Capítulo XXV
XXV
Durante las Navidades, Yago y yo compartimos unas semanas idílicas, como al inicio de nuestra relación.
Su viaje a Canarias nos lleva a exprimir el tiempo.
Sin embargo, cuanto más se acerca su partida, peor me siento.
Mi único aliciente, a lo que me agarro para no desmoronarme, son los preparativos de la exposición y las apariciones en los medios.
Mi entrevista en unos de los periódicos más importantes de Cataluña se publica justo después de Reyes.
Mi madre ha madrugado para ir a comprarlo y a las siete de la mañana tengo ya la foto del artículo en mi móvil.
La entrevista ocupa la mitad de la página central y la periodista ha captado totalmente mi mensaje.
Me apresuro a mandársela a Yago y a varios grupos de amigas. Él me responde:
Ha quedado genial, cariño. ¡¡Muchas felicidades!! Te lo mereces. Muy orgulloso de mi chica. Luego lo celebramos. ¡Aroha! PD: Mi madre también me ha enviado foto de la entrevista. Ahora mi familia ya sabe lo genia que eres
La mañana transcurre entre mensajes y llamadas constantes.
Gracias a la entrevista, mucha gente confirma su asistencia a la inauguración.
Esa alegría solo se ve empañada por una espinita que no consigo arrancarme, la de que Yago no vaya a estar.
Todavía tengo la esperanza de que se lo piense en el último momento.
Por la tarde quedamos en Barcelona. Haremos algunas compras y cenaremos fuera para celebrar el éxito de la entrevista. Sin embargo, noto a Yago extrañamente callado y, como ya empiezo a conocerle, me adelanto antes de entrar en bucle.
—Amor, ¿te pasa algo? Estás raro.
—¿Qué me va a pasar? Que estoy muy orgulloso de mi chica.
—Bueno, como no hablas…
—Solo estoy cansado y pensando en mis cosas. Con ganas de irme ya a Canarias.
Seguimos paseando, compramos algunos libros y Yago sigue con la misma actitud.
Como está cansado, decidimos cambiar de planes y cenar en casa.
No me abraza, no me toca y apenas hace mención de la entrevista.
Su falta de apoyo y su actitud empiezan a enfadarme.
Le pido varias veces que me diga qué le pasa, pero insiste en que está bien y que todo son paranoias mías.
No me apetece tener otro pollo, pero todo apunta a que vamos directos y sin frenos.
Mientras cenamos, saco el tema de su viaje y de los planes que haremos cuando vaya a verle a Lanzarote. Le digo que le voy a echar de menos, a ver si así consigo generar un poco de complicidad ante tanta frialdad, pero Yago no responde.
—¿Amor? ¿Hola? Dime qué te pasa porque estoy a punto de perder la paciencia e irme a dormir.
Yago se queda callado de nuevo. Me desespera. Tanta insistencia en ser ROCA para luego hacer esto.
—Es que no sé qué quieres que te diga… Ya te lo he dicho todo.
Le pido que me avise cuando esté dispuesto a hablar y me voy a la cama, no le veo el sentido a seguir insistiendo. Yago se encoge de hombros y me sigue hacia la habitación.
La incertidumbre vuelve a disparar mi ansiedad y no consigo dormir. Sé que no debería tomármelo así, pero no puedo evitarlo. Para colmo, reaparecen las molestias por cándidas, por quinta vez en los últimos meses.
Mi día de celebración por el éxito de la entrevista se ha ido a la porra y sigue empeorando. No pego ojo, y con cada hora que pasa crece en mí una irritación sorda, alimentada por no entender por qué Yago no es capaz de comportarse como una persona normal.
A la mañana siguiente, se despierta antes que yo y, en silencio, se desliza fuera de la cama. Se va al salón y escucho como se enciende un cigarro antes de prepararse el ColaCao. Intuyo que no ha dormido bien, pero en él no es novedad; cada noche se levanta varias veces.
—Buenos días. ¿Qué tal has dormido? —le pregunto al entrar en la cocina, confiando en que haya cambiado de actitud.
—Mal, ¿y tú?
—Mal también. ¿Vamos a hablar hoy de lo que te pasa?
—No me pasa nada —repite.
Me pregunto si se está riendo de mí. Definitivamente, no entiendo nada.
—Bueno, pues nada, ya tenemos otra discusión sin que yo sepa el motivo. ¡Estupendo! Otro día que se va a la mierda —digo indignada.
—Cata, no me hables así, ¿vale? Eso es violencia —me reprocha.
—Lo que es violencia es lo que estás haciendo tú con esta actitud tan pasivo-agresiva —le contesto, alzando la voz.
—No me eches a mí la culpa y asume tu parte. ¿Ves como tú también gritas?
—No te he gritado. Lo que ves es solo la impotencia que siento ante tu actitud absurda.
Otra vez silencio…
—Bueno, vale, pues nada. Me voy a currar, ya hablaremos luego —le digo mientras abro la puerta para irme.
Justo en ese momento oigo que Yago empieza a sollozar. Tan asustada como sorprendida, vuelvo a la cocina y le pido que, por favor, hable conmigo. Él, avergonzado, se cubre la cara con las manos, incapaz de detener el llanto.
—Cata, lo nuestro está en peligro —logra decir entre suspiros.
—¿Por qué dices eso?
Yago no dice ni una palabra más. Yo tengo que salir corriendo a una reunión a la que ya llego tarde. Estoy triste, angustiada, confundida, enfadada… Todo a la vez. Mis inseguridades se disparan y lo peor es que él lo sabe.
En la reunión estoy pero no estoy. Voy mirando el móvil cada dos minutos. No hay noticias.
Al salir tengo un mensaje suyo:
¿Qué? Bien, ¿no? ¿Te digo que estoy mal y pasas de mí toda la mañana? Ya veo lo que te importa
Le exijo que me mande la ubicación. Necesito ir a la furgo y poner punto final a esta locura cuanto antes.
Cuando llego, golpeo la chapa con fuerza y Yago me abre con muy mala cara.
—Cata, tengo otra vez la sensación de estar muriendo. Pensamientos oscuros, sueños raros… Los cambios me están superando. Soltar a mi familia, sacrificar el trabajo… No sé. Es demasiado.
—Lo sé, es duro. Lo que no entiendo es qué tiene que ver con nosotros.
—Me voy al dark side y no quiero que me veas así de débil. No quiero necesitarte, ni a ti ni a nadie. Contigo siento que me estoy desnudando demasiado, y eso me aterra.
—Tu vulnerabilidad es lo que más me enamora de ti.
—Ahora lo veo todo oscuro, pero resurgiré —concluye encendiéndose el tercer cigarro.
—Confío en eso.
—Renazcamos juntos, amor —dice, y me besa.
Nuestros cuerpos se funden con el anhelo de quienes han estado desconectados. Hoy ocurre algo distinto, Yago suelta sus miedos y termina dentro de mí. Me mira, y él sabe exactamente lo que estoy pensando.
—Contigo me suceden cosas que nunca me habían pasado con nadie.
Lo ocurrido en las últimas horas se desvanece como por arte de magia. Sabía que Yago lo estaba pasando mal, que mi apoyo era fundamental porque no tenía a nadie más. Pero cada episodio como este sentía que era un hachazo más a nuestra relación.
Por la noche recibo un mensaje:
¿Lo estamos haciendo bien? Me siento en el ojo del huracán. No me dejes caer
No lo haré, estoy aquí
Ha sido una prueba de fuego mostrarme tan vulnerable. Me da miedo que me veas débil y dejes de desearme
Eso es imposible. Ese magnetismo hace que contigo traspase límites
Lo que siento contigo es de otro mundo. Ya has visto lo que has conseguido hoy… Tú has sido la única
Me encanta que me lo digas. Aroha