Capítulo XXVI
XXVI
La última semana ha sido de las mejores de nuestra relación. Yago y yo hemos vuelto a ser los del principio, y eso ha hecho que la cuenta atrás ante su inminente marcha sea aún más insoportable.
Ha dejado la furgoneta aparcada junto a mi casa, ya cargada para ponerse en ruta.
Hace rato que nos hemos despedido, pero seguimos abrazados, incapaces de separarnos, durante casi una hora más.
Pensar que vamos a estar diez días sin vernos se nos hace imposible.
Siento una angustia que no me suelta y no consigo contener las lágrimas.
Yago repite que diez días pasan rápido y me asegura que la experiencia valdrá la pena.
Después de la despedida más larga de la historia, Yago pone rumbo a Tarifa, compartiendo su ubicación a tiempo real. Tarda tres días en llegar a Lanzarote, y lo hace exhausto, más delgado y ojeroso. Casi no ha dormido y se le está haciendo duro.
Al llegar a la playa de Famara, no tarda en hacer algunos amigos surferos con los que sale a tomar unas cañas de vez en cuando para no sentirse tan solo.
Una noche, mientras acuesto a los mellizos, empiezo a encontrarme mal sin razón aparente. Vuelve esa sensación inquietante en el estómago, la misma que ya he sentido otras veces. Como una intuición un punto dolorosa, una ansiedad sin nombre. El mismo runrún de otras veces, pero más fuerte.
En cuanto los mellizos se quedan dormidos, le llamo por teléfono.
—Cariño, no estoy bien. ¿Podemos hablar? —me siento ridícula confesándole esto, pero necesito hacerlo.
—Claro, ¿qué pasa, amor? Estoy tomando unas cañas con los colegas, pero dame tres minutos que me despido de ellos y te llamo desde la furgo.
—No te preocupes, si estás con gente, llámame luego. —No quiero cortarle el rollo por una inseguridad mía.
—Ni de coña, la prioridad eres tú. Ahora te llamo.
En tres minutos exactos, Yago me devuelve la llamada.
—Amor, ya estoy contigo. ¿Está todo bien?
—No lo sé… —le digo angustiada—. No sé qué me pasa, pero tengo la sensación de que algo anda mal y me ha entrado mucho agobio. Ya sé que no tiene sentido, pero necesitaba hablar contigo. Me sabe mal haberte estropeado el plan por una paranoia.
—Ni te preocupes, lo que sea por cuidar de mi chica. Mira, cuando me has llamado he estado a punto de hacer una videollamada para que conocieras a mis colegas y fardar de novia, pero estando así he pensado que no era el mejor día, ¿no?
—No, mejor otro día, pero gracias.
—Vale, pero otro día te los presento, ahora cuéntame qué te pasa.
—He empezado a tener una sensación muy chunga en el estómago, como un mal presentimiento, ¿sabes? Sé que suena ridículo, pero es tan fuerte que no puedo pensar en nada más.
—Cariño, está todo bien por aquí, sigo enamoradísimo de ti y estoy deseando que vengas. Puedes estar supertranquila.
—Gracias, supongo que necesitaba escuchar esto. Siento haberte estropeado la noche —digo con la sensación de estar actuando como una novia paranoica.
Yago le quita importancia y me llena de palabras bonitas para tranquilizarme. Me voy a dormir sintiéndome absurda y patética. Me digo que tengo que hablar de todo esto con Clara, porque no puedo seguir así.
Durante los días siguientes, Yago está especialmente pendiente de mí. Me cuenta cada cosa que hace, como si quisiera tender un puente en la distancia. A pesar de los kilómetros que nos separan, me siento cerca de él.
Pero, entonces, ocurre algo que me descoloca.
Lleva días publicando fotos de su aventura en redes sociales.
Mis favoritas son dos, una en la que aparece subido al techo de la furgo, con el Risco de Famara al fondo, todo un príncipe en su reino; y otra en la que posa, guapísimo, en una calle pintoresca de Teguise.
Las fotos no tardan en llenarse de comentarios.
Yo también le comento: «Contando los días», « Aroha » y un corazón.
Pero no responde. Y no sería tan grave si no fuera porque Yago siempre responde.
A todo el mundo, incluso a su ex, Greta, menos a mí.
Al principio intento restarle importancia, pero después de casi veinticuatro horas sin respuesta pienso que es imposible que no haya visto mis comentarios, y más cuando se pasa el día en redes.
Definitivamente, pienso que los está ignorando.
Y entonces, como si algo dentro de mí hiciera clic, todo cobra sentido.
No sé cómo no lo he visto antes, cómo he podido estar tan ciega a algo que, desde fuera, parecería evidente: no quiere que se sepa que tiene novia.
Su perfil está abierto y, ahora que me fijo, la mayoría de sus seguidoras son mujeres. De pronto, todo encaja.
Darme cuenta de esto me llena de furia. No solo por su cínica obsesión por ser una ROCA, sino por el ninguneo deliberado en redes y su necesidad de cultivar admiradoras.
La indignación me atraviesa con tanta fuerza que necesito tomar distancia y procesar este torbellino antes de volver a hablar con él.
A ratos, hay otra parte de mí que duda. No tengo pruebas y me resulta casi imposible creer que Yago sea capaz de algo así. Entonces me siento mal y pienso si no estaré paranoica.
Por la noche, decido contárselo a Mariona, que ha venido a casa a cenar y ver algunos de mis últimos cuadros. Necesito con urgencia una mirada externa que me ayude a ver con claridad lo que yo ya no distingo.
Después de escucharme, analizar su perfil, los comentarios y las publicaciones, Mariona emite su veredicto:
—Cata, entiendo que te moleste, pero creo que te estás montando una peli. Si no te ha contestado, puede ser por muchos motivos, no lo veo tan grave. Llámale y háblalo directamente con él, tienes que decirle cómo te sientes. Seguro que te quedarás más tranquila.
Sus palabras me quitan un peso de encima, me alegro de que todo haya sido una paranoia mía. Hubiera sido mucho peor tener razón. Tal vez mis inseguridades me han hecho ver fantasmas donde no los hay, pero todavía hay un runrún que no consigo apagar.
Al día siguiente, en la sesión con Clara, le cuento lo que ha pasado. Intento ser precisa: los silencios repentinos, las miradas frías, mis paranoias. Espero que me ayude a entender qué está ocurriendo.
Clara me escucha con atención, asiente varias veces y, cuando termino, me pregunta:
—¿Y qué parte de ti se siente insegura cuando él no contesta? ¿Qué hace que lo vivas de esta manera?
—No lo sé, es más una sensación, siento que a veces se cierra y se desconecta.
—¿Y qué puedes hacer tú para que él no se desconecte?
Me quedo un momento en silencio.
—No lo sé. Por eso estoy aquí.
—Estos patrones suelen ser de los dos. Cuando él se desconecta, ¿qué necesidad tuya se activa?
Salgo de la sesión con la misma sensación de siempre: que el problema soy yo. Pero esta vez con el sello de una profesional. En cuanto llego a casa marco el teléfono de Yago.
—Llevo desde ayer sin saber de ti, preciosa, ¿todo bien? —me dice, muy meloso.
—La verdad es que no. Tenía que ver contigo y una película que me he montado.
—¿Qué película?
—Que no contestas a mis comentarios de Instagram. Contestas a todo el mundo menos a mí. Y nunca has publicado ninguna foto nuestra, pero luego veo a todo ese séquito de amigas comentándote…
—Amooorrr, ¿estás celosa? —me pregunta divertido.
—No estoy celosa, estoy enfadada.
—Cariño, no los había visto. Solo estás tú en mi vida, en mi mente y en mi corazón. Ahora mismo lo hago, para que veas que soy totalmente transparente. Y, si te molesta Greta, lo corto ya.
Tarda dos minutos en contestar mis comentarios: «Deseando tenerte aquí conmigo», «La próxima foto será juntos», «Contando los días para verte».
Todo parece fruto de mi imaginación. Ahora me siento mal por haber desconfiado de él. Lo que más me desconcierta es que en mi cabeza tenía todo mucho sentido.