capítulo XXXV
XXXV
Yago se levanta de un salto en cuanto entro a la furgoneta y me abraza fuerte. Me dejo sostener. Cuando levanto la cabeza, Mr. Hyde parece haberse esfumado.
Un pensamiento fugaz cruza mi mente: Yago solo se detiene cuando me ve completamente rota, como si necesitara derribarme para luego recogerme del suelo. Pero la idea me resulta demasiado retorcida para ser verdad.
—Cariño, no quiero que estemos así. Nos estamos yendo a la mierda.
—Llevo desde ayer intentando arreglarlo. Esta vez te has pasado mucho, Yago. He sentido miedo.
—Me han perdido las formas, lo trabajaré con Clara. Pero tú también deberías anticiparte al tema de Nacho y las llaves. Necesito que cuides de mis inseguridades como yo cuido de las tuyas.
Siempre he creído que el amor sano consistía en cubrir las necesidades del otro.
Pero esa idea me llevaba a actuar contra mí misma.
Yago no buscaba un acuerdo, sino imponer sus reglas sin resistencia.
Mi bienestar nunca importó. Así empecé a anular mi voluntad, incluso antes de que él lo pidiera.
Poco a poco empecé a mirar la realidad con sus ojos y a alejarme de los míos.
—Me tomé muy mal el rechazo de ayer, Cata. Es lo que siempre ha hecho mi padre y no pude soportar que me lo hicieras tú también.
—Eso es lo que has hecho tú conmigo. Yo solo paré una conversación que se estaba volviendo tóxica, como habíamos acordado.
—¡Pero no me dijiste que querías seguir hablando después!
—Era obvio que quería seguir hablando, joder. ¡Si ya lo habíamos acordado así! Yago, no puedo con más dramas, creo que he llegado a mi límite.
—Sé que nuestra relación es una locura, pero tienes que ayudarme. Estoy convencido de que juntos podemos trascender esto. Si no es contigo, ¿con quién?
—Es que ya no sé qué hacer para ayudarte…
Yago se sienta a mi lado en el suelo de la furgo y, con voz suplicante, me pide otra oportunidad.
—Amor, sé que he sacado al chacal y te he hecho daño, pero tú también me has herido.
Si no hay llaves, no hay chacal, ¿sabes?
—me dice buscando mi mirada—. Sé que este viaje a Canarias no ha sido fácil, pero las cosas van a mejorar.
Cuando recupere mi ritmo con el surf y empiece a conocer gente aquí, todo será diferente.
Lo miro en silencio. Siempre la misma historia, siempre una promesa de cambio que nunca llega. Sus palabras suenan vacías, como si intentara convencerse a sí mismo más que a mí.
—Yago, no es solo este viaje. No es el surf, ni las llaves, ni Canarias. Es esta dinámica, que se repite una y otra vez. Yo no quiero vivir así.
—Lo sé… —susurra—. Pero no quiero perderte.
Yago volvía a reproducir su discurso de la zanahoria, una estrategia de manipulación en la que se inventa un futuro ideal y me convence de que, cuando suceda esto o lo otro, todos nuestros problemas se acabarán.
Me recuerda nuestro pacto de almas y que somos más fuertes de lo que pensamos, pero yo ya empezaba a desconfiar de ese futuro ideal que cada vez estaba más lejos.
—Cata, estar tanto tiempo solo me está afectando, y tengo que mirar por mí.
Conozco a mucha gente en la playa, pero la norma de no quedar con chicas me limita demasiado.
He estado pensando que quiero darme permiso para quedar con chicas si se tercia, pero sin segundas intenciones, solo para charlar y tomar algo.
Lo miro en silencio, intentando dilucidar si va en serio o se está riendo de mí. Después de todo lo que ha pasado, después de haberme hecho pedazos en las últimas veinticuatro horas, ¿ahora me sale con esto? ¡Lo que me faltaba!
—¿Me estás diciendo que necesitas quedar con otras mujeres para no sentirte solo? —pregunto intentando contener la rabia y la decepción.
—No es eso, amor. Solo quiero socializar sin sentirme limitado, tomar un café o una cerveza sin culpa.
—Fuiste tú quien propuso este pacto. ¿Ahora quieres quedar con chicas? Hazlo, confío en ti. Pero entonces yo haré lo mismo. Y ni se te ocurra montarme escenas cuando me llame un amigo.
—Olvídalo. Ya veo que no estamos alineados —responde acariciándome la mano—. No quiero que esto amenace nuestra ROCA.
Me besa, buscando sellar la tregua. Nos abrazamos y, como siempre, su magnetismo me envuelve. Pero esta vez es distinto. El golpe ha sido demasiado fuerte. Nos metemos en la cama sin pasión, solo un abrazo tímido en la oscuridad.
—¿Con quién hablabas fuera? ¿Con Julieta?
—Sí.
—Ya sabes que no me gusta que hables con tus amigas de nuestras cosas.
—Estando aquí sola, necesitaba hablar con alguien. Y lo seguiré haciendo. Tú también lo has hablado con tu amigo Tomás.
—¿Sabes qué me ha dicho él? Que me vaya con otra para castigarte. Es lo que hace él cuando se enfada con su novia.
—¿Qué? ¿Tomás se acuesta con otras cuando se enfada con Lucía?
—Sí. Son relaciones mediocres, nada que ver con nosotros.
Algo en el ambiente se siente extraño. Alargo la mano y noto que está llorando.
—No quiero vivir, Cata. A veces tengo pensamientos muy oscuros —dice entre sollozos.
Le abrazo y le susurro que todo irá bien. No sé qué más decir. No me queda nada que decir.
Ese día marcó un punto de inflexión. La violencia de Yago se había manifestado con toda su crudeza.
Desde pequeña había aprendido a anteponer las emociones ajenas a las mías.
Que alguien impusiera su voluntad sobre la mía no me parecía violencia, sino algo inevitable.
Y había normalizado tanto que me culpara por su malestar que lo había asumido como una verdad.
¿Podría haberlo evitado? Hoy sé que no.