Capítulo XXXI
XXXI
Al día siguiente tengo un mensaje de Yago. Por un instante, no sé si quiero leerlo.
Buenos días, cariño. Salgo ahora del agua. Ganas de verte
Se le ha pasado el enfado. Me saco un peso de encima y le contesto:
Hola, amor. ¿Qué tal ha ido? Envíame foto ;-)
¿Hola?, ¿que qué tal?
No entiendo. Debe de ser una broma que no pillo. Le mando una foto mía y cierro el móvil para conectarme a una reunión.
Cuando termina, veo que ha vuelto a escribir:
Ha sonado a dos desconocidos que se saludan. Y encima con un emoji riendo. Pero sí, hace una gracia de la leche
Yago, estás de broma, ¿no?
Clarooo. Saludarnos como dos extraños y que te cachondees es genial. Estoy bastante triste y decepcionado. Ya hablaremos
Me quedo atónita. Le digo que le llamo luego y me conecto a la siguiente reunión con Adriana. Me he prometido a mí misma que esta vez no me dejaré arrastrar por el torbellino emocional de Yago.
Durante la reunión, mi móvil vibra sin parar.
Un aluvión de mensajes inunda la pantalla.
No necesito leerlos para saber que Yago está desatado.
Respiro hondo y trato de concentrarme en Adriana, esforzándome por mantener a Yago al margen de mi mente.
La reunión se alarga más de lo habitual, y casi lo agradezco.
Es una pausa momentánea antes de enfrentarme a lo inevitable. No quiero abrir el móvil.
Al acabar, me armo de valor y desbloqueo la pantalla con un leve temblor en los dedos. ¡Veinticinco mensajes seguidos! Además, Yago acaba de verme en línea y no tengo escapatoria.
Tengo un malestar en el cuerpo que no se me va.
Me duele que jueguen conmigo. No tengo ganas de hablar.
No me gusta que se rían de mí cuando lo estoy pasando mal.
Cuando tú lo estás pasando fatal no me cachondeo.
Lo de la vulnerabilidad va a ser que no puedo abrirme contigo.
Estoy en un punto de dolor bastante alto.
Hablar contigo no me hace sentir mejor. Lo de ayer podríamos haberlo solucionado pronto.
Yo estuve ahí como un campeón…, pero lo que yo necesite no importa.
Hoy, para variar, he dormido poco y mal.
Me veo tan destrozado que no encuentro el camino de vuelta
Leo los mensajes y suspiro. No quiero entrar en su locura. No esta vez. Lo veo claro, y también veo su sufrimiento. Pero necesito protegerme. Necesito paz.
Cariño, acabo de salir de la reunión. Creo que has malinterpretado lo que te dije
Tic azul. Está escribiendo.
¿Una hora y media de reunión? ¡Ja! Sabía que me tenías por tonto. Como buena rebelde que eres, ahora dudas de llamar. Vuelves a reírte de mí
Le llamo para evitar que empeore. Me responde agresivo, pero esta vez es distinto, no tiene razón y lo veo claro. No me disculpo, no asumo culpas que no son mías, no lloro. Es como asistir a una obra de teatro absurda.
Él percibe mi cambio y se descoloca. Su tono sube, sus palabras se vuelven más crueles. Sabe que esta vez no puede doblegarme. La discusión se alarga tres horas, aunque en realidad es un monólogo suyo, confuso e inacabable.
Me siento orgullosa de mí misma: he puesto límites. No puedo seguir sometiéndome y perder mi dignidad por el camino.
Cuando colgamos son casi las nueve y aún no he hecho la mochila. Mi vuelo sale a las seis de la mañana y la idea de viajar se me hace una montaña. Necesito hablar con Julieta.
—No sé si quiero ir a Tenerife —confieso mientras me dejo caer sobre la cama.
—¿Cómo que no? Llevas días esperando este viaje.
—Julieta, llevo tres horas discutiendo con Yago por teléfono.
—¡Tres horas! ¿Qué ha pasado?
—Ayer vio una foto de la inauguración en la que salía con Esteban, mi amigo. ¿Te acuerdas de él?
—El que tiene como sesenta años y estudió pintura contigo.
—Sí, el mismo. Bueno, pues le entró la neura de que se lo había ocultado y me montó un pollo. Dice que estas cosas le hacen sentir muy inseguro.
—Cata, cariño, pero esto es una soberana chorrada. Lo ves, ¿no?
—Claro que lo veo, pero, por mucho que se lo explico, no consigo que lo entienda. Y además es que le veo sufrir y me da pena.
—A ver, Cata, un poco de sentido común. Él se pira a Canarias a pulular con su furgo y no está para tu inauguración cuando podría haber estado.
Luego, te monta el pollo por la noche porque sale un tío en una foto y estáis discutiendo durante horas jodiéndote tu gran día, ¿y te da pena?
Cata, reina, lo siento, pero a mí lo que me da pena es que te esté haciendo esto.
—Ya, Julieta, pero no lo hace para joderme, es solo que se siente inseguro. Ya sé que no lo justifica, pero lo está pasando mal. Solo tiene miedo a perderme y no sé qué decirle para que confíe.
—Cata, sé que le quieres mucho, pero creo que necesitas tomar perspectiva. Tú no le montas pollos ni le jodes los días más importantes de su vida. Si se siente inseguro es su responsabilidad, no te puede utilizar de basurero de su malestar y quedarse tan tranquilo.
—Ya lo sé, pero ¿yo que hago? ¿Lo ignoro? ¿Paso de él? Yo le quiero y me importa cómo se siente.
—Cata, tú no estás haciendo nada malo. Tiene que aprender a confiar en ti. No puedes entrar en su drama cada vez que hace un problema de cualquier cosa.
—¿Y qué hago? —repito—. Porque, cuanto más intento explicárselo, peor se pone la cosa. Esta mañana se ha tomado mal un mensaje inocente y luego se ha cabreado porque no le he podido contestar hasta una hora más tarde.
—Alucino. Estoy empezando a pensar que esto no tiene que ver con sus inseguridades, sino con el poder y el control. Necesitas poner límites urgentemente.
—¡Es lo que he hecho hoy, pero todavía es peor! Por eso tengo dudas sobre si ir mañana a Tenerife.
—Pues piénsatelo. Yo tampoco sé si es muy buena idea si te está tratando así hoy.
Me meto en la cama reflexionando sobre si su inmadurez es un motivo suficiente para dejarle. Le quiero y sé que nadie es perfecto. Además, esto se puede trabajar con Clara. Un amor tan bonito tiene que poder con esto.
También confío en que una vez allí será más fácil entendernos, porque la distancia lo magnifica todo. Antes de apagar el móvil le envío un mensaje deseándole buenas noches —si no lo hago, encenderé todavía más su enfado—, pero él no me contesta porque ha apagado el móvil.
Ya en el aeropuerto, sigo sin noticias de Yago.
Miro el teléfono una última vez antes de embarcar, esperando encontrar un mensaje suyo, alguna señal de que me está esperando al otro lado, pero nada.
Suspiro angustiada antes de escribirle: «Despegamos.
Apago el móvil. Avísame dónde me recoges en Tenerife» .
Me esperan tres horas de vuelo en las que sé que no podré dormir. No dejo de preguntarme si estoy haciendo lo correcto, pero, por más que busco respuestas dentro de mí, no encuentro otra alternativa.
Al aterrizar, compruebo que Yago me ha mandado una ubicación y un escueto «Espérame aquí» . Salgo del aeropuerto y me dirijo a la salida del aparcamiento. Miro a mi alrededor, pero no veo su furgoneta. Le escribo diciendo que estoy en el punto indicado y me contesta que tarda dos minutos.
A lo lejos, al final de una hilera de coches que avanzan lentamente, distingo su furgoneta blanca.
Mi estómago se contrae. No tengo idea de qué me voy a encontrar.
Cuando por fin se detiene frente a mí, apenas me mira, y con un gesto impaciente me indica que suba por la puerta lateral.
No puede aparcar y hay una hilera de coches esperando detrás de nosotros.
Subo apresurada cargando con la mochila, y, antes de que pueda acomodarme en el asiento del copiloto, Yago ya ha arrancado. Su silencio es un muro. Ni un beso ni una palabra, ni siquiera un fugaz saludo. Solo el rugido del motor y el peso de su indiferencia.
—Hola —murmuro, esperando romper este silencio torturador.
—Hola —responde sin apartar la vista del camino.
Nada más. Ni una sonrisa ni un «¿Cómo ha ido el vuelo?». Nada. Miro por la ventanilla y aprieto las manos sobre mi regazo. Me repito en silencio que, a pesar de lo incómodo de esta situación, no voy a dejar que su indiferencia me desmorone.
Confiaba en que, a mi llegada a Tenerife, él bajaría su nivel de hostilidad, pero sigue encerrado en sí mismo. Me esfuerzo por hacer algo para acercarnos, pero nada funciona. Da igual lo que haga, lo que diga, lo que intente. Yago sigue sin hacer su parte.
El silencio nos acompaña durante todo el trayecto.
Cuando llegamos a la playa de las Américas, en la zona sur de Tenerife, me siento desubicada, sin saber qué hacer ni qué decir.
Salgo de la furgo para tomar el aire y camino hasta un pequeño muro frente al mar.
Me siento en él, buscando algo de calma en el sonido de las olas.
Saco el móvil y le envío un mensaje a Julieta: «Sigue igual. No sé qué hacer».
De repente, doy un brinco al escuchar a Yago detrás de mí, vociferando con ese tono áspero que tan bien conozco.
—¿Para qué has venido? —pregunta señalando el mensaje.
—La verdad, no lo sé, porque para estar así…
—Para estar así y mandar mensajitos a tus amigas diciendo lo horrible que soy, ¡mejor vete!
—Tal vez sí, me voy a dar una vuelta.
—OK, pero, si te vas, cuando vuelvas ya no estaré —dice en un tono que todavía me inquieta más.
Las palabras de Yago son puro hielo. No le reconozco. Me siento paralizada, no sé qué hacer ni cómo actuar.
—Yago, esto no es plan, por favor. ¿Por qué no vamos a dar una vuelta y hablamos?