Capítulo XXIX
XXIX
A las seis de la mañana me despierta la luz que entra por la claraboya y maldigo el solo haber dormido tres horas. Me noto la cara y los ojos hinchados de llorar en silencio. Hoy todo se me hace una montaña, incluida la entrevista que tengo con una periodista de RNE.
La discusión de ayer sigue temblando en mi cabeza. Siento que hay líneas que se han cruzado y que ya no hay vuelta atrás. Amo a Yago y quiero estar bien con él, pero hoy no veo cómo.
Esta mañana apenas nos miramos. La distancia pesa entre nosotros. No sabemos qué decirnos.
—¿Y qué hacemos ahora? —dice Yago rompiendo el silencio.
—No lo sé —respondo desalentada—. Ojalá supiera cómo remontarlo.
—Amor, ya te he dicho que lo siento mucho. Sabes que nunca te haría daño, eres lo más importante de mi vida. Solo pensar en perderte me vuelvo loco. Te juro que no volverá a pasar.
Sus palabras apenas me llegan; el dolor es demasiado profundo.
Le creo, pero también veo sus celos, su paranoia.
Al principio no me percaté de ello, o quizá lo disimuló muy bien, pero ahora entiendo que su forma de abordar los conflictos es destructiva.
Mientras yo intento construir puentes, él los dinamita. Y cada vez llega más lejos…
Lo más triste es que no se da cuenta. Intento explicárselo y parece entenderlo, pero, en el momento más inesperado, vuelve a liarla. Siento que estoy en una montaña rusa que no sé cómo parar.
No quiero engañarme, pero tampoco quiero dejar a Yago. Ya no imagino mi vida sin él. Nunca nadie me ha dado tanto ni me ha hecho sentir tan mal. La lucha interna es constante y me está volviendo loca.
—Amor, sé que te he fallado, pero entiéndeme. Además, tú también me has hablado mal alguna vez, no puedes castigarme por esto…
—No te estoy castigando. Estoy triste y cansada. He dejado mi vida y a mis hijos para venir a verte y terminamos discutiendo por algo que nunca ha pasado. No lo entiendo y no voy a volver a pasar por algo así.
—Estoy de acuerdo, Cata, te juro que no volverá a pasar. Yo a veces entro en bucle y me cuesta salir, pero es porque me han hecho mucho daño en el pasado. Necesito que me ayudes con esto.
—¿Y cómo puedo hacerlo? —pregunto, consciente de todas las veces que lo he intentado sin éxito.
—Si me ves muy enfadado, lo que necesito es amor. Tú eres puro amor, Cata, dámelo cuando menos lo merezco porque es cuando más lo necesito —dice tomando mi mano.
Reflexiono durante unos segundos y, aunque la teoría es muy bonita, hay algo que no me cuadra.
—Cata, cuando estoy enfadado es porque estoy sufriendo, interprétalo como una llamada de socorro. El amor es siempre la respuesta. Si haces esto, nunca llegaremos a lo que llegamos ayer —me asegura.
Lo que Yago decía tenía sentido. Yo también creía que el amor lo curaba todo.
Crecí con la idea de que quien puede más que ponga más, y me parecía justa.
No fue hasta después cuando entendí lo abusivo que era negar la reciprocidad en una relación entre iguales.
Una parte de mí confiaba en que, si Yago reaccionaba con ira, bastaría con que yo pusiera más amor y comprensión.
—Amor, te quiero tanto que tocas mis heridas todo el rato.
—Pero ¿por qué? No lo entiendo, nunca haría nada que te hiciera daño.
—Cata, cada vez que no estás conmigo, o no sé dónde estás, o no me coges el teléfono, o estás en contacto con otros hombres, cuando haces una entrevista, cuando te vas al parque con tus hijos…
, cualquier cosa me hace sentir muy inseguro.
Eres el amor de mi vida. No soportaría que me dejaras tú también.
Si te preguntas por qué me pongo así a veces es porque me cuesta mucho imaginarme sin ti y lo paso realmente mal.
Siempre me he relacionado desde la coraza con mis ex, pero contigo es diferente.
Tú me remueves por dentro y no sé cómo gestionarlo.
Yago rompe a llorar desconsolado.
Nunca lo había visto así, tan vulnerable, tan roto.
Se me parte el corazón. La imagen de Yago, tan fuerte y seguro de sí mismo, es pura fachada.
A mí también me duele, pero a la vez siento la necesidad de protegerle de sí mismo, de abrazarle y de consolarle.
Me acerco lentamente a él, sin saber qué hacer.
Tengo la sensación de estar mirando a dos personas completamente distintas: un hombre capaz de amenazarme con echarme en plena noche y otro que ahora no puede evitar mostrarme su dolor más profundo. No entiendo cómo puede haber pasado de uno a otro con tanta facilidad.
—Solo no puedo, Cata; necesito que me ayudes a sentirme más seguro.
—Dime lo que necesitas, porque no sé cómo hacerlo.
—No quiero tener que pedirte cosas como si fuera un necesitado. Ya me conoces lo suficiente.
—Todos tenemos necesidades y hay que comunicarlas. No puedo leerte la mente —le digo, sintiéndome como la madre que explica a su hijo cómo va el mundo.
—Vale, pues entonces necesito transparencia total contigo.
Por ejemplo, cuando me llamaste diciéndome que te habías emparanoiado con la publicación.
¿Te gustó que te enseñara mi Instagram y te dijera que miraras lo que quisieras?
¿No te gustaría que si me escribe alguna chica te enseñe el mensaje?
¿O que te coja el teléfono cada vez que me llamas?
Pues cosas así aplacarían mi inseguridad al momento.
¿Cómo negarme a la transparencia? Es lo que siempre he querido. Y, sin embargo, aunque todo suena bonito, algo no está bien. No sé encontrar el argumento para rebatírselo. Yago sigue insistiendo.
—Cariño, quiero que seamos ROCA, sin secretos. Para demostrártelo te doy mi contraseña: 4224. Ya sé que se habla mucho de intimidad y límites, pero eso es para las relaciones mediocres del mundo 3D. Lo nuestro es diferente.
—Gracias por la confianza, pero, de verdad, yo no necesito tu contraseña —le respondo confundida—. Si tú necesitas la mía para estar tranquilo, aquí la tienes —le digo anotándosela en un papel. No estoy segura de estar haciendo lo correcto, lo que sí sé es que no tengo nada que esconder.
Yago interrumpe mis pensamientos con un beso profundo, cargado de amor y ternura. Susurra las palabras que anhelé escuchar ayer y me asegura que esto es suficiente, que no necesita nada más.
Sus labios buscan los míos con urgencia mientras sus manos despojan con delicadeza cada barrera entre nosotros.
El conflicto se desvanece y las dudas se apagan.
Quiero pensar que después de hablarlo durante horas hemos salido reforzados porque nuestro amor es real, aunque algo dentro de mí me dice que las cosas no son tan fáciles.
Los días que siguen son una explosión de amor y pasión. Volvemos a ser él y yo. Tal vez por eso, la víspera de mi regreso vuelve esa ansiedad en el estómago que me hace sentir tan vulnerable. Yago no solo me escucha, sino que me cuida hasta conseguir tranquilizarme.
Ya en el aeropuerto, le escribo a Clara para contarle lo ocurrido estos días.
Aunque en apariencia todo está resuelto, necesito su mirada como psicóloga de ambos; quizá pueda ayudarme a ver lo que se me escapa.
No sé por qué, pero esa sensación incómoda sigue ahí, latente, como un eco que no logro acallar. Su audio no tarda en llegar:
Hola, Cata. Deja de poner el foco en Yago y vuelve a ti.
¿Qué necesitas tú? Eres empática y sensible, igual que él, pero no puedes cargar con sus emociones.
Si lo haces, entraréis en un bucle y acabarás agotada.
Aquí hay un tema de codependencia y de querer controlar.
Yago y tú sois pareja de alma y, cuando la conexión es tan fuerte, es normal atravesar esta clase de retos.
Estáis construyendo la relación; es un proceso de prueba y error.
Él tiene que hacer su parte y tú no puedes hacerla por él.
Tenéis una misión común en esta vida, todo va a estar bien
El mensaje de Clara me calma, pero sigo sin saber cómo impedir que las emociones de Yago me atraviesen cuando las siento como propias.
Tendré que preguntárselo en la próxima sesión.
Necesito aferrarme a su guía, la relación parece desmoronarse y me invade la sensación de no poder hacer nada para evitarlo.
Me obsesiona entender qué estoy haciendo mal. Necesito enfocarme en mi parte de responsabilidad. Siento que, si todo esto pasa, es porque hay algo en mí que falla. De alguna manera pienso que, si hago mi parte, todo se arreglará.
Creía que, si trabajaba mi vena salvadora y mi tendencia a la sobreempatía, podría construir una relación sana con Yago.
Eso era lo que Clara intentaba transmitirme.
Me aferraba a la idea de que compartíamos un propósito, de que los conflictos no eran más que pasos necesarios para crecer juntos.
Sabía que no sería fácil, nuestras historias pasadas pesaban demasiado.
Sin embargo, como más tarde descubriría, nada de eso fue realmente posible. La relación con Yago estaba condenada desde el principio y nunca hubo una verdadera oportunidad de que funcionara, hiciera yo mi parte o no.
Aterrizo en Barcelona dejando atrás lo vivido en los últimos días. Me muero por ver a Lucas y a Chloe. Necesito sus abrazos. Necesito estar en casa.