Lo que no se ve Capítulo XX
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Capítulo XX

XX

El conflicto se alarga dos días más. Yago repite el mismo discurso una y otra vez.

Da igual lo que haga o cuántas veces lo hablemos: siempre aparece un dato nuevo, un episodio del pasado que rescata para reforzar su idea de que no le doy su lugar.

Ha entrado en bucle y siento que me está arrastrando con él.

Solo hay reproches, culpa y decepción. No hay espacio para el diálogo. Y lo peor es que lo veo sufrir. Necesito que esto termine, pero nada de lo que hago parece suficiente. Después de tantos días, me siento superada. Mi cabeza ha cortocircuitado y me deja fuera de juego.

Pienso en escribir a Clara, mi terapeuta, buscando un poco de claridad. Tal vez ella, que ya ha hecho algunas sesiones con Yago, pueda arrojar luz sobre todo este sinsentido. No tarda en responder.

Cata, tranquila. Todo está bien. Lo que os está pasando es normal en una relación con tanta intensidad y conexión.

Ambos tenéis vuestras heridas y ahora os estáis ajustando.

Vuelve a ti y no te dejes arrastrar por las emociones de Yago.

Si de verdad quieres construir una vida con él, necesita sentirse incluido.

Creo que todavía no conoce a tus hijos, ¿verdad?

En parte, el conflicto con Nacho tiene que ver con eso: hay una parte importante de tu vida a la que él no tiene acceso. Piénsalo

Las palabras de Clara resuenan con lo que Yago suele decir, y eso me hace dudar. ¿Y si de verdad no le estoy dando su lugar? Siempre he querido mantener a los niños al margen, porque bastante tienen con atravesar una separación.

Al mismo tiempo, me gustaría que se conocieran y poder hacer planes juntos. Sé que Yago sería un buen padre y me apetece dar un paso más, aunque antes necesito tantear a los niños y comprobar si están preparados.

Estoy tan confundida que necesito parar y pensar en mí, en cómo me gustaría pasar la Navidad si pudiera elegir sin condicionantes. Buscar mis propias respuestas. No tardo mucho en encontrarlas. Quizá así consiga, por fin, que sienta que le doy su lugar.

En cuanto Lucas y Chloe caen rendidos, marco el número de Yago, decidida a contarle lo que he estado pensando. Al descolgar noto que su enfado ha bajado de intensidad, aunque sigue molesto.

—Amor, he estado pensando una cosa. Creo que ha llegado el momento de que conozcas a Lucas y a Chloe. Me gustaría planear un encuentro con ellos, si te parece bien —le digo sin rodeos.

Yago se queda en silencio. Creo que le ha pillado por sorpresa.

—¿En serio, Cata? Nunca te lo he pedido, en estas cosas siempre he dejado que marques tú el ritmo.

—Es algo que he estado pensando estos días. ¿Te parece bien?

—Pues sí. ¡Me encantaría! ¿Cómo es que te ha dado por ahí?

—¿Te hace ilusión, entonces? —le digo esquivando la pregunta. Su enfado se va diluyendo y el nudo entre nosotros afloja.

—Mucha, amor, jolín… Eso sí me hace sentir ROCA —exclama, más cariñoso—. ¿Cuándo quieres hacerlo?

—Pues acaban de empezar las vacaciones de Navidad, así que mañana puedo llevarlos a dar una vuelta por la playa y los conoces.

—¡Vale, genial! Jo, estoy nervioso… —confiesa—. ¿Y a ellos qué les dirás?

—De momento, que eres un amigo.

—Me parece bien. Podéis venir al paseo marítimo y que se traigan el patinete; esta zona es ideal para que corran.

—Estupendo, aunque lo que más les va a flipar será la furgo, te aviso.

—Me tendrás que ayudar, Cata, no he tratado nunca con niños y les quiero caer bien.

—Claro que sí. Lo tienes chupado, ya lo verás. Les vas a encantar.

Al día siguiente quedamos a las cinco en el Paseo Marítimo de Sitges. Yo sigo removida por lo ocurrido en los últimos días. Reconozco conductas de Yago que no quiero pasar por alto. Sé que sufre y me duele verlo así, pero necesito que conozca mis límites.

Lucas y Chloe salen del coche disparados con sus patinetes hacia la playa. Se adelantan unos metros y se pierden corriendo. Lucas va primero, como un bólido; Chloe zigzaguea detrás mientras yo los observo desde la distancia.

A lo lejos, veo a Yago salir de la furgoneta y, de manera espontánea, interceptar a los mellizos en sus patinetes.

Mi corazón da un vuelco cuando lo veo hablar con ellos.

No puedo creer que esté sucediendo. Los tres me miran, sonriendo, esperando a que los alcance.

Yo suspiro profundo y respiro hondo. Qué intenso todo.

Yago vuelve a mirarme con esa expresión amorosa que tanto he echado de menos.

—Veo que ya os habéis conocido —digo cuando los alcanzo—. Amores, este es mi amigo Yago, del que ya os he hablado.

—Tenía muchas ganas de conoceros a los dos —dice Yago haciendo gala de su encanto innato.

Lucas y Chloe sonríen.

—Mi mami nos ha dicho que vives en una furgoneta —dice Chloe emocionada.

—Sí. ¿Queréis verla por dentro?

—¡Sííí! —contestan al unísono, dando saltitos.

Yago abre la puerta lateral y los niños se asoman impacientes.

—Hala, ¡qué chulo! —exclama Chloe, que observa la cantidad de cosas y cachivaches que cuelgan del techo.

—¿Y dónde cocinas? —pregunta Lucas.

—Mira, aquí tengo el fuego —responde levantando la tapa de la encimera—. Está un poco escondido, es un compartimento secreto —añade guiñándole un ojo.

—Me ha dicho mi madre que tienes una bici debajo de la cama —sigue Lucas, intrigado.

—Está aquí —dice Yago levantando la tela.

Los niños se estiran en la cama mirándolo todo, disparando preguntas: el lavabo, la ducha, la nevera, la ropa. Yago contesta a todas con paciencia. Para no ser niñero, se le da bien. Muy bien.

Chloe se sienta al volante y simula conducir. Lucas se coloca de copiloto y empiezan a cantar. Cuando intento calmarlos, Yago me hace un gesto: déjalos.

—Parece que tienen alma furgonetera —bromeo.

—¿Os gustaría venir un día de camping? —les pregunta.

—¡Sííí! —responden a coro.

Salimos a por un helado y Chloe le coge la mano. Lucas avanza a su lado con el patinete. Los observo desde atrás, todavía incrédula.

En la playa, Yago construye un castillo de arena con ellos mientras yo los miro desde la orilla. Tiene un don natural. Es una pena que haya descartado tan rápido la idea de ser padre.

Cuando se sienta a mi lado, nos miramos en silencio. En su mirada lo leo todo: perdón, gracias, te quiero, luego hablamos.

—Son fantásticos, Cata. Me encantan.

De vuelta en el coche, Lucas me mira desde el asiento de atrás.

—Mami, Yago me ha encantado. ¿Cuándo hacemos el pícnic?

Me lo tomo como una señal de que voy por el buen camino.