Capítulo XXX
XXX
Mañana es el gran día. La emoción y la adrenalina se apoderan de mí. Los medios ya han empezado a cubrir la exposición gracias a los contactos de Adriana y la repercusión no ha tardado en llegar. Me siento profundamente agradecida por todo el apoyo que está recibiendo la muestra.
También he hablado con Margot Collado, que me ha felicitado por mi obra y ha aceptado decir unas palabras para inaugurarla. Mis amigas, mis alumnas y mi familia estarán allí para acompañarme.
Hemos llenado la sala y abierto una lista de espera. Mi Instagram no deja de recibir mensajes y esa sensación de éxito me envuelve con una gratitud inmensa. Es, sin duda, un pequeño gran paso en mi carrera.
Comparto con Yago los mensajes que me llegan y los artículos de prensa que se publican, y vivo este éxito desde la distancia. Estoy feliz, pero siento que me falta algo. Me falta él. A pesar de la ilusión y el apoyo de quienes me rodean, todo queda eclipsado por su ausencia.
Es un momento tan importante para mí que, por un instante, se me cruza la idea, casi ingenua, de que aparezca por sorpresa.
Pero enseguida llega la decepción… y el enfado.
El sueño de Yago era irse a Canarias; el mío es este.
¿De verdad no podía esperar un par de semanas más?
¿No podía compartir conmigo algo que significa tanto para mí?
Al fin y al cabo, está allí solo, y ni siquiera está haciendo surf.
Llego a la sala de exposiciones una hora antes de que se abran las puertas.
Quiero comprobar que todo esté en orden y terminar de organizar el cava y los canapés.
También necesito hablar con el fotógrafo que he contratado para las imágenes que luego publicaré en redes.
La galerista me recibe con efusividad. He tratado poco con ella, pero se nota que tiene experiencia y me transmite muchísima confianza.
Ella me presentará al inicio, después hablará Margot para contextualizar mi obra y, por último, será mi turno.
No he preparado nada, voy a improvisar. Sé por experiencia que, aunque escriba algo, acabaré diciendo lo que me nazca en el momento.
Mi móvil no deja de sonar. Mensajes de gente avisando de que se les ha complicado la tarde y no podrán llegar; otros diciendo que aparecerán en el último minuto.
No me da tiempo a leerlos todos. Pero, entre tanto ruido, ni una sola palabra de Yago dándome su apoyo.
Su último mensaje, enviado hoy a las dos de la tarde, no es para preguntarme cómo me siento ni para desearme suerte, sino para pedirme que, cuando vuelva el sábado a Tenerife, le lleve un remo que dejó en casa de sus padres.
Mi enfado y mi decepción aumentan por momentos. Hoy, Yago me hacía falta aquí. Siento su ausencia y su falta de apoyo más que nunca. Empiezo a inquietarme y, diez minutos antes de que comience el evento, me escapo fuera del local. Necesito hablar con él.
—Hola, amor, ¿qué tal? —le pregunto.
—Bien —contesta esquivo.
—Es que estoy a punto de empezar la inauguración y te echo de menos.
—Ya sabes que me encantaría estar allí —dice, distante.
—¿Seguro? Es que no sé… Te noto frío.
—Pues claro que seguro.
—Cariño, estoy rallada y está a punto de empezar la inauguración, necesito un poco de apoyo por tu parte.
—Bueno, qué quieres que te diga, ya sabes que lo tienes —responde sin entusiasmo.
Automáticamente me vengo abajo. En uno de los momentos más importantes de mi vida me deja claro que no solo no está aquí, sino que tampoco va a acompañarme desde la distancia.
Tanta obsesión con ser ROCA y, cuando de verdad lo necesito, simplemente se desvanece.
Sé que él también lo está pasando mal, pero su actitud me descoloca.
No tengo mucho más que decir y no me queda tiempo, así que cuelgo con un nudo en el estómago.
Cuando entro en la sala ya casi ha llegado todo el mundo. Veo muchas personas paseándose por la galería con su copa de cava y observando los cuadros. Juegan a adivinar qué violencia es cada cuadro, tal y como sugiero en el cartel de la entrada, donde he puesto una pequeña explicación de la obra.
La gente se acerca a mí para felicitarme y, como es natural, me preguntan por Yago.
Sinceramente, no sé muy bien cómo explicar por qué no está aquí hoy.
Tampoco quiero hablar de él, la conversación que acabo de tener me ha dejado una sensación amarga.
Quiero aparcarla en algún rincón para que no me fastidie mi gran momento.
La inauguración empieza puntual, con un pequeño discurso de Pilar, la galerista:
—Cuando Catalina vino a enseñarme su obra, enseguida vi que el concepto de violencia invisible tenía mucho potencial y yo quería contribuir a visibilizar su obra.
En mi galería no solo buscamos a artistas con talento, sino que queremos un plus.
El arte es una forma de cambiar el mundo a través de la creatividad.
Catalina encarna todo ello. A pesar de ser joven, se nota que tiene talento, ganas de cambiar el mundo y visión.
Por eso no dudé en apostar por ella, y el día de hoy, viendo aquí a tanta gente, me confirma que fue una buena idea.
Sus palabras me emocionan. No sabía que había generado ese impacto en ella. Apenas nos conocemos, pero oírla hace que crea todavía más en la posibilidad de ser artista, con mayúsculas.
Los aplausos llenan la sala y, a continuación, Pilar le cede la palabra a Margot, a quien no había visto llegar.
Su presencia impone de forma natural. Lleva un vestido largo con un estampado geométrico en negro y marrón, una combinación que refleja su estilo bohemio y elegante a la vez.
Su cabello rubio y rizado, recogido en un moño desenfadado, enmarca su rostro con mechones sueltos que caen a ambos lados.
Su maquillaje es sutil pero suficiente para resaltar sus impresionantes ojos azules, que parecen verlo todo con una mezcla de calma y determinación.
—Soy Margot Collado y, como Catalina, también soy artista.
Me hizo mucha ilusión que me pidiera que presentara su nueva colección, porque yo ya la seguía en redes sociales y su obra me llega mucho.
Siempre he pensado que su obra promete, no solo en el ámbito de la pintura, sino por el significado de su arte.
Creo que es muy difícil expresar lo que ella transmite con su obra.
Lo que más admiro es su activismo y su sensibilidad, por eso no pude negarme a estar aquí hoy.
Felicidades, Catalina, lo has conseguido.
Te deseo muchos éxitos más, y a la gente que estáis aquí os invito a seguir bebiendo cava y ¡a comprar cuadros!
Se oyen algunas risas seguidas de aplausos hasta que me toca hablar a mí.
Estoy realmente emocionada por todas las cosas increíbles que estoy escuchando esta noche.
Doy las gracias a Pilar y a Margot por su presentación y empiezo mencionando la importancia que tiene para mí poner luz a las violencias invisibles que tiñen el mundo en el que vivimos.
—Es algo que llevo dentro desde que era niña.
Siempre he sentido el mundo de una manera diferente, o, al menos, así lo he percibido.
Durante mucho tiempo pensé que el problema era mío, que había algo en mí que no encajaba.
Pero con el tiempo he podido ponerle nombre a aquello que me ha chirriado durante tantos años.
»Vivimos en un sistema que ha normalizado el abuso hasta hacerlo invisible. Yo tardé años en verlo, y, cuando lo vi, tuve que pintarlo.
»Yo soy más de sentir que de poner palabras, por eso pinto.
Mis cuadros transmiten emociones, y esto es especialmente importante cuando hablamos de violencia.
La violencia invisible no se ve, pero se siente.
Por eso mis obras no llevan título, y esa decisión no es casual.
No quiero que los miréis buscando un significado antes de sentir nada, sino que os dejéis llevar por lo que os provocan.
Uno de los mayores obstáculos para reconocer la violencia es que la racionalizamos y la justificamos.
Para verla, tenemos que conectar con el sentir.
Es la única manera de comprender mi mensaje.
»A la salida encontraréis una lista con los títulos y las imágenes de cada cuadro. Pero, antes de leerla, os invito a jugar: tratad de adivinar cuál es cuál solo con vuestra intuición. Disfrutad de la velada y, sobre todo, gracias por estar aquí. ¡Os quiero mucho a todos!
Se oyen aplausos y gritos. ¡Menudo momentazo! Estoy feliz, a pesar de que no he podido sacarme de encima la ansiedad que me ha provocado la llamada a Yago.
Margot me saca de mis pensamientos para despedirse:
—Cata, me tengo que ir. Ha sido genial, de verdad. ¡Enhorabuena! ¿Nos hacemos una foto antes de irme?
—Gracias; ha sido increíble que hayas venido. Te lo agradezco en el alma —le digo mientras llamo al fotógrafo.
Nos hacemos varias fotos juntas y me despido de ella. A lo largo de la velada la gente va acercándose a mí para tantear sus suposiciones sobre el título de los cuadros. La idea de adivinar cuál es cuál ha sido todo un acierto, porque está dando mucho juego.
Al cabo de un rato, Pilar se acerca con una sonrisa y me dice que ya se han vendido tres cuadros. Aun así, permanecerán en la galería los quince días pactados para que la colección pueda exhibirse completa. Los once cuadros tienen un sentido cuando están juntos.
Uno de ellos lo ha comprado Julieta, una apasionada del arte que, como siempre, quiere apoyarme. No tengo ni idea de quién ha adquirido los otros dos. Más tarde, Pilar me contó que uno lo compró mi padre y el otro, un coleccionista anónimo que prefirió no darse a conocer.
Las chicas me proponen ir a picar algo cuando todo el mundo se haya ido. Acepto sin dudarlo; me apetece celebrar lo bien que ha salido todo. Me despido de los asistentes, mis padres se llevan a los mellizos a dormir a casa y nosotras salimos hacia el restaurante.