Capítulo XXI
XXI
Al día siguiente, los dos sabemos que hay una conversación pendiente. A pesar de lo ocurrido ayer con los mellizos, lo que no se ha dicho sigue distanciándonos. Él actúa como si todo estuviera bien y ese silencio me lo pone más difícil. Nunca se me ha dado bien iniciar conversaciones incómodas.
Saco un par de cervezas de la nevera y me siento a su lado. Respiro hondo y, tras un breve silencio, empiezo a hablar con la cautela de quien sabe que pisa terreno frágil.
—Lo he pasado muy mal, Yago. Mucho. Necesito que lo sepas. Mi forma de gestionar los conflictos no es esta.
—Yo también lo he pasado muy mal.
—Lo sé, por eso te lo digo. Siempre van a surgir cosas en las que no estemos de acuerdo, pero cómo resolvemos estos conflictos es la clave. Habíamos dicho que no nos íbamos a hacer daño, y, al menos a mí, me lo has hecho.
—Lo sé, y lo siento. Pero ¿cómo quieres que no me enfade si no me tienes en cuenta? Piensa que, cuando me pongo así, en realidad te estoy expresando mi vulnerabilidad.
—Sé que lo estás pasando mal, pero hay límites. Una cosa es enfadarte y otra, humillarme, ignorarme o insinuar cosas para hacerme daño. Conoces mis inseguridades, sabes lo mal que llevo la distancia, y esta vez la has usado para ganar. Han sido tres días de infierno.
—Cata, cuando me enfado necesito mi espacio, no lo hago expresamente para joderte. Y sí, tengo carácter, es algo que tienes que saber.
—Esto no es tener carácter, Yago. Es otra cosa.
—Bueno, tampoco exageres. Son cosas que se dicen en caliente, no hay que tomárselo todo tan a la tremenda. Yo también he tenido miedo, ¿sabes?
—Sí, lo sé. La diferencia es que yo intento dialogar y buscar soluciones y tú te limitas a repetir que todo está mal. Incluso rescatas cosas del pasado que ya están habladas y que solo añaden más leña al fuego.
—Si vuelven a pasar, claro que tengo que sacarlas, Cata. Es lógico. Y eso de no hablar de lo que está mal, ¿qué significa? ¿Que lo escondamos debajo de la alfombra? Yo no soy así.
—No digo que lo ignoremos. Digo que no nos recreemos en el drama. Una vez identificado el problema, habrá que ver cómo encontrar una solución válida para los dos, ¿no? Es lo que he intentado todo este tiempo, pero no puedo hacerlo sola.
—Mira, Cata, esto me suena al buenismo de toda la vida, que, por cierto, no soporto. Ya sé que tú crees en el ganar-ganar, en que todo se puede hablar y resolver, pero siento decirte que no siempre es así. A veces, simplemente, solo puede ganar uno.
Lo suelta como quien comenta el tiempo y yo lo vivo como si acabara de lanzar una granada en mitad de la conversación.
—Claro, y ese eres tú, ¿no? —pregunto en voz baja.
Yago ni siquiera se inmuta. Está tan convencido de su argumento que no parece consciente del efecto que ha causado en mí.
—Vale, hagamos un trato. Yo voy a intentar cambiar el «cómo», pero tú cambia el «qué», ¿OK? Porque si no hay un «qué» por el que discutir, tampoco habrá un «cómo».
—También tienes que confiar en mí. Si no, no va a funcionar —añado.
—La confianza ya sabes que hay que ganársela. Me fío de mí y de lo que veo, no de lo que otros digan. Y mi instinto nunca me falla.
Discutir con él siempre resulta agotador, porque mis mensajes no le llegan. El silencio vuelve a invadir el espacio. Llevamos hablando una hora y media, pero, lejos de avanzar, creo que hemos retrocedido.
Nos metemos en la cama fríos como el hielo.
Debajo de las sábanas apenas nos tocamos.
Miro al techo buscando respuestas que sé que no están ahí.
Después de unos segundos eternos, su mano se desliza con cautela por mi brazo, como si tanteara el terreno.
Me acaricia con la delicadeza de quien no sabe si será bien recibido. Quiere que me dé la vuelta.
—Amor, antes de conocerte me consideraba una persona superfuerte, pero de repente conozco a alguien con quien siento mucho y, uf, no estoy acostumbrado…
—Sé que da miedo, cariño, pero es algo bonito.
—Yo suelo salir siempre solo de cualquier cosa. No quiero necesitar nada de nadie. No quiero necesitarte.
—A mí también me pasa, pero hay que ser valientes, o de lo contrario todo irá mal. Además, ¿no es eso lo que quieres hacer con la masculinidad consciente? Pues primero tendrás que hacerlo tú.
Yago se acerca más a mí y yo pego mi cuerpo al suyo. Siento su calor y reconozco lo mucho que necesitaba sentir su tacto. Él me abraza y nuestras caras se acercan.
—Te he echado de menos, amor —me susurra Yago.
—Y yo… Tenía muchas ganas de abrazarte —le contesto.
—Joder, y yo. ¿Por qué hemos tardado tanto en hacer esto? ¿Por qué no hemos empezado por aquí en vez de discutir? —pregunta Yago.
—Habría estado bien —reconozco pensando en las tres horas que llevamos en bucle, en una conversación estéril.
—Cata, llevaba muchos años esperándote —susurra apretando mi cuerpo contra el suyo—. Me da miedo, pero gracias por aparecer en mi vida.
Yo siento lo mismo, con la misma intensidad y el mismo miedo.
—Y me ha encantado conocer a tus hijos —añade—. Me hace sentir ROCA contigo. Son fantásticos. Me han enamorado, igual que su madre —me dice entre besos y caricias.
—¿De verdad?
—Cariño, son increíbles. ¿Has visto cómo Chloe me cogía de la mano?
—Tienes un don para los niños, cielo. ¿No te lo habían dicho nunca?
—Ja, ja, ja, no… Nunca había salido con nadie con niños.
—Pues ellos te adoran. Están como locos con el plan de la furgo.
—Guau, ¿ves? Esto es lo que quiero. Que nuestra vida sea así. Yo me veía solo, pero, ahora que has aparecido tú, desearía vivirla los cuatro, con Lucas y Chloe también, si tú quieres, claro.
—Necesitaba tanto escuchar esto… —reconozco aliviada.
—Yo también, cariño. Solo hay una respuesta para todo: el amor. Sé que lo has pasado mal, y lo siento. Nunca te haría daño. Eres lo más importante para mí.
Le devuelvo el beso y acerco mi cuerpo al suyo como si necesitara fundirme con él.
No decimos nada más; no hace falta. Hoy la química es puro voltaje.
Nuestros cuerpos conocen el camino de vuelta.
Hacer el amor nos ayuda a resetear la oscuridad de los últimos días y a encontrarnos de nuevo.
Ese zumbido sutil vuelve a oírse, pero, como tantas veces, lo ignoramos y nos entregamos al momento.