Lo que no se ve Capítulo XXII
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Capítulo XXII

XXII

Al día siguiente, Yago me despierta con un café humeante y un beso.

Pone música durante el desayuno y bromea como si nada hubiera pasado.

Todo vuelve a estar en su sitio y Yago me mira como siempre.

Estos momentos tan mágicos consiguen borrar de mi mente todo lo ocurrido en los últimos días, y yo vuelvo a sentirme la mujer más afortunada del mundo.

Supongo que eso de que el amor lo puede todo es cierto, porque yo lo experimento una y otra vez con Yago. Aunque una sutil alarma se ha disparado en mi cabeza: lo que ha pasado no puede repetirse. Clara lo ha llamado «ajustes». Confío en Yago y en lo que hemos hablado.

Cada vez siento más que Yago tiene dos caras. Una luminosa, su Dr. Jekyll, el hombre atento y generoso que confía en mí, me cuida y me mira como si yo fuera lo mejor que le ha pasado. En esos momentos no tengo dudas de que lo daría todo por mí y tengo la sensación de que somos indestructibles.

En cambio, cuando emerge su Mr. Hyde, su rostro se endurece, su cuerpo se tensa y su mirada se vuelve fría, cargada de rencor. Su chacal, como dice él. Es una versión vengativa, castigadora. Cada gesto se vuelve cortante y su presencia me intimida. Esa parte de él me sobrecoge.

Lo que me desconcierta no es que tenga días buenos o malos, todos los tenemos, sino el contraste. Es como si convivieran dos personas en una sola. Y yo nunca sé con cuál de ellas me voy a encontrar.

Recuerdo las palabras de Julieta cuando me habló de su carta natal: «Tiene mucha luz, pero también mucha sombra». Ahora entiendo lo que quería decir.

Sé que él no es una mala persona. Es solo alguien herido, fruto del entorno en el que ha crecido. Cuando te han humillado tanto, ¿cómo no vas a desconfiar del mundo? Si yo hubiera vivido lo mismo, también reaccionaría así. Y yo tampoco soy perfecta.

Pienso que el gran problema es que nadie lo ha sabido amar de verdad. Todo cambiará cuando vea que yo sí puedo hacerlo. Solo necesita tiempo para sentirse seguro conmigo.

Él me ve pensativa y me sonríe. Se acerca despacio y me abraza por la cintura mientras me susurra palabras en maorí. A pesar de la intensidad del conflicto, nuestra conexión sigue siendo igual de increíble. Eso demuestra que Yago es especial, y nuestra relación también.

A la hora de comer recibo un mensaje de mi madre. Días atrás le comenté que no iría a la comida de San Esteban para pasarlo con Yago.

Catalina, he hablado con tu padre y quiere conocer a Yago. ¿Cómo os va comer con nosotros mañana?

—¡No te lo vas a creer! —exclamo emocionada—. Mira —le digo entregándole el móvil a Yago para que él mismo lea el mensaje.

—Ostras, qué fuerte. Me alegro mucho, amor, sé que para ti es importante. ¿Ves? Todo se va poniendo en su sitio.

—Entonces ¿les digo que sí?

—Por mí sí. Aunque estoy nervioso, ya sabes que yo no soy el yerno ideal.

—Lo sé, cariño. Pero les vas a encantar, ya lo verás —le aseguro.

—Jo, Cata, me gustaría poder hacer lo mismo con mis padres, pero a ellos no les interesa mi vida.

Tu padre será como sea, pero te quiere y se preocupa por ti.

Yo solo te tengo a ti, cariño. —Se queda en silencio un instante y mira al suelo.

Luego vuelve a clavarme su intensa mirada—.

Por eso me he acostumbrado a sobrevivir por mi cuenta.

No es que quiera estar solo, es más bien la forma en que la vida me ha enseñado a avanzar.

Tu sola presencia hace que esa soledad pese un poco menos.

Últimamente lo veo sufrir y me duele. Quiero ayudarle, pero no sé cómo. Nos quedamos abrazados en el sofá, con la chimenea encendida, hasta que nos quedamos dormidos.

Unos minutos después me despierta el teléfono. Busco el móvil a tientas y, aún medio dormida, veo en la pantalla el número de mi electricista. Me sorprende que llame en fin de semana. Llevo días intentando localizarlo y, justo ahora, no me apetece hablar de las luces de la terraza.

Rechazo la llamada para seguir durmiendo, pero a los pocos segundos insiste.

—¿No lo coges? —pregunta Yago, que también se ha despertado.

—Es que es el electricista, y ahora me da palo…

—Ha llamado dos veces, cógelo, ¿no? A lo mejor es importante.

Me encojo de hombros y alargo la mano para descolgar.

—Hola, Vicente, ¿qué tal?

—Hola, Catalina. Disculpa que te llame en sábado y que no te haya devuelto antes las llamadas. He ido a tope, pero el lunes estoy libre y puedo pasarme por la mañana a ponerte las luces.

—En principio creo que sí, pero tendría que mirar mi agenda y no la llevo encima. ¿Te puedo decir algo mañana?

—Sí, claro, sin problema —me contesta.

—¿En qué horario te va mejor?

—Me es igual porque madrugo, así que puedo ir temprano. Como si quieres que vaya a las cuatro de la mañana, no tengo problemas —bromea.

Quedamos así y cuelgo el teléfono. Me levanto del sofá y le digo a Yago que tenemos que ponernos en marcha para llegar a tiempo al cine. Él sube al baño a afeitarse mientras yo le espero con un café y un libro.

De camino al cine, noto a Yago demasiado callado y mirando por la ventanilla. El sonido de la radio llena el silencio. Yo conduzco y finjo normalidad, aunque empiezo a preocuparme. Al cabo de unos minutos, Yago se gira hacia mí y apoya su mano sobre mi pierna como preludio de algo.

—Cariño, tengo que comentarte un tema…

—¿Qué pasa? —pregunto sin apartar la mirada del volante.

—Mientras me estaba afeitando me ha llamado Carla.

Noto una pequeña punzada en el estómago.

—¿Carla, tu ex?

—Sí, mi ex —dice en tono de disculpa.

—¿Y qué quería? —pregunto intentando sonar casual.

—Como tú y yo no tenemos secretos, quiero ser supertransparente contigo. Me ha dicho que este finde está en Barcelona y que le gustaría verme para darme mis cosas porque ya han pasado muchos meses.

—¿Y tú qué quieres hacer?

—A mí me gustaría recuperar mis cosas, pero, como hemos hablado tanto del tema de los ex, quería saber qué piensas tú.

—¿Está todo claro entre vosotros?

—Por supuesto, Cata.

—Entonces, haz lo que consideres.

—Gracias —responde girándose hacia la ventana. Tema zanjado.

Para él, quizá. Yo sigo dándole vueltas. Me resulta extraño que ponga tanto énfasis en ser ROCA y que, a la primera de cambio, quiera quedar con Carla. Acabo de pasar unos días horribles por lo de Nacho y ahora es Yago quien me propone ver a su ex. El universo tiene un extraño sentido del humor.

Durante la película, el runrún sigue. Nunca he sido celosa. ¿Por qué me siento así?

Al salir del cine bajamos al aparcamiento. Mientras dejo el bolso en el asiento trasero, Yago consulta el móvil y comenta que tiene una llamada perdida de Tomás. Sin querer, alcanzo a ver el nombre de Carla en el historial junto a un icono verde.

Mi estómago da un vuelco. ¿Verde es entrante o saliente? Saco el móvil sin que se note. Verde, salientes. Gris, entrantes.

¿La ha llamado él?

Me obligo a buscar una explicación razonable. Seguramente Carla le llamó mientras se afeitaba y él le devolvió la llamada. Tiene que ser eso.

—Cata, ¿estás bien? Te noto un poco despistada —bromea cuando me paso el desvío.

No le contesto. Podría pedirle explicaciones sobre la llamada, pero eso sería mostrar desconfianza y no quiero caer en eso.

Pero mi cabeza sigue dándole vueltas. Supongo que tampoco es tan importante quién ha llamado a quién, ya que él me ha contado la conversación.

Eso debería ser suficiente, ¿no? La lógica me dice que no hay razón para dudar, pero no puedo evitar sentir que hay algo que se me escapa.

Al llegar a casa no puedo más y vomito lo que me he ido guardando durante toda la tarde.

—Cariño, ¿al final qué vas a hacer con Carla?

—No lo sé, me lo estoy pensando todavía. Supongo que la veré. ¿Por qué?

—Porque me gustaría saberlo.

—Pero, Cata, dime la verdad, ¿te sientes insegura si quedo con ella?

—Hombre, no me hace ilusión. Y sí, me parece raro que ahora aparezca sin más.

¿Cómo sabe que estás aquí? ¿Ha venido desde la Costa Brava para quedarse en casa de una amiga con cuarenta y cinco años que tiene?

¿Ha metido tus cosas en el coche después de un año y medio por si acaso te veía? Es que no me cuadra…

—Ya, yo qué sé… A mí también me suena raro, la verdad. Pero ella sabrá. No se lo he preguntado.

—¿Sabe que tienes novia?

—Todavía no, pero lo sabrá. Hace meses que no hablo con ella.

—¿Tú estás seguro de que quiere devolverte tus cosas? ¿O es una excusa para verte? Al final, ya lo habéis dejado y vuelto varias veces…

—Bueno, eso no lo sé, pero si viera que es una excusa cogería y me iría. No voy a poner lo nuestro en peligro. Ya sabes, nuestro código de honor —dice acariciando mi mano.

—Lo doy por hecho, pero, si intuyes que puede haber algo de eso, ¿crees que es buena idea quedar?

—Amor, si no te hace gracia, no quedo y punto. Lo primero eres tú. Si algo te hace sentir insegura, no lo hago. Alfombra roja, toda para ti. Lo que sea para que estés tranquila.

Escucharlo me tranquiliza, pero al mismo tiempo me deja una sensación extraña. Claro que me alivia que no quede con ella, pero no es así como creo que deberían funcionar las cosas. Que deje de verla solo para que yo me sienta segura no me parece sano… ¿O sí?