Lo que no se ve Capítulo XIX
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Capítulo XIX

XIX

En quince minutos empieza la reunión con Adriana y no llego a tiempo. Subo al coche y le escribo por WhatsApp para avisarla de que me retraso y necesito treinta minutos más. Me responde que no hay problema y que nos conectamos por Zoom a las once. Respiro. Todavía tengo cuarenta minutos.

Conecto mi móvil al coche y suena Tom Odell, «Don’t Be Afraid of The Dark».

En cuanto arranco, me echo a llorar. Toda la tensión acumulada sale como un torrente que no puedo frenar.

Al llegar a casa, me doy una ducha rápida y me detengo frente al espejo.

De ninguna manera puedo hacer la reunión con esta cara.

Después de ponerme corrector, polvos y colorete, procuro poner en pausa el conflicto con Yago y concentrarme en la reunión.

Adriana me confirma que el concepto de violencia invisible le resulta muy atractivo y que va a intentar conseguir entrevistas en televisión, radio y prensa para dar visibilidad a la exposición.

Además, moverá el evento entre influencers del sector para atraer a algunos de ellos el día de la inauguración.

Tengo ganas de contarle a Yago que la exposición saldrá en los medios, pero me contengo. Sé que no es el momento. Conociéndole, seguirá enfadado y cambiar de tema con una buena noticia mía no ayudaría.

Miro el móvil. No me ha escrito. En mi cabeza resuena su última frase: «Así no puedo seguir». La angustia crece y me pongo en lo peor. Sé que me costará concentrarme el resto del día.

A las dos de la tarde no puedo más y le escribo, pero no lo lee.

Media hora después lo llamo y tampoco responde.

Doy tumbos por la habitación sin saber qué hacer.

Abro un cajón, lo cierro; miro el móvil, nada; lo dejo boca abajo, me lo guardo, lo saco otra vez.

Me froto las manos, me siento, me levanto.

El nudo en el pecho sigue ahí. Solo una idea insiste: tengo que hablar con él.

A las cuatro, justo cuando cojo las llaves para ir a buscar a los niños al colegio, suena el teléfono. Es Yago.

—Hola cariño, ¿cómo estás? —pregunto, conteniendo la respiración.

—¿Cómo quieres que esté? —responde de mal humor—. Mal.

—Yago, lo siento, de verdad. Ya te he dicho que Nacho no va a venir. ¿Por qué estás tan enfadado?

—Joder, Cata, ¿otra vez? ¿En serio? —Yago resopla.

Vacilo un momento sin saber qué decir porque tengo la sensación de que haga lo que haga voy a empeorar la situación. Ambos nos quedamos en silencio unos segundos.

—Mira, Cata, es igual. No quieres hablar, ¿verdad? Pues nada, ya hablaremos —dice tajante.

—Yago, no seas tan borde. Es que no sé qué decirte, y tú tampoco me lo pones fácil…

—¿Quieres que te diga algo? Que me siento una mierda.

Que yo te pongo la alfombra roja y te trato como una reina para que luego tú actúes como si no existiera.

Que soy un pringado y no pienso sentirme más así.

Si tú vas de este palo, yo también, porque o jugamos los dos a lo mismo, o hay jerarquía.

Y ya sabes que eso es violencia, ¿verdad que siempre lo dices?

Pues aplícate el cuento un poco, Cata. Porque tanto hablar de violencia invisible y luego tú haces lo mismo.

No te das cuenta de que es tu sombra, pero tú también lo haces y por eso lo proyectas en tus cuadros.

Claro, tú te crees que, como yo no tengo estudios ni expongo ni pinto ni nada, soy un cero a la izquierda, pero no es así.

Ya sabes que me encanta lo que pintas, pero no nos engañemos, al final pintar puede hacerlo cualquiera si sabes vender la idea.

Yo de tonto no tengo un pelo y no me gusta que me tomen por idiota.

Tenía que haberme dado cuenta al principio, pero ahora he abierto mi corazón y lo he puesto en tus manos.

Me habías dicho que podía confiar en ti y me has traicionado.

Claro, ahora que me tienes pillado puedes permitirte el lujo de jugar conmigo, ¿verdad?

Ahora que conoces mis vulnerabilidades las utilizas contra mí.

No, si en realidad no estoy enfadado contigo, estoy cabreado conmigo por dejarme liar desde el principio a pesar de que todo me indicaba que todavía no habías pasado página.

Tendría que haber puesto fin a nuestra relación en cuanto vi que Nacho iba a Ibiza —vomita Yago, marcándose un monólogo desordenado.

Enlaza una frase con otra sin que yo pueda responder. Intento interrumpirle varias veces, pero su ensalada de palabras interminable y su vehemencia me lo impiden.

Aquella fue solo la primera de muchas ensaladas de palabras que vendrían después, capaces de durar horas.

Yago era experto en usar la verborrea para despistar, confundir y desarmar mi lógica.

Hablaba con una seguridad aplastante, como si estuviera diciendo verdades irrefutables, pero su discurso estaba vacío.

Al terminar, me había dicho tantas cosas que no sabía por dónde empezar a desmontarlas.

Discutir se volvía imposible. Yo acababa exhausta y todavía más confundida.

Con el tiempo entendí que nada de lo que hiciera serviría para frenar esos ataques. Ahora veo que fue entonces cuando empecé a rendirme y a aceptarlos como parte de la relación. Así fue como empecé a ceder mi poder.

De camino al colegio, Yago sigue con su retahíla de reproches y no me atrevo a colgar, aunque ya hace rato que he perdido el hilo. Sé que empeoraría la situación.

—Pero, claro, ahora ya estoy enganchado y me tienes enamorado perdido.

Por eso lo que haces es jugar conmigo, o, peor, reírte de mí.

Esto va a cambiar, ya te lo digo. Todos los esfuerzos que hago para que te sientas bien y segura conmigo se van a acabar.

Y no me digas que estoy reculando, porque yo no lo quiero hacer, me estás obligando tú.

Yo tendría otro tipo de relación, ya lo sabes.

Sus palabras me hieren profundamente. Reprimo el llanto para no montar una escena delante del colegio.

Pienso que es imposible que todo este conflicto sea gratuito y empiezo a creer que hay algo que estoy haciendo mal, aunque no logro ver qué.

Quiero entender por qué vive de forma tan dramática mi relación con Nacho.

¿Y si lo que yo percibo como sano no lo es?

¿Y si tiene razón y no le estoy dando su lugar?

Yago fue sembrando la duda en mí y poco a poco empecé a cuestionar mi propia percepción de las cosas. Sin darme cuenta, dejé de confiar en mi mirada para empezar a ver las cosas desde la suya. Fui cediendo espacio, pensamiento y criterio hasta diluir mi individualidad.

Lucas y Chloe me saludan desde sus respectivas filas.

Les doy un beso a cada uno y les hago una señal para ir hacia el parque mientras acabo de hablar.

Salen corriendo detrás de sus amiguitos y yo sigo escuchando el monólogo incesante de Yago dando vueltas a lo mismo.

El problema cada vez se hace más grande, y las posibilidades de solucionarlo son cada vez más pequeñas, aunque yo sigo intentándolo.

—Esto es lo que siempre me ha hecho mi familia, Cata: rechazarme, humillarme y ningunearme. No pensaba que también fueras a caer en lo mismo. Pero, te aviso, no voy a hacer el tonto ni un minuto más.

—Cariño, siento que lo veas así y ya no sé qué más decirte. ¿Podemos hablarlo mañana en persona? Por teléfono es más difícil y hace ya veinte minutos que Lucas y Chloe han salido del colegio, voy a darles la merienda.

—Sí, claro, atiéndelos, luego hablamos —me responde seco.

— Aroha —digo intentando acabar bien la llamada.

Me cuelga sin decir nada más y la congoja crece mientras el conflicto se alarga.

Intento apartarlo de la cabeza mientras estoy con los mellizos.

Me esfuerzo por concentrarme en los deberes, la merienda, el uniforme perdido de Lucas.

Pero mi mente vuelve una y otra vez, como un imán torcido, a la conversación con Yago.

Chloe me mira mientras se toma la leche con esa fijeza que a veces me incomoda.

—Mami, ¿estás enfadada?

—No, cariño. ¿Por qué?

—Tienes cara de estar enfadada.

—Estoy cansada, que es distinto.

Me mira un segundo más, sin terminar de creérselo, y vuelve a su merienda.

Saco las galletas del táper, pero no recuerdo si alguien me las ha pedido. Me quedo mirando al vacío con el brik de zumo en la mano, perdida en mis pensamientos, y los niños me llaman dos veces antes de reaccionar. Una punzada de rabia me atraviesa.