Lo que no se ve Capítulo XXVIII
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Capítulo XXVIII

XXVIII

Al día siguiente, Yago insiste en llevarme al Parque Nacional del Timanfaya. Las vistas desde los volcanes son maravillosas y aprovechamos para hacernos un sinfín de fotos juntos.

Cada día visitamos un rincón distinto de la isla, y por las tardes nos vamos de vinos por el centro de Teguise. La escapada romántica nos está sentando fenomenal. Estos días afianzan nuestra relación.

El bar que nos han recomendado está hasta los topes.

Entre empujones, nos hacemos hueco en la barra y pedimos un par de cañas mientras buscamos con la mirada una mesa libre.

Yago está animado y hablador. Le brillan los ojos cuando empieza a contarme su época de «tiburón», entre los veinte y los treinta años, cuando todavía no conocía la masculinidad consciente.

—Yo entonces era un poco cabrón —reconoce con media sonrisa.

Imito su sonrisa, pongo cara de interesante, cruzo los brazos y me lanzo a reproducir lo que intuyo que eran sus estrate­gias de ligue.

—Hola, churri, ¿cuál es la previ para mañana? —digo con voz grave.

—¡Yo no utilizaba esas estrategias! —exclama con una carcajada. Su expresión lo delata.

—Ajá —le devuelvo, levantando una ceja—. O sea que algo de eso había…

—Puede… —murmura encogiéndose de hombros—. ¡La verdad es que ni me acuerdo de cómo se ligaba! Ya sabes que no miro a nadie que no seas tú —añade.

—Ya, seguro —bromeo—. Más de una fijo que te habla en la playa.

—Qué va, amor, ni se acercan. Tampoco dejaría que lo hicieran. Solo estás tú, en mi mente y en mi cama. Ya sabes que solo quedo con mis colegas de aquí —dice guiñándome un ojo.

—Más te vale.

—Por cierto, ya que sacas el tema, ¿qué pensarías tú si una chica me dijera que va a venir a mi casa a las cuatro de la mañana?

—Hombre, pues está bastante claro, ¿no? —le contesto, sin saber a cuento de qué viene la pregunta.

—Está claro, ¿verdad? —sigue Yago, queriendo dejar constancia de mi respuesta.

—Para mí, sí —afirmo con una mezcla de convencimiento y curiosidad.

—Pues es lo mismo que te dijo el electricista el otro día —suelta con tono de reproche.

—¿Qué me dijo?

—Que podía ir a tu casa a las cuatro de la mañana.

—Yago, era una forma de hablar para decir que podía venir temprano —respondo después de unos segundos haciendo memoria.

—Acabas de decir que, si alguien me lo dijera a mí, pensarías que quiere algo.

—Pero está sacado de contexto. —Era una pregunta trampa, y ahora entiendo por qué se quedó tan callado aquel día. Lo ha tenido guardado hasta ahora.

—Mira, no lo sé, pero no me tomes por idiota. Este tío quería algo contigo y tú no le paraste los pies. Y eso es lo mismo que dar pie.

—¿Qué? Menuda paranoia. No hay nada.

—Si me lo dices, te creo. Pero no soportaría que me mintieras y quedar como un gilipollas. Por favor, eso no.

La noche estaba yendo de maravilla, pero de repente se nos ha cortado el rollo. Yago deja su cerveza sobre la barra sin terminarla. El camino de vuelta a la furgo se me hace eterno.

Ya en la cama, no puedo evitar insistir:

—¿De verdad me ves capaz de ligar con el electricista delante de ti?

—Joder, Cata, otra vez. Déjame dormir, que ya lo había olvidado.

—No puedo olvidar que me tomes por alguien capaz de hacer algo así.

—No lo sé. Ya ha pasado lo de Sebas, luego tu ex, ahora esto. ¿Qué quieres que piense?

—¡No es verdad! ¡Nada de eso es verdad!

—Encima no me lo niegues, porque entonces sí que me cabreo. ¿En serio no ves estas cosas? Porque, si no las ves, lo mismo estoy con la persona equivocada.

—¿Cómo puedes decir esto? —exclamo ofendida—. Las veo cuando son ciertas, pero en este caso no hay nada. Además, Vicente está casado y tiene hijos.

—Eso no quiere decir nada, parece mentira que no lo sepas. ¡Todo el mundo se pone los cuernos, pero yo estoy contigo porque pensaba que tú eras diferente! —grita.

Yago está furioso. Nunca lo había visto así y no sé qué decir para sacarle esa idea errónea de la cabeza.

Lo intento todo, pero su enfado no hace más que crecer.

Se levanta de la cama, se sienta en la silla frente a mí y enciende un cigarro tras otro mientras despotrica sobre lo poco que, según él, cuido la relación.

Señalándome con el dedo, me advierte de que él no es ningún calzonazos y que, si busco un pagafantas que aguante estas cosas, mejor que me vaya con otro.

Tira una colilla al suelo de la furgo y la pisa con furia.

Cuanto más intento calmarlo, más empeoro la situación.

La impotencia me invade, empiezo a enfadarme y me pongo en pie para confrontarle, pero Yago estalla antes de que yo pueda decir nada.

Tira con fuerza una botella al suelo y exclama:

—¡Mira, tía, estoy a punto de mandarte a la mierda y tirar tus cosas por la ventana! —grita de un modo que me deja paralizada.

Enmudezco de golpe y me quedo petrificada, no tanto por sus palabras como por el tono con el que las ha dicho.

Se hace el silencio. Vuelvo a acostarme despacio, sin saber cómo reaccionar.

Sus frases me retumban en la cabeza, estoy temblando.

Busco la sábana y me escondo bajo ella, dándome la vuelta con cuidado para no verlo.

Su tono me asusta, su expresión me sobrecoge; es como si, de repente, no fuera él.

Nunca imaginé que Yago pudiera hablarme así.

Esta vez ha ido demasiado lejos. Me pregunto, por primera vez, de qué sería capaz.

Estoy tan en shock que no me salen las lágrimas, solo puedo pensar en cómo volver a casa mañana. No entiendo por qué hemos llegado a este punto y por qué estamos tirando por la borda los pocos días que tenemos para estar juntos.

A mi espalda, Yago sigue fumando. No me atrevo a darme la vuelta.

A los pocos segundos, escucho su voz. Esta vez es baja, como si tuviera miedo de herirme de nuevo.

—Lo siento, no quería decirte esto, cariño. Jamás le he hablado así a nadie. Quiero pensar que es porque nos queremos tanto que me puede el miedo a perderte. Que sepas que nunca lo hubiera hecho.

La presión en mi pecho es tan fuerte que siento que me ahogo. No quiero mirarle, no quiero verlo.

—Amor, lo siento, de verdad. Se me ha ido la olla. Te amo mucho y me vuelvo loco si pienso en que puedo perderte —sigue diciéndome.

Él me abraza arrepentido. Sé que lo ha dicho en caliente y que no sería capaz de echarme, pero no me consuela. Me susurra al oído todas las palabras bonitas que necesitaba oír hace unas horas, pero que no llegaron.

—Yago, siento mucho si te sentiste mal por la conversación con Vicente, no me di cuenta de que se podría interpretar de esa manera. Si me lo hubieras dicho en ese momento, te lo hubiera aclarado y no hubiera sido necesario llegar a esto —le digo por fin.

—Gracias, amor, es justo lo que necesitaba oír. No pasa nada si no te diste cuenta, si reconoces que no es normal, para mí es suficiente.

Estoy agotada y solo quiero dormir. Yago me da un beso que me deja indiferente y cierro los ojos para poder descansar. Siento que algo se ha roto, aunque me resisto a aceptarlo.

Esta fue la primera vez que sentí miedo por la furia de Yago. Que yo pidiera disculpas por algo que no había hecho fue el clic que hizo que volviéramos a estar bien. Era todo muy sutil, pero también muy significativo. De forma gradual y casi imperceptible iba cediendo paulatinamente mi poder.