Lo que no se ve Capítulo XXX #2
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Capítulo XXX #2

Durante la cena, le envío a Yago algunas fotos del evento y él me responde diciendo que está muy orgulloso de mí. Me pide que lo llame cuando termine de cenar y procuro disfrutar de la velada apartando de mí la ansiedad que no me ha dado tregua en toda la noche.

Pasan de las once cuando conduzco por la Diagonal de vuelta a casa, rodeada por el resplandor de las farolas y los neones que tiñen la ciudad.

El tráfico ha disminuido, pero aún quedan algunos coches avanzando con parsimonia por el asfalto.

Bajo un poco la ventanilla para sentir la brisa nocturna antes de marcar el número de Yago.

—Hola, amor, ¿qué tal ha ido? —me pregunta en un tono más cariñoso que el de esta tarde.

—Superbién, ha sido increíble. ¡Subidón total! Pero te he echado mucho de menos.

—Ya, cielo, a mí también me habría encantado estar. No he parado de pensar en ti y de enviarte luz. ¿Lo has sentido?

—Supongo que sí, porque ha sido una pasada. ¿Has visto las fotos?

—Sí, había mucha gente, ¿no?

—Sí, más de la que esperaba. Y tendrías que haber escuchado el speech de Pilar y el de Margot. Me he emocionado —reconozco conmovida.

—Cariño, en una de las fotos que me has enviado sales hablando con un hombre moreno, con coleta. ¿Quién es? —Su pregunta irrumpe de golpe.

Parpadeo mientras intento hacer memoria. No sé exactamente a qué foto se refiere, pero su tono me pone en alerta. Algo en su forma de preguntar me hace temer el motivo detrás de su curiosidad.

—Es la cuarta foto que me has enviado. Una panorámica donde se ve toda la sala —aclara Yago.

Aprovecho un semáforo para mirar la foto.

—Ah, es Esteban. Somos amigos desde hace años. Se formó conmigo en la misma escuela de pintura y es de mi grupo de siempre.

—¿En serio es amigo tuyo desde hace años? Nunca me habías hablado de él. —Detecto la sospecha en su tono.

—Sí que lo he hecho, es el que me recomienda libros sobre tantra. Te he contado cosas sobre él, aunque tal vez no lo recuerdes.

—Cata, puedes decirme estas cosas. Es decir, si ya sabías que Esteban iba a asistir, dímelo, no me voy a enfadar.

Su comentario me descoloca. No entiendo qué he hecho mal esta vez. Siento cómo la tensión aflora entre nosotros y, como intuyo por dónde va, respiro hondo e intento esquivar el conflicto. Es lo último que necesito tras un día como hoy.

—Amor, ha venido mucha gente. No sabía que tuviera que pasarte la lista de asistentes, a muchos ni siquiera los conoces —digo en un intento de aportar cordura a la conversación.

—Ya, pero esta tarde, cuando has hablado conmigo, ¿sabías que Esteban iba a ir? —insiste con un tono inquisitivo.

—Sí, me había confirmado. Él y muchos otros.

—¿Han venido más amigos tuyos que no me hayas mencionado? —Sé que es una pregunta trampa y que no hay una respuesta buena.

—A ver, Yago, ha venido mucha gente que no conoces.

Además, no estás aquí y, siendo sincera, tampoco te has mostrado muy interesado por la presentación —sigo; la indignación se apodera de mi voz—.

No quiero tener una bronca ahora solo porque, al parecer, debería haberte pasado la lista con todos los asistentes.

—No necesito saber toda la gente que viene, solo los hombres que son amigos tuyos. Habíamos quedado en eso, ¿no? Que omitas información no me da confianza, Cata. Pensaba que habías dicho que me ayudarías con esto…

—Y creo que lo hago.

—¿Y por qué me lo ocultas? —me interrumpe, visiblemente enfadado.

—No te lo he ocultado. ¿Tú crees que si lo hubiera hecho te habría mandado una foto con él? Es que, por esta misma regla de tres, también te he ocultado que ha venido Mario, o Valentina, o Max…

—No sé, Cata, lo único que digo es que me puedes decir estas cosas. Aunque te haya dicho que me siento inseguro cada vez que te veo con un hombre, no me lo ocultes. Eso no. Si no, no podré confiar nunca más en ti. Esto es precisamente lo que me pasó con Greta, y mira cómo acabamos…

—¡Es que no te lo he ocultado, joder! —le espeto, furiosa por lo injusto de su acusación y por lo que está insinuando. Siento cómo la rabia me quema por dentro; no me puedo creer que, en lugar de compartir mi alegría, me esté sometiendo a un interrogatorio.

—Cata, estoy intentando no enfadarme y ser razonable, pero, tía, ¡me lo pones muy difícil!

Si sabes que va a asistir y no me lo dices es que me lo ocultas.

No sabía ni que Esteban existía, y ahora resulta que sois superamigos.

No sé, Cata, a veces pienso que utilizas mis vulnerabilidades para hacerme más daño, al menos eso parece.

—Es que no sé qué hacer, la verdad. Si te digo que he hablado con alguien o te mando la foto, te crees que te estoy queriendo hacer daño expresamente, y, si no te lo digo, entonces es que te lo estoy ocultando. ¿Se puede saber qué quieres que haga? Me estoy volviendo loca.

—Sabiendo cómo soy, Cata, ten un poco más de cuidado. Y, si te pregunto quién es y si sabías que iba a ir hoy a la inauguración, contéstame. Porque te quieres justificar y no me contestas a lo que te pregunto.

—Te he contestado, ¡claro que te he contestado! —grito exasperada.

—No, no contestas a mis preguntas y mi ansiedad va creciendo hasta que sale el chacal, como ahora.

No sé nada de este hombre y llevo toda la tarde rallado con este tema mientras tú cenabas con tus amigas.

No te he querido decir nada para no aguarte la fiesta, pero he estado fatal.

Y ahora va y resulta que ya sabías que iba a ir.

Pudiendo ser honesta y haberme avisado para que no me sintiera así, no lo has hecho.

¿Ves? Estas son las cosas que me decepcionan.

Estoy cansada, confusa y desorientada. Lo último que necesito es una nueva pelotera surgida de la nada.

—Joder, Yago, ha sido mi inauguración y me he quedado fatal después de hablar contigo. Por favor, no quiero discutir —le ruego. Mi sistema nervioso no puede soportar más conflicto.

—Tarde, Cata, ¡tarde! —me contesta con una frialdad que me deja helada—.

Haberlo pensado antes o haber contestado a mi pregunta cuando te la he hecho.

Para ti es muy fácil, porque estás allí con tu gente la mar de bien, pero yo estoy aquí solo, ¿sabes?

Solo. Yo también te echo de menos, no es lo mismo estar aquí en pareja que estar soltero.

Y encima tengo que aguantar que me envíes fotos con otros hombres.

Me siento un pringado, pero seguramente a ti no te importa porque solo te importa tu exposición.

Cuando llego al aparcamiento, Yago sigue con los reproches. Ya no es solo Esteban, va enlazando temas del pasado, uno tras otro. Es la una de la mañana y todo ha empeorado.

—Yago, no puedo más. Ya ni sé por qué discutimos.

—Porque no contestas a mis preguntas y me ocultas información —se apresura a recordarme en un tono cargado de reproche.

—Es que ya te lo he explicado. Es tarde y necesito colgar. ¿Podemos irnos a dormir bien? No quiero volver a pasar toda la noche con ansiedad.

—Tu problema, Cata, es que solo piensas en ti y en lo que te pasa a ti.

Otra vez tu inseguridad… Es igual la de veces que te diga que te quiero, eres insaciable.

¿Sabes lo que puedes hacer cuando te sientas así?

Dar. Si, en vez de estar centrada en ti, te centras en darme amor, te aseguro que ya no te vas a sentir tan mal.

Si me ves enfadado, dame amor. El amor es siempre la respuesta.

Te lo he dicho mil veces. Pero eso ya lo sabes, lo que no sé es por qué no lo haces. Seguramente, porque no te da la gana.

Llega un punto en que estoy tan atrapada en la espiral que empiezo a dudar de mí misma. ¿Y si es verdad que soy insaciable? ¿Que soy egoísta? Una vez más, me pregunto si el problema soy yo.

La conversación termina a las dos de la mañana. Yago se queja de que le robo el sueño. Colgamos con un te quiero y un tengo ganas de verte el sábado. Pero yo me siento vacía. Otro día que debía ser de celebración ha terminado en pesadilla.

Me cuesta dormir. Me repito el mantra de Clara, «sus emociones no son las mías», pero la frontera es demasiado difusa. Al final, el cansancio me vence.