Lo que no se ve Capítulo XXIII
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Capítulo XXIII

XXIII

Yago se ha cambiado cinco veces de ropa y aún no sabe qué ponerse.

No me lo dice, pero sé que está nervioso.

Al final elige un vaquero oscuro, una camisa blanca de manga larga que cubre por completo sus tatuajes y un chaleco color camel.

Lleva la melena suelta y los piercings de siempre.

Es lo más clásico que ha podido vestirse sin renunciar a su toque excéntrico. Está guapísimo.

—Amor, y si me preguntan dónde vivo ¿qué hacemos? —pregunta antes de salir.

—Di la verdad, no hace falta que ocultes nada.

—Bueno, vale, pero seguro, ¿eh? Yo haré lo que tú me digas. No la quiero pifiar el primer día.

De repente, alguien golpea la chapa de la puerta de la furgo. Es Rafa, su amigo, al que todavía no conozco. Llegó de Tarifa hace apenas una semana.

—¡Ei! ¡Qué pasa, colega! —exclama Yago invitándole a entrar—. Rafa, te presento a Cata, mi novia.

—Encantado, Cata. Tenía ganas de conocerte, Yago siempre habla de ti.

—Mucho gusto, Rafa —contesto un tanto comedida por miedo a que, de nuevo, Yago piense que flirteo con su amigo.

—Tío, paso luego, que pensaba que estabas solo.

—Vale, es que justo ahora vamos a comer con sus padres. Presentación oficial —añade soltando una carcajada.

—Ostras, tío, sí que va en serio la cosa. Suerte —contesta al salir.

—¿Has visto lo que ha dicho de ti, amor? Si es que todos mis amigos saben que estoy enamoradísimo de mi chica —me dice robándome un beso.

—¿Y qué quería? —Estoy intrigada por su visita inesperada.

—Pues casi seguro que tiene una cita y venía a pedirme consejo.

—Pero ¿no me dijiste que Rafa tiene novia?

—Bueno, sí, pero se ve que la novia se ha quedado en Tarifa. Rafa le pidió que viniera aquí con él, pero no ha querido. No sé qué movidas se llevan… Creo que se están dando un tiempo.

—¿Pero todavía están juntos? —insisto.

—Sí, están esperando a ver qué pasa, supongo.

—¿Y está teniendo citas?

—A ver, Cata, tienen unas relaciones de mierda, no puedes compararlos con nosotros. Además, Rafa quiere estar con ella, es su pareja la que no quiere venir. A saber lo que está haciendo ella por allí… No puedo juzgar algo que no conozco.

—Aun así, no me parece bien lo que hace, ni que tú le ayudes.

—Cata, es mi amigo, ¿qué quieres que haga si me pide ayuda? ¿Acaso tú no apoyas a tus amigas? ¿Crees que ninguna es infiel? Porque la mayoría de la gente lo es.

—Mis amigas no ponen los cuernos a sus parejas —afirmo rotundamente.

—Que tú sepas. Lo que pasa es que no te lo dicen porque saben que no lo aprobarías.

Yo no haría nunca lo que hace Rafa, y menos contigo, pero intento ayudarle porque lo está pasando mal.

La gente no es ROCA, Cata, ¿por qué te crees que pongo tanto empeño en que lo nuestro lo sea?

—dice, y me regala otro beso. Qué pena todo, pienso.

Llegamos puntuales al restaurante y pedimos mesa en el jardín. Hace sol y la temperatura es sorprendentemente agradable para ser invierno. Esperamos a mis padres con dos copas de vino blanco. Noto a Yago intranquilo, moviéndose en la silla, aunque yo estoy convencida de que les va a encantar.

Diez minutos después llegan mis padres. Los veo a lo lejos, entrando por la puerta que da al jardín.

Me levanto para saludarlos con dos besos y hago las presentaciones.

Tanto mi padre como mi madre se muestran amables y cercanos; es evidente que mi madre tenía ganas de conocerlo.

Mi padre, por su parte, ha dejado atrás sus resistencias y muestra su versión más simpática y bromista.

Tiene, además, un carisma especial para quedar bien cuando la ha liado parda.

—Encantado, Yago, te has hecho de rogar, ¿eh? Tenía ganas de conocerte, pero Isabel, mi mujer, no las tenía todas consigo. Me ha costado convencerla —bromea mi padre con un apretón de manos.

Mi madre hace un gesto de resignación y añade:

—Yago, me alegro mucho de que finalmente podamos conocernos en persona, de verdad.

—Imagino que Catalina ya te habrá puesto al corriente de que a mí los tatuajes, las coletas y todo eso no me va —interrumpe mi padre en un arrebato de sinceridad campechana.

—Sí, me lo ha contado —contesta con cara de falsa aflicción.

—Estoy bromeando, lo más importante es que Catalina sea feliz.

—No se preocupe, mi padre piensa lo mismo que usted.

—Llámame Eduardo, por favor.

—De acuerdo, Eduardo.

—¿Sabes qué pasa, Yago? Que los padres siempre seremos padres.

Yo ya sé que mi hija es adulta y todo eso, pero siempre me voy a preocupar por ella.

A mí, que haya empezado a salir con alguien tan pronto, pues no me ha gustado, ya lo sabe ella, pero bueno, las cosas son como son y, si está contigo y está contenta, pues yo también.

Por suerte, la camarera interrumpe la conversación al dirigirse a mi padre. Se alegra de volver a verle y nos comenta las sugerencias del día.

—Catalina me ha dicho que dejaste la empresa familiar —dice después mi madre.

—Estuve ahí casi diez años, pero no era lo mío. Y trabajar con la familia tampoco es fácil.

—¡Me lo vas a decir a mí! —exclama mi padre.

—Entonces, me entiendes —responde Yago buscando complicidad.

—Bueno, a un padre se le perdona todo. La familia siempre estará a tu lado.

—Papá, eso depende mucho de la familia —le rebato, recordando la escena del hospital.

—¿Y qué vas a hacer ahora? —pregunta mi madre.

—De momento, viajar. Empezaré por Canarias y luego ya veré. No me iré muy lejos para que Cata pueda venir a verme —dice mirándome—. Lo único que me frena es separarme de ella. La voy a echar mucho de menos.

—¿Y de qué vas a vivir a partir de ahora? ¿Qué tienes pensado? —pregunta mi padre.

—Eh…, bueno… Tengo un buen finiquito y también tengo un piso en alquiler. Con esto, de momento, ya tiro, y voy a aprovechar este tiempo para formarme como terapeuta.

Mi padre asiente con la cabeza sin entender demasiado en qué consiste esto de ser terapeuta.

—Y, si tienes el piso alquilado, ¿dónde vives ahora?

La pregunta del millón no tarda en llegar. Nuestras miradas se cruzan antes de echarnos a reír. Mis padres se miran sin entender nada.

—A ver, es que Cata no os lo ha dicho, pero vivo en una furgoneta —lanza sin anestesia. No puedo evitar reírme ante la cara de sorpresa de mis padres.

—Ostras, ¿en serio? Me parece muy divertido —asegura mi madre, que siempre ha tenido una vena aventurera—. ¿Y qué tal es vivir en una furgoneta?

—A mí me fascina, porque me gusta el estilo de vida nómada. Podría vivir en mi piso, pero en la furgo me siento mucho más libre.

—Mamá, a ti te encantaría.

—Oye, ¿y mi hija qué tal se desenvuelve en la furgo? Porque no sé si la veo yo muy hippy —interviene mi padre.

—¿Tu hija? Está hecha una furgonetera. Es una todoterreno y se ha adaptado superbién —dice Yago guiñándome un ojo.

—¿Mi hija? ¿En serio? —sigue mi padre, desconcertado.

—He salido a mamá —le digo en tono burlón.

—Tengo que felicitaros por la hija que tenéis. De verdad, lo habéis hecho muy bien, Catalina es fantástica.

Mi padre, que nunca rechaza un halago, se siente satisfecho. Mi madre sonríe.

—La verdad es que sí, los dos estamos muy orgullosos de ella. —Hace una pausa y añade—: Yo habría preferido que no se hubiera separado, pero…

—Papá, no sigas. No vamos a tocar este tema otra vez —le interrumpo.

Mi padre opta por no seguir hablando y pide más vino a la camarera.

—Bueno, ¿te veré en la inauguración de Catalina? Ya no queda mucho…

—Claro, allí estaré, en primera fila. No me la perdería por nada del mundo.

La camarera nos avisa de que van a cerrar. Nos despedimos de mis padres, que repiten lo mucho que les ha gustado conocer a Yago.

—¿Cómo lo has visto? —me pregunta de camino al coche.

—Creo que les has encantado. ¿Y tú?

—Súper a gusto. Tu padre, ya se le ve, perro ladrador, poco mordedor. Me ha caído muy bien. Y tu madre…, guau, tienes mucho de ella. Un peldaño más, amor —dice besándome—. Tus padres, tus hijos… Podrían ser la familia que nunca he tenido. Lo quiero todo contigo.

Sus palabras me llegan hasta lo más hondo. Nunca imaginé que Yago pudiera decirme algo así.