Lo que no se ve Capítulo XXXII
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Capítulo XXXII

XXXII

Después de la intensidad de las últimas horas, estamos muertos de hambre. Cenamos con vino, velas y música suave de fondo. Yago sabe currarse mucho una reconciliación cuando ha metido la pata. Tiene una habilidad increíble para lograr que todo vuelva a su sitio en tiempo récord.

Esa noche tengo sueños perturbadores y me despierto inquieta.

En ellos aparece Yago, pero también hay otras personas.

No recuerdo qué ocurre, solo el miedo que se me queda adherido al cuerpo al despertar.

Yago alarga el brazo hacia mi lado de la cama y me pregunta si todo va bien.

Le digo que sí. Poco después, consigo volver a dormirme.

Por la mañana, amanezco con molestias; muy a mi pesar, me temo que es cistitis. Menuda racha llevo, necesito ir a urgencias antes de que empeore. En el centro de salud confirman el diagnóstico y me recetan antibiótico para una semana.

Pasamos el resto de la mañana en la playa, envueltos en esa burbuja que aparece después de reconciliarnos. Nos metemos juntos en el mar, nos reímos, bromeamos… Sus dedos rozan mi piel bajo el agua y, por un momento, todo se reduce a eso.

Luego compartimos unas patatas, algo de queso y una cerveza fría en la toalla.

El sol nos da de lleno mientras escuchamos música.

Yago me acaricia el tobillo y me mira de esa forma suya que tanto me emociona.

Todo está bien. Ahora mismo, todo parece perfecto.

Cuando estamos así, tan conectados, me parece imposible que algo pueda rompernos.

Al atardecer, después de dar una vuelta por el paseo, recibo un audio de Nacho.

Me pregunta si puede entrar en casa para recoger el material de las extraescolares de los niños.

Con todo el follón de la inauguración y la bronca con Yago, olvidé llevárselo antes de venir.

Para mí no supone ningún problema, pero antes de responder lo miro.

Sé que ha escuchado el mensaje. Su mirada, fija y gélida, lo dice todo.

—Cariño, ¿podemos hablar de esto? —pregunto ante su silencio.

—Está todo dicho. Ayer lo dejamos todo claro y no quiero volver a repetirme —contesta en tono hostil.

A continuación, se pone a lavar los platos y a ordenar algunas cosas sin apenas dirigirme la palabra.

Intento aligerar el ambiente con comentarios triviales, pero sus respuestas son frías y a base de monosílabos.

Vuelvo a sentirme atrapada. Yago sigue ignorándome durante media hora más, hasta que hago otro intento de hablar con él.

—Cariño, ya sé que no te gusta que Nacho tenga las llaves de casa, pero es solo para casos puntuales. Sabes que no entra nunca. Hoy las necesita para coger la ropa de gimnasia y la libreta de inglés de los mellizos.

Yago, que ha estado cavilando su respuesta durante todo este tiempo, se gira despacio, me clava la mirada y exclama:

—¡Siempre la excusa de los niños, Cata! Venga, que ya nos conocemos. No hace ni veinticuatro horas que estamos bien y ya vuelves a liarla, joder.

Vale, está furioso. Pero al menos ahora podemos hablar en lugar de soportar ese silencio matador.

—Te lo estás tomando a la tremenda. Solo se trata de las cosas de los niños.

—Cata, ¡no lo entiendes! —grita, cada vez más lleno de ira—. A ver, ¿por qué el material no estaba ya en su casa? ¿Por qué no se lo llevaste antes de venir? ¡Es que ese es el tema, joder!

No puedo creer que volvamos a estar igual que ayer. Con lo bien que había ido el día… Mierda. Otra vez no, no lo voy a soportar.

Yago ha cogido carrerilla y todo apunta a que va a lanzarse a uno de sus monólogos habituales.

—Es que, cuando parece que empezamos a remontar, ¡zas!

Siempre pasa algo. Nuestra relación es una montaña rusa, ¿no lo ves?

Es una puta locura… Yo no puedo estar así.

No me va bien todo esto —exclama vehemente—.

¡No me va bien! El problema es que no te tomas en serio lo nuestro, porque, si lo hicieras, te habrías acordado de poner todo lo de tus hijos en la mochila.

Pero no lo haces. Y si no lo haces es porque, por mucho que digas, yo no soy una prioridad para ti.

Tú crees que sí, pero es que no. Los hechos siempre dicen la verdad.

Tú sabes perfectamente qué cosas son importantes para mí, pero sigues sin hacer lo que necesito.

Y ahora sé que nunca lo harás, por fin estoy abriendo los ojos.

—Esto que dices es muy injusto —consigo interrumpirle—.

Voy de puto culo con los niños, la escuela, la exposición, las entrevistas con los medios y los viajes para venir a verte.

Quiero llegar a todo, pero soy humana. No tengo superpoderes.

No es por falta de interés, es que mi cabeza no da más.

Joder, lo dejo todo en Barcelona para venir aquí contigo y apoyarte en tu viaje.

¿Qué más necesitas para ver que eres una prioridad?

—¡Lo sabía! ¡Sabía que me dirías eso! —exclama soltando una carcajada llena de sarcasmo—.

Sabía que me echarías en cara lo de Canarias.

Es cierto que vienes a verme, pero eso no compensa todo lo demás.

Si tanto me quieres y tanto te importo, como tú dices, cuidarías más de lo que necesito, como por ejemplo nuestro espacio sagrado, pero, como siempre, te importa un carajo.

Por fin estoy viendo quién eres de verdad.

—¡Lo que estás diciendo es horrible! No vayas por ahí, me estás haciendo daño —exclamo intentando contener la rabia—. ¡Y mi casa no es «nuestro» espacio sagrado! Es «mi» espacio, porque tú decidiste, unilateralmente, venir a vivir aquí.

—Ah, ¿te hago daño? Pues ahora ya sabes lo que se siente.

Porque tú también me haces daño a mí. Pero, claro, no estás acostumbrada porque tú eres la puñetera reina de mi vida y no tienes a nadie que te moleste.

Te sientes de puta madre teniendo a un tío perdidamente enamorado de ti mientras tú no cambias absolutamente nada de tu vida para que yo me sienta bien.

Estás jugando conmigo, Cata. Y claro que tu casa no es nuestro espacio, ¡si Nacho vive al lado!

Es imposible que pueda considerarlo mío.

Por eso me he ido de viaje, para poder vivir mi vida si tú no me haces espacio en la tuya.

Lo de las llaves es muy simbólico, ¿sabes?

Está claro cuál es mi lugar en todo esto.

—Por favor, Yago, frena… —le pido con determinación para cortar el rumbo destructivo de la discusión.

—Venga, Cata, ¡por favor! Quien está metiendo a terceras personas en la relación no soy yo —continúa, ignorando la palabra clave que habíamos pactado para detener las discusiones antes de entrar en el bucle tóxico de siempre—.

¿A ti te gustaría que Carla tuviera las llaves de mi furgo y entrara cuando le diera la gana?

—No es lo mismo.

—Claro que es lo mismo, pero es lo de siempre, hay unas reglas para mí y otras para ti. ¡Estoy muy harto! —exclama indignado—. Joder, contesta.

—Tú no tienes hijos con Carla.

—¿Ves?, no quieres contestar. ¡Otra vez no contestas a mis preguntas! Eso son excusas. Te lo vuelvo a preguntar por tercera vez: ¿qué pensarías si Carla tuviera las llaves de mi furgo?

Me quedo en silencio. No voy a entrar en su juego.

—No contestas porque no te molaría nada y pensarías que es raro.

¡Porque es raro, Cata! Por mucho que lo justifiques.

Y si después de todas las discusiones que hemos tenido seguimos igual es porque en realidad te importo una mierda.

Eres como Greta, ella también disfrutaba teniendo a dos hombres comiendo de la palma de su mano.

Sé que cuando Yago se enfada dice cosas que no piensa, pero esto… Esto es demasiado.

—Yago, amor —repito con un hilo de voz, tratando de detener la espiral en la que estamos cayendo—. No quiero seguir hablando. Me estás haciendo daño.

Yago sigue despotricando sobre lo mala novia que soy y comparándome una y otra vez con Greta. No quiero defenderme. No quiero justificarme. No quiero seguir este juego cruel. Solo quiero que pare.

—No voy a seguir con esto, Yago. La conversación se acaba aquí —concluyo.

Yago guarda silencio y por un instante suspiro aliviada, creyendo que quizá haya entrado en razón.

Siento que me asfixio y me gustaría salir de aquí, pero es de noche y no conozco la zona.

No tengo muchas opciones, así que me meto en la cama.

No puedo creer que estemos en el mismo bucle tóxico de siempre.

Cojo el móvil para intentar despejarme con las redes. Yago se sienta en la silla de camping apenas a un metro de distancia, también con el móvil. Intuyo que está chateando con sus amigos y que les estará contando la movida. Sospecho que esto solo puede ir a peor.

Después de media hora, ya más tranquila, le pregunto si podemos arreglar las cosas antes de dormir. No responde e insisto una vez más.

—¡Tarde! —vocifera al cabo de unos segundos con hostilidad.

—Ya sé que es tarde, pero prefiero no irnos a dormir enfadados.

—¡Tar-de! —repite en el mismo tono.

—Es que no te entiendo, Yago. Pensaba que el hecho de tomarnos un respiro en la discusión habría servido de algo…

—El momento de hablar era antes, pero me has mandado callar y me has tratado como a un niño. Has hecho lo mismo que me hace mi familia, dejarme con la palabra en la boca y rechazarme. ¿Y ahora quieres hablar? ¡Ja!

Siento que ya no puedo más. Me rindo. Quiero a Yago, y pese a todo —de un modo que ni yo misma entiendo— sigo enamorada de él. Pero no puedo seguir atrapada en esta dinámica.

—Lo único que he hecho es aplicar el código que habíamos pactado. No te estaba rechazando, nos estaba cuidando.

—Ah, ¿sí? Pues has conseguido hacerme más daño. Nunca habría pensado que, después de todo, me fueras a aplicar la ley del hielo, como mi padre.

—Yago, por última vez, ¿quieres arreglarlo o me voy a dormir?

—Yo ahora no pienso hablar. Ya lo arreglaremos mañana, como siempre. O no, porque esta vez creo que ya no tiene arreglo, Cata. Te lo digo en serio. No tengo fuerzas. No le veo salida.

La rabia me invade. Otra vez amenaza con romper. Es su forma de tener el control, de sembrar el miedo por si esta vez va en serio. Pero no voy a entrar en su juego. Solo quiero dormir y que pase lo que tenga que pasar.

Yago apaga la luz. En la oscuridad, escucho las notificaciones de su móvil antes de que finalmente lo apague. No me sorprende, seguro que ya les ha contado lo ocurrido a sus amigos y ahora circulan críticas en chats donde no puedo defenderme.

Lo único que me extraña es que no haya desactivado las notificaciones, como suele hacer. Siempre lo tiene en silencio y boca abajo para que no moleste. Tal vez sea un descuido, o tal vez una forma sutil de asegurarse de que yo tampoco pueda descansar.

Consigo dormir a ratos, pero me despierto cada vez que Yago se mueve de un lado a otro.

No deja de levantarse, sentarse en la silla, volver a la cama.

Su inquietud llena el espacio, cargándolo de una tensión insoportable.

Desde la oscuridad, lo observo escribir en las notas de su móvil.

No hace falta preguntar qué está haciendo.

Seguro que está preparando otra lista en la que detalla todo lo que hago mal y que mañana me soltará en uno de sus monólogos interminables.

Esta noche hay algo inquietante en el aire.

No sabría decir con exactitud qué es, pero, cada vez que la sombra de Yago se desliza sobre mí al levantarse de la cama, un escalofrío me recorre.

Su silueta oscura va y viene en la penumbra, y, aunque no dice nada, su presencia se siente densa, cargada de una furia contenida que roza el odio.

No quiero mirarlo más. Cierro los ojos, tratando de escapar de esta escena, como si al hacerlo pudiera alejarme de la sensación que me oprime el pecho. Necesito descansar. Sé lo que me espera mañana.