Capítulo XXXIII
XXXIII
A la mañana siguiente me despierto sola en la cama. Yago no ha dormido en toda la noche y está sentado delante de mí con la taza en una mano y el móvil en la otra. Le doy los buenos días, pero no contesta. Suspiro resignada y me levanto de la cama para prepararme el desayuno.
—¿Vamos a hablar o piensas seguir así toda la mañana? —le pregunto mientras enciendo la cafetera.
—Pues no lo sé, porque estoy hecho polvo. No tengo ganas de hablar —contesta sin apartar la mirada del móvil.
—Vale. Entonces ¿vamos a seguir igual?
—Tú has dormido ¿no, Cata? Porque te he visto. —Su voz suena tensa, cargada de reproche—. Has podido descansar mientras nuestra relación pende de un hilo, pero yo no.
Yago suspira, sacudiendo la cabeza con desdén.
—Ya me he dado cuenta…
Me observa con los ojos entrecerrados, como si estuviera calibrando cada una de mis palabras.
—Ah, o sea que me ves angustiado porque nuestra relación se va a la mierda ¿y ni siquiera eres capaz de decirme algo? ¿Ves que estoy sufriendo y sigues durmiendo como si nada?
—Yago, anoche te pedí hasta tres veces que habláramos para no tener que llegar a este punto.
Fuiste tú quien me ignoró. ¿Qué más querías que hiciera?
Estoy agotada. No puedo seguir pasando las noches en vela por discusiones.
Y lo peor es que, después de todo lo que hemos hablado, a la primera de cambio sigues amenazando con dejar la relación.
—Cata, lo siento, pero esta vez no es una amenaza. Lo he estado pensando toda la noche mientras tú dormías. Esta vez no le veo salida. Creo que lo mejor es terminar aquí —dice con una firmeza que me hiela por dentro.
Sus palabras me golpean y mi cuerpo se tensa.
Lo miro mientras intento descifrar si es otra de sus estrategias o si esta vez habla en serio.
No sé si quiero pelear o si, en el fondo, esto es lo mejor que podría pasarme.
Respiro hondo e intento aceptar lo que venga, aunque no me imagino una vida sin él.
—¿Me lo estás diciendo en serio? —pregunto con un nudo en la garganta.
—Sí, necesito ponerle fin a esta locura.
Parte de mí le cree, pero otra lo duda. Yago siempre lleva el juego un paso más allá para ganar; era cuestión de tiempo que acabara cumpliendo su amenaza.
—Necesito dar una vuelta —respondo—. Aquí dentro me ahogo. Llevo doce horas discutiendo dentro de una furgoneta y me va a estallar la cabeza.
—Haz lo que quieras, pero, si te vas, cuando vuelvas ya no estaré.
—¿Va en serio? No he salido de la furgoneta en horas. Necesito aire.
—Yo me voy ahora al súper, si me quieres acompañar, vamos los dos. Y si no toma las llaves —dice dejándolas encima de la mesa.
Necesito estar sola. En cuanto Yago se va, salgo de la furgoneta.
El aire fresco me golpea la cara y respiro hondo.
Estamos aparcados en un descampado rodeados de otras cámperes.
Llamo a Julieta para desahogarme mientras camino en círculos, pero no me responde.
Entonces decido enviarle un audio a Clara contándole todo lo ocurrido.
No sé qué espero escuchar. Por suerte, me responde en pocos minutos.
Catalina, respira. Yago no se va a ir a ningún sitio. Está haciendo lo que siempre hace, huir. Pero eso ya no le va a funcionar más, y menos contigo. Os estáis haciendo de espejo. No te pierdas en Yago y vuelve a ti. Observa qué se te despierta a ti con todo esto. Todo irá bien
Escuchar esto me tranquiliza, pero no sé muy bien qué tengo que hacer.
Yago vuelve al cabo de treinta minutos y me propone hablar.
Nos sentamos en el suelo de la furgo y, con el móvil en la mano para no dejarse nada, comienza su monólogo.
Una vez más, enumera todo lo que debo cambiar para estar con él, intentando convencerme de que soy una novia terrible.
Me reprocha haberle rechazado ayer, haber dormido mientras él sufría y, por encima de todo, insiste en que disfruto manipulando a los hombres igual que hacía su ex.
—Si de verdad crees eso de mí, entonces no me conoces en absoluto. Y no quiero estar con alguien que me ve de esa manera.
—No sé si es lo que pienso, pero sí lo que veo. Al menos coincidimos en algo, porque yo tampoco sé si quiero estar con alguien así.
—Yago, ¿de verdad quieres dejarlo? Porque, si es así, lo aceptaré, pero ya no habrá vuelta atrás.
—Estoy superenamorado de ti, pero estoy roto. No tengo fuerzas, ¿se te ocurre otra opción?
—No lo sé, esta vez se han cruzado demasiados límites.
—Ah, entonces quieres dejarlo. Con esto me dejas claro lo que realmente piensas. Yo luchando por los dos y tú tirando la toalla.
—Yo no quiero dejarlo. Y me agota tener que darle vueltas a lo mismo quinientas veces. ¡Eres tú quien manipula todo el rato! Llevamos horas discutiendo, no puedo más.
—Son solo palabras, como todo lo que dices.
Si realmente estuvieras tan enamorada de mí, lucharías por lo nuestro.
Pero veo que no estás ahí. Para mí, eres la mujer de mi vida, contigo lo habría hecho todo.
Eres mi alma gemela y sé que, dejándote ir, seguramente estoy perdiendo la última oportunidad de ser feliz.
Pero, si realmente vas a tirar la toalla, no pienso seguir luchando por lo nuestro.
Vuelvo a estar confundida. Ahora parece que soy yo la que quiere dejarlo.
—Joder, Yago, esto es una puta locura. Para ya.
—¿Sabes cómo se para esto? Dando amor, Cata. Te lo he dicho mil veces.
Me hierve la sangre. Qué fácil es exigir amor cuando él es incapaz de darlo. Yago hace una pausa para calibrar el impacto de sus palabras y luego sigue hablando.
—¿Cómo te llega a ti que te diga que eres el amor de mi vida y que lo quiero todo contigo? Bien, ¿no? ¡Pues todavía no ha salido de tu boca! Lo único que escucho son reproches, odio y orgullo por tu parte. Yo así no puedo seguir. Me duele ver todo esto en tus ojos. ¿Cómo hemos podido llegar a esto?
—Yago, eso no es cierto. Eres tú quien se ha enfadado, quien ha montado el pollo y quien me dice que quiere dejarlo, no yo.
—¿Ves? Más reproches, más odio… Te lo digo y sigues sin hacerlo. Solo veo frialdad.
El silencio nos envuelve. Tengo la sospecha de que, de algún modo, Yago disfruta poniéndome al límite. Hay algo oscuro en su mirada, como si necesitara verme tocar fondo para sentir que tiene el control.
Permanezco en silencio. Ya he dicho todo lo que tenía que decir.
—¡Mira, tía, si no vas a decir nada, yo me piro! —exclama con brusquedad, levantándose de la silla.
Miro el reloj. En dos horas tengo una entrevista con una periodista de un diario nacional. Nos habíamos organizado para que pudiera tener un rato de tranquilidad en la furgo, pero con todo este caos no sé cómo vamos a gestionarlo.
—¡No me llames tía! Necesito salir. ¿Damos un paseo?
Yago coge las llaves y me hace un gesto para salir. Caminamos en silencio por una amplia avenida que desciende hasta la playa. Hay mucha vida a nuestro alrededor, gente paseando, bares llenos, tiendas abiertas. Entre nosotros, tan solo un vacío incómodo.
Finalmente, Yago rompe el silencio y vuelve a reprocharme lo ocurrido en las últimas horas, sumando discusiones del pasado que nunca parece dar por cerradas.
Cuando llegamos a la playa, su furia ha alcanzado otro nivel.
Ha ido acumulando resentimiento, rescatando cada agravio del pasado para convencerse de que soy una mala persona.
Yo casi no hablo, nada de lo que diga parece servir.
Después de más de una hora en la que no hemos arreglado nada, necesito volver a la furgo para hacer la entrevista. Él ni me mira, tan solo me lanza las llaves y me dice que se queda. Pero, como no sé dónde estoy, necesito que me indique cómo ir para llegar a tiempo.
—Subiendo esta avenida, a la derecha —responde alejándose sin despedirse.
En este momento agradezco estar sola; necesito una tregua para despejarme. No puedo permitir que todo esto arruine la entrevista. Pero, al girar por donde Yago me ha indicado, sigo sin ver el aparcamiento y nada me resulta familiar. Camino un poco más, pero definitivamente estoy perdida.
Pregunto a un par de personas y gracias a Google Maps consigo llegar a la furgo. Está a veinte minutos a pie, justo en la dirección opuesta a la que tomé. Voy a llegar tarde a la entrevista.
Mientras camino, intento recordar las palabras exactas de Yago. ¿Me dijo que girara a la derecha o lo entendí mal? ¿Fue un simple error o lo hizo a propósito? No me quito ese runrún de la cabeza.