Lo que no se ve Capítulo XXXI #2
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Capítulo XXXI #2

Yago agarra su mochila sin decir una palabra y con un movimiento brusco cierra la puerta lateral de un portazo.

Le observo mientras se aleja unos pasos e intuyo que me ha comprado la idea.

Caminamos por la avenida principal el uno al lado del otro, en silencio y sin rumbo fijo.

Busco en mi cabeza qué decir para empezar una conversación, pero no encuentro las palabras.

En realidad, ya lo he dicho todo, pero él sigue en silencio.

¿Para qué he venido? ¿Para caminar junto a alguien que me ignora?

No he dejado mi vida y a mis hijos en Barcelona para esto.

Al final de la avenida llegamos a una pequeña playa y nos sentamos en la arena, todavía en silencio.

—Nunca imaginé que esto me fuera a pasar contigo, Cata.

Contigo no —dice Yago de repente—. Tú eres mi alma gemela.

Esto no debería estar sucediendo. —Hace una pausa, como si buscara las palabras exactas—.

Y, si está sucediendo, quizá sea porque, aunque me cueste reconocerlo, tú no eres la persona —suspira—.

Y es culpa mía. Tal vez te he idealizado demasiado.

O he esperado demasiado de ti. No lo sé…

De repente, su ira se ha convertido en tristeza. Sus palabras me acuchillan por dentro.

—Yo tampoco pensé que llegaríamos a este punto. Y también sé que contigo sí es, pero así no —le contesto igual de disgustada.

—¿A qué te refieres?

—A que creo que no te das cuenta, Yago, pero tienes actitudes muy destructivas. Me haces daño. Te estás cargando la relación, y no lo entiendo. Comprendo tus inseguridades, pero no sé por qué a estas alturas todavía no confías en mí.

—No confío en ti porque todavía no somos ROCA, Cata.

Tú crees que sí, pero yo cada vez veo más carencias en nuestra relación.

—Hace un gesto vago con la mano mientras yo le escucho—.

Siempre hablas de mis formas, pero tienes que aceptar que yo soy así de temperamental.

No hablo tan bien como tú —añade, mirándome con un reproche—.

Y no te olvides de lo que siempre te digo: si no hubiera un motivo para discutir, no habría unas formas que reprochar.

—Se encoge de hombros y sigue—: Además, tú tampoco eres perfecta, ¿sabes?

—Yago, lo que tú llamas temperamento es violencia —respondo, controlando mi disgusto y mi rabia—. Y lo que tú llamas hablar bien es madurez. Y, si alguna vez te he hablado mal, ha sido después de pedirte, de mil maneras, que pararas. Y siempre como respuesta a tus ataques.

—Te estás justificando, Cata. En realidad, no eres tan diferente a mí —sentencia Yago.

—No he venido aquí a echarnos cosas en cara. He venido a resolver un conflicto que lleva demasiado tiempo abierto. Decide si quieres hacerlo o si prefieres dejarlo correr. Yo no pienso seguir así.

Yago reflexiona en silencio y la tensión me consume. Si tenemos que dejarlo aquí, mejor ahora.

—Lo he estado pensando, Catalina.

—¿El qué?

—Lo que necesito en la relación para poder seguir contigo. Estoy dispuesto a intentarlo, pero necesito que cambien muchas cosas.

—Vale, pues dímelas. Luego te diré yo las mías.

—Mejor empieza tú. Mi lista es larga.

Su comentario me choca, pero accedo.

—Como quieras, solo te pido que no me interrumpas, por favor.

Él asiente con impaciencia.

—Cuando hay un conflicto, necesito que seamos un equipo y lo resolvamos pensando en la solución.

No soporto enroscarnos en el problema una y otra vez.

Me hace daño que me mandes mensajes negativos en cascada, que canceles planes unilateralmente después de una discusión, que me amenaces con irte o que insinúes que tienes otras opciones además de mí.

—Hago una pausa. Yago me mira inexpresivo mientras sigo hablando—.

A veces también me atacas sin motivo o acumulas reproches para devolvérmelos más tarde.

Dices que me quieres, pero esto me destruye. No solo a mí. A la relación.

»También necesito que tengas confianza en mí —continúo—.

No sé si eres consciente de ello, pero tergiversas situaciones inocentes, buscas dobleces donde no las hay y malinterpretas mis palabras una y otra vez.

¿Qué clase de persona crees que soy? Sacar punta a cualquier comentario que hago o cambiar el sentido de lo que digo también es violencia.

Yago permanece en silencio, impenetrable. No sé si mis palabras le están llegando o si simplemente le resbalan.

—Si necesitas un abrazo, que te escuche o hablar conmigo por mensaje, pídemelo —añado para terminar—.

Igual que hago yo. No puedo anticiparme a tus deseos y no voy a tolerar que me castigues por ello.

Me agota que en cada discusión vuelvas al pasado, a cosas que ya no se pueden cambiar.

Es contraproducente. Y tampoco soporto las preguntas trampa, como con el electricista.

—Cata, no estoy de acuerdo con las preguntas trampa —me interrumpe Yago—. Era solo una pregunta. Es sencillo.

—Voy a seguir, por favor —le digo con firmeza—.

Todo esto, Yago, nos va destruyendo. Y, mientras tú pareces no darte cuenta del hacha de guerra que llevas en la mano, yo contemplo cómo nuestra relación se desmorona.

Ves el mundo en blanco y negro. Tu manera de interpretar la realidad es rígida y solo contemplas tu propia versión.

Necesito que te abras, que me escuches de verdad y que confíes en lo que te digo.

Necesito poner fin a esta montaña rusa y tener paz mental, ¿es tanto pedir?

—Hago una pausa y respiro hondo antes de acabar—.

Y, por último, no soporto la sensación constante de no estar a la altura.

Si no soy lo que buscas, mejor dejémoslo aquí, pero vivir con esta presión es una tortura.

Cuando acabo de hablar, Yago permanece en silencio.

—¿Qué opinas? —le pregunto para romper esta incomodidad.

—Bueno, hay cosas con las que estoy de acuerdo y otras que no. A mí me encantaría confiar, pero si tú no me lo demuestras ¿qué hago, a ver? —dice encogiéndose de hombros—. Veo mucho reproche en tus palabras, y eso no es amoroso. Siempre te digo lo mismo: dame amor cuando veas que me enfado.

—¿Por qué dices que no puedes confiar en mí? No lo entiendo, nunca te he dado motivos para desconfiar —pregunto indignada.

—A ver, Cata, pues porque todas las parejas con las que he estado han tenido sus secretitos. Y la mayoría de la gente los tiene. Me refiero a mensajitos de Instagram o coqueteos por WhatsApp, ya sabes.

—Yo no tengo secretitos , como tú lo llamas. A estas alturas deberías saberlo…

—Mira, Cata, ¿sabes qué haría una pareja ROCA de verdad?

—sigue Yago al tiempo que coge su móvil y me lo tiende—.

Diría: «Toma, cariño, aquí tienes mi WhatsApp, mi Instagram, mi LinkedIn…

Mira lo que quieras» . Si para ti es importante, quiero que sepas que puedes confiar en mí.

—Me invita a coger su teléfono, como si con eso pudiera demostrarme algo—.

Ya sé que ahora esto está mal visto, pero a mí me parece un gesto precioso.

Porque esto es cuidar de la vulnerabilidad del otro, pero la gente no lo entiende, porque no son ROCA. Tienen relaciones de mierda.

Hace una pausa, como esperando que asimile su razonamiento.

—Obviamente, yo nunca te pediría que me dejaras mirar tu móvil —añade, con una sonrisa ladeada—. Esto tiene que nacer como un gesto de amor. Y si lo hicieras, si me lo dieras sin que yo te lo pidiera, me confirmarías que realmente puedo confiar en ti. Y entonces ni siquiera necesitaría mirar nada.

Su tono es firme, solemne, como si me estuviera revelando una verdad indiscutible sobre el amor. Me quedo en silencio, miro el móvil que sostiene frente a mí y, tras un segundo de vacilación, rechazo cogerlo con un gesto suave.

Una parte de mí se revuelve incómoda, pero otra se cuestiona si, después de todo, esto no es más que una muestra de amor. ¿Es un gesto tóxico o una prueba de confianza? Yago tiene esa extraña habilidad de hacerme dudar incluso de lo que en cualquier otro momento me parecería evidente.

Yago coge de nuevo su móvil y accede a la lista de notas donde ha apuntado todo lo que, según él, necesito cambiar. Sin querer, mis ojos se deslizan hacia la pantalla justo cuando introduce su contraseña: 8558.

Me quedo paralizada, no sé cómo reaccionar. No es la que me dijo. Se supone que era una prueba de confianza… ¿Por qué la ha cambiado tan pronto? Hay algo que no encaja. No sé cómo interpretarlo y me hace sentir incómoda.

—¿Estás preparada para escuchar? Porque es una lista larga y no te va a gustar —me advierte mientras me enseña la pantalla de su móvil y hace scroll para que pueda apreciar la extensión de sus anotaciones.

Contesto que sí con la cabeza, dejando de momento a un lado el tema de la contraseña, porque solo hace falta añadir un conflicto más a todos los que ya tenemos.

—Lo primero que tiene que cambiar es tu relación con Nacho. No quiero que invada nuestra ROCA, y eso implica que solo hables con él para el tema niños y ya está. Y que en algún momento consideres la opción de mudarte, porque yo no puedo tener un espacio sagrado contigo viviendo tan cerca de él.

Trago saliva para asimilar lo que me está diciendo, porque empieza fuerte.

—También hay cosas que me gustaría que salieran de ti sin que te las tenga que pedir, como que me vengas a buscar al hospital cuando acaban de operar a mi madre o que chatees conmigo si ves que te escribo, a la hora que sea; eso es ser una prioridad.

Si a estas alturas no puedes saber de antemano qué necesito, tal vez no eres para mí —sentencia, mirándome a los ojos.

—Yago, lo del hospital te lo pregunté y me dijiste que no hacía falta —respondo, indignada por su reproche.

Él suspira, como si no hubiera entendido nada.