Capítulo XXVII
XXVII
La semana siguiente aterrizo en Lanzarote con unas ganas inmensas de ver a Yago. Enseguida distingo la furgoneta blanca a pocos metros de la entrada del aparcamiento. Él me espera fuera, visiblemente más delgado y con mala cara. Intuyo que estos días ha estado peor de lo que me ha contado.
En cuanto nuestras miradas se cruzan, el tiempo parece detenerse. Echo a correr hacia él sin pensarlo y nos fundimos en un abrazo tan largo que parece querer recuperar los días de ausencia. Aspiro su olor, familiar y reconfortante, que he echado tanto de menos.
De camino a Famara, Yago me va enseñando Lanzarote mientras atravesamos volcanes y playas. Es mi primera vez en la isla y me fascinan el color naranja de la tierra, la sensación de desierto, la energía que desprende. Aterrizar aquí en pleno invierno es un lujo que pienso disfrutar.
Me cuenta lo que ha hecho estos días. No ha podido surfear, la previsión no acompañaba. Ha pasado la mayor parte del tiempo esperando a que el mar cambiara y ha estado bastante solo.
—Cata, he estado mal, muy mal… —reconoce en tono solemne—. No llevo bien estar solo. No te lo he querido decir para no preocuparte. Yo quería vivir la aventura de otra manera, pero contigo no puedo hacerlo como realmente quiero. No lo estoy disfrutando.
Tal y como me lo dice, parece algo importante.
Su rostro se ensombrece y lo escucho sin terminar de entender qué me está queriendo decir en realidad.
Ahora me siento más un lastre que un apoyo y noto una punzada de inseguridad y otra de culpa en el pecho.
Intento leer entre líneas para descifrar de qué va esta escenita, pero sigo desorientada.
—Para mí también es duro, Yago, y lamento que no lo estés viviendo como querías. Yo te apoyo en todo lo que puedo.
—Lo sé, cariño. Esto no tiene que ver contigo, sino conmigo y con lo mal que me he sentido estos días. He vuelto a estar en el dark y a sentirme morir.
—Joder, ¿y por qué no me lo has dicho antes? Y yo molestándote con mis paranoias de Insta… —exclamo preocupada.
—Porque suficiente tienes con lo tuyo y no quiero depender de nadie, ya te lo dije. Esto tengo que vivirlo solo. Y yo tengo que mirar por mí. Al final, yo soy la persona más importante de mi vida.
—Vale, pero ¿qué me quieres decir con esto?
—Nada, solo quería que lo supieras.
No entiendo nada. Suena a una confesión velada que no acabo de descifrar.
Por un momento pienso que quiere dejarlo, pero, en cuanto lo dice, se relaja y vuelve a ser el de siempre.
Yago a veces me descoloca, pero no quiero darle más vueltas y me centro en disfrutar del tiempo que vamos a pasar juntos.