Lo que no se ve Capítulo XXXI #3
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Capítulo XXXI #3

—Cata, voy a seguir, no me interrumpas, por favor —me pide tajante—.

También me falta romanticismo por tu parte.

Yo me lo curro mucho, te envío mensajes bonitos, te llamo solo para decirte que te echo de menos, te compro collares o pulseras que nos conecten, pero tú no.

Necesito pasión fuera de la cama también, y eso lo hemos ido perdiendo.

¡Sorpréndeme! Necesito que me conquistes cada día.

Poco a poco me voy haciendo cada vez más pequeña. Hay muchas cosas que no esperaba oír. Yago sigue leyendo:

—Cuando te veo débil, porque hemos discutido o porque dudas de nuestra relación, me hace daño.

Necesito ver que tu confías y que estás fuerte cuando yo no soy capaz.

No sé, utiliza tu sentido del humor o haz chistes cuando ves que estoy en el dark , en vez de tomártelo como algo personal.

También hay bromas que me hacen daño, como el otro día cuando te pregunté si cogía plátanos pequeños o grandes en el súper y me respondiste que te gustaban más los grandes.

Me sentó fatal. Si sabes que tengo inseguridades, no me digas estas cosas porque parece que te estés riendo de mí.

Su comentario me deja boquiabierta. No sabía que las inseguridades de Yago llegaban hasta este punto.

—También necesito más alegría y risas en nuestra relación. Antes lo teníamos, pero ahora ya no nos reímos como antes. En resumen, yo siento que doy más que tú, lo de siempre.

En ese momento él me estaba culpando por lo que él mismo había destruido.

Me pedía que le diera amor cuando él me faltaba al respeto.

Yago creaba jerarquía bajo el discurso de «yo bien, tú mal».

Invalidaba mis emociones cuando él me ofendía y se apoyaba en sus puntos fuertes para hacerme sentir culpable de mis carencias.

A eso se le llama manipulación, y con ella conseguía que yo me sintiera culpable de todo.

Ese sentimiento de culpa fue lo que me mantuvo ciega a su maltrato.

Cuando termina de leer su interminable lista de cosas que, según él, debo mejorar, siento cómo mi autoestima se desploma. No tenía ni idea de que hubiera tantas cosas que le molestaran. Él me observa y, por su expresión, sé que se ha dado cuenta del efecto de sus palabras.

—¿Qué pasa, amor? No te lo esperabas, ¿no? —pregunta con un tono más suave, como si quisiera amortiguar el golpe—. No quiero que te sientas mal, pero necesitaba decirte todo esto para que me entiendas mejor.

Me siento derrotada y cada vez más confundida. Seguramente estoy cometiendo errores, pero soy incapaz de ver qué hago mal.

Aquí me perdí. Me perdí buscando en qué estaba fallando yo, y esa fue mi trampa mortal.

Mi mapa mental me impedía ver que todo este conflicto estaba provocado de forma unilateral y gratuita por Yago.

Y que su lista interminable de defectos era una forma de desvalorizarme para mantenernos a ambos en el mismo nivel.

Si él fallaba, necesitaba que yo fallara también para seguir teniendo control sobre mí.

Precisaba rebajarme para poder sentirse seguro a mi lado.

Yago necesitaba su dosis de toxicidad para poder sostenerse, la misma que a mí me estaba matando.

También hubo otra trampa que me tendí yo misma y que tardé mucho en ver.

Mi fuerza de voluntad y mi perseverancia, que tanto me habían ayudado en la vida, ahora se giraban en mi contra.

No podía rendirme, iba en contra de todo lo que yo era.

Daba a Yago una oportunidad tras otra, convencida de que en algún momento conseguiría que las cosas fueran bien.

Sin embargo, rendirme es justamente lo que hubiera necesitado.

Me he quedado bloqueada y no puedo contestar. Me esfuerzo mucho, demasiado. Por eso, después de escuchar toda esta retahíla de cosas me siento insignificante. Definitivamente, no veo salida y me vengo abajo.

Yago se acerca y me abraza por la espalda. Noto el peso de sus brazos alrededor de mi cintura y el rumor del agua a pocos metros. La espuma llega hasta nuestros pies y se retira.

—Amor, no quiero que te lo tomes así. Solo te lo he dicho para poder construir y mejorar los dos —me dice mientras me besa—. Cariño, te quiero mucho.

Sé que es una locura, pero que vuelva a ser el Yago cariñoso de siempre me reconforta. Es lo único que necesito para estar bien. Es como una droga que me calma en el momento, pero me destruye con el tiempo.

—Eres el amor de mi vida. Siempre salimos reforzados de nuestras crisis. Yo tengo que mejorar cosas, pero, si tú también haces tu parte, lo vamos a conseguir.

Una sensación de desesperanza me invade. Me gustaría creerle, pero ya no puedo.

—¿Sabes en qué pensaba estos días? —añade, percibiendo mi distancia—. Que me encantaría casarme contigo. En Hawái, en la playita y por el rito maorí. ¿No te gustaría?

Era su estrategia de siempre: después de hundirme, el plan de rescate. El palo y la zanahoria. Me decía lo que quería oír y prometía planes que hoy creo que nunca tuvo intención de cumplir. Pero yo entonces todavía le creía.

—Pues claro que me gustaría —respondo—. Lo único que quiero es estar bien contigo.

Nos sentamos en la arena y Yago me besa. Un beso largo que reactiva el magnetismo y borra el malestar. Demasiado cortisol. Demasiada adrenalina. Demasiados días sin vernos.

—Eres la única con la que he querido tener hijos —dice entre besos.

—No va a pasar. Lo sabes, ¿verdad?

—La vasectomía se puede revertir. Quién sabe lo que tiene el universo preparado para nosotros, siendo almas gemelas.

—No va a pasar, Yago. Ni de coña voy a tener más hijos.

—Vale, pero déjame fantasear un poco —me pide, deteniendo sus labios cerca de los míos—. ¿Qué harías si te quedaras embarazada de mí?

—Yo qué sé, nunca me lo he planteado. Pero creo que tu familia sí que fliparía después de haberte operado y todo.

—Bueno, ellos no lo saben.

—¿Cómo que no lo saben? —pregunto, extrañada por no haberme enterado antes de este detalle.

—Lo he llevado en secreto porque no quiero que sepan nada de mi vida. Y mi madre fijo que se llevaría un disgusto. Paso de dramas.

Él se acerca con suavidad y me acaricia la cara. Es increíble el efecto que tiene su cuerpo junto al mío, son dos imanes.

Me susurra al oído que lo siente. Que sabe que a veces es un capullo y que necesita mi ayuda, porque solo no puede. Me regala los oídos con declaraciones de amor y promesas de un futuro mejor y, como tantas otras veces, acabo rindiéndome a ellas.

De vuelta a la furgoneta, cogidos de la mano, Yago me confiesa que estuvo a punto de coger un avión para sorprenderme el día de la inauguración. Me detengo en seco y le miro con incredulidad.

—¿Y por qué no lo hiciste? —pregunto indignada —. ¡Habría sido tan feliz!

Baja la mirada y, con una media sonrisa, murmura:

—Porque soy un idiota. Debería haberlo hecho.

Le aprieto la mano con fuerza y, sin dudarlo, le doy la razón. Es un idiota.

Al llegar a la furgo no podemos esperar.

Nos sumergimos en una burbuja de amor y romanticismo que, una vez más, consigue borrar todo lo ocurrido en los últimos días.

Su efecto es tan intenso que anestesia cualquier malestar entre nosotros.

Yo tampoco lo entiendo. Quiero creer que es una prueba más de que lo nuestro es fuerte. No hay otra explicación.