Capítulo XXXIV
XXXIV
La entrevista empieza con retraso y eso me ha puesto nerviosa. Lucho por mantener la concentración, pero mi mente está en Yago. He logrado mantener la compostura hasta ahora, pero empiezo a sentir esa sensación tan desagradable que oprime mi estómago.
Por fin acaba la entrevista y confío en la pericia de la periodista para que quede decente, porque mis respuestas no han sido las más brillantes. Nada más cerrar el ordenador, salgo de la furgo y llamo a Julieta. No aguanto más, en cuanto descuelga me rompo por completo.
Mi amiga me escucha en silencio, sosteniéndome con su presencia. Me repite con voz tranquila que, sea lo que sea, todo estará bien. Solo espera, dándome el espacio que necesito.
Después de unos minutos, consigo calmarme y empezar a contárselo todo: la discusión de ayer, el muro de silencio, el insomnio, la conversación de esta mañana y la decisión de Yago de terminar la relación.
—Cata, siento que estés así. Se me parte el corazón. Respira, vamos a poner orden en este caos. Lo primero, dudo mucho que Yago vaya a dejar la relación. Es un farol para castigarte. Sabe darte donde más te duele y te está manipulando.
—Es lo que creo, pero mira si estoy mal que casi me alivia que vaya de farol, porque, a pesar de todo, no me imagino mi vida sin él.
—Cata, en vez de eso, ¡Yago debería estar cuidándote a saco! ¡Y valorar que dejes tu vida de lado cada dos semanas para ir a verle! Sé que estás muy enamorada, pero tienes que replantearte cosas.
—Lo sé… —reconozco, derrotada.
—Piénsalo bien. Yago no tiene estabilidad ni trabajo ni casa ni un proyecto de vida claro. Solo pulula con la furgoneta de un sitio a otro. Con esta forma de vida, ¿qué puede ofrecerte realmente?
—No lo había visto de esta manera…
—Deberías empezar a pensarlo. Fui muy clara con él, es el momento de dar un giro a su vida, encontrar un propósito y dejar de pulular, pero está hundiéndose en su propia oscuridad y arrastrándote a ti con él. Porque lo que está pasando no es ni medio normal.
—¿Pero tú crees que tiene razón con el tema de las llaves de Nacho?
—Te conozco, y también a Nacho. No estás haciendo nada malo. Y, si quieres darle las llaves por hacer fácil la logística con los niños, él no debería meterse en estas cosas. Y mucho menos montar el pollo que está montando —me dice con su firmeza habitual.
—Yo sé que lo mío con Nacho es sano, Julieta —respondo entre sollozos—, pero ¿cómo hago para que él lo entienda? Ya conoces sus inseguridades…
—Perdona, Cata, pero no. Estoy segura de que lo pasa mal, pero Yago tiene una paranoia que flipas. Y la está proyectando en ti.
—Joder, ¡menos mal que lo ves como yo! Es que él insiste en que los niños son una excusa, y yo… yo me estoy volviendo loca. Ya no sé qué creer.
—A Yago tus hijos se la soplan, Cata. En ningún momento está pensando en ellos.
Y ellos te necesitan, deben ser tu prioridad.
Yago solo piensa en sí mismo. Y encima te tiene aislada en una furgoneta, a kilómetros de tu casa, en medio de un conflicto absurdo que él mismo ha creado y que ya dura más de veinticuatro horas —dice, cada vez más indignada.
Rompo a llorar de nuevo cuando menciona a mis hijos. En ese momento me doy cuenta del impacto que ha tenido mi inestabilidad emocional de los últimos meses.
—Cata, joder, ¡que estás en una puta furgoneta tirada en medio de Tenerife! En serio, tía, ¡en una puta furgoneta! Llevas una hora llorando y este tío es incapaz de enterrar el hacha de guerra viéndote así de mal. ¿Dónde está ahora? —acaba gritando Julieta.
—Todavía no ha vuelto y no sé qué hacer cuando regrese. Estoy agotada.
—Mira, vas a hacer lo siguiente —dice Julieta, tomando el mando de la situación—. Si cuando vuelva, viéndote así de mal, sigue del mismo palo, tú mañana por la mañana coges un avión y te vienes, ¿vale?
Dudo un momento en contestar y le digo que vale.
—No, Cata, vale no. En serio. Como Yago siga igual y la cosa no se arregle esta noche, tú mañana coges el primer avión y te vienes. Prométemelo o voy a buscarte. No voy a dejarte sola en la puta furgoneta ni un minuto más —dice con firmeza.
—Te lo prometo. Aunque, si me largo, la relación se acaba aquí, eso seguro —le advierto.
—Pues que se acabe, Cata. Ya sé que Yago es especial, pero cuando vuelvas tienes que replantearte la relación. Esto es maltrato. No es inseguridad, es poder.
En ese momento, veo la silueta de Yago acercarse a la furgoneta. Me ve al teléfono, pero no dice nada. Simplemente entra y cierra la puerta tras de sí. Siento cómo mi cuerpo se tensa de inmediato y la ansiedad regresa con fuerza, oprimiéndome el estómago.
—No entiendo lo del poder…
—Que usa sus inseguridades para victimizarse. Busca que te sientas culpable y termines haciendo lo que él quiere. No sufre tanto como dice, Cata, quiere controlarte. Cuando trabajaba de directiva vi muchas dinámicas de este tipo.
—No lo había visto nunca de esta manera —digo reflexionando unos segundos.
—¿Estás más tranquila? ¿Estás bien para volver a entrar en la furgo?
—Sí, estoy mejor —le aseguro. Y es cierto, estoy mucho más tranquila después de hablar con ella. Julieta siempre sabe decirme justo lo que necesito oír para enfrentar la situación.
—Vale, recuerda: entras en la furgo, hablas con él e intentas solucionarlo. Luego me escribes para decirme cómo estás. Y, si mañana sigue igual, te vuelves.
—Sí, te lo prometo. Luego te escribo.
Después de colgar, miro hacia la furgoneta y dejo escapar un largo suspiro.
Estoy exhausta, sin fuerzas para más. Sé que el hecho de hablar con Julieta se sumará a la lista de reproches que acumula desde ayer.
Tomo aire, me armo de valor y me dirijo a la puerta, lista para enfrentarme a lo que venga.