Capítulo XVIII
XVIII
Salgo de casa apresuradamente tras asegurarme de que tengo todo lo que necesito en mi minúsculo bolso de fiesta. Entro en el coche, me quito los tacones para conducir y le mando un mensaje fugaz a Yago diciéndole que luego nos vemos.
Cuando llego a Chez Bruno, Ángela, Julieta y Mariona ya charlan animadas, cada una con un cóctel en la mano.
De los taburetes cuelgan las bolsas del amigo invisible.
Este año el restaurante lo ha elegido Julieta, la más gourmet del grupo, que ha cerrado un menú especial para nosotras.
En el segundo plato, Julieta anuncia que va a pasar la Navidad en Andorra con Mario, su exnovio.
Las tres la miramos con expresión extraña y ella sonríe como si ya supiera lo que vamos a pensar.
Llevan años sin ser pareja, pero su relación siempre ha sido especial. Ni celos ni reproches ni tensión. Lo suyo es una amistad tan sólida que a veces cuesta entender.
—No hay nada raro, lo sabéis —se defiende, aludiendo a nuestras caras.
Y tiene razón. A estas alturas ya estamos acostumbradas a sus cenas conjuntas, sus planes compartidos y su complicidad natural.
—¿Y cómo dormís cuando vais a un hotel? —le pregunto.
—¡Cómo vamos a dormir! Juntos. Ya sabes que Mario es como mi hermano. Lo quiero mucho, pero nunca pasaría nada entre nosotros.
—¿Y si el día de mañana tienes una nueva pareja y no entiende tu relación con él? —continúo, intentando sonar natural.
—Pues el problema lo tendría mi nueva pareja, Cata, porque Mario ya forma parte de mi vida y no voy a dejar de verle porque a una persona nueva le genere incomodidad —sentencia.
—Pero lo más normal es que se sintiera inseguro, ¿no? Quiero decir, ¿lo sano no sería priorizar la relación con tu pareja y evitar aquellas cosas que le pudieran hacer daño? —insisto.
—Sí, hasta cierto punto —contesta Julieta con su firmeza habitual—.
Es válido tener inseguridades, pero, si no están basadas en una realidad, creo que cada uno debe gestionarse sus movidas sin imponer nada al otro.
La relación entre Mario y yo es muy sana y no pienso sacarlo de mi vida.
La persona que esté conmigo tiene que poder entenderlo.
Todas asienten entre risas y brindis, como si lo que acaba de decir fuera lo más obvio del mundo. Yo sonrío también, casi por inercia, pero noto cómo mi espalda se apoya un poco más en el respaldo de la silla y algo se me revuelve por dentro.
—Vale —continúo —, pero, si tu nueva pareja tiene heridas por experiencias pasadas que afectan a la relación, ¿no crees que se debe tener en cuenta?
—Yo, a estas alturas, Cata, pido confianza y que la persona que llegue a mi vida no me imponga sus reglas. Si no le gusta lo que hay, seguramente no es para mí —determina Julieta.
—Yo pienso lo mismo —interviene Ángela—. La confianza es fundamental.
Mariona piensa lo mismo. Sin embargo, a mí hay algo que me chirría. Actuar de una forma que, a sabiendas, avive las inseguridades de tu pareja, ignorando su dolor, no me parece sano ni amoroso.
Durante un rato permanezco callada, intentando encajar dos ideas que parecen antagónicas. Procuro seguir la conversación, pero una ansiedad inesperada invade mi estómago. No es solo por lo que hemos dicho, es algo más que no sé explicar. Es como si algo no estuviera bien.
Saco el móvil con disimulo y veo un mensaje de Yago:
Disfruta mucho de la cena. Luego te espero en la furgo para dormir abrazados. Te amo
Sonrío sin darme cuenta. Siento que algo dentro de mí se afloja, como si me hubieran quitado un peso de encima. Bajo el móvil con la misma sonrisa aún dibujada en los labios y vuelvo a la conversación con las chicas, un poco más presente que antes.
Al acabar, Julieta se despide tras disculparse por no poder tomar la última copa, pero al día siguiente tiene que madrugar.
Ángela también tiene trabajo a primera hora, así que, ante este panorama, Mariona y yo decidimos irnos también a casa.
Aviso a Yago de que voy de camino, pero no responde.
No sé por qué, pero el nudo en el estómago sigue ahí.
Solo sé que necesito verle con urgencia.
Aparco delante de la furgo y doy un par de golpes suaves en la puerta.
No hay respuesta. Tampoco oigo ningún ruido dentro.
Miro el móvil: no ha leído mi mensaje. Son apenas las once y media y me sorprende que ya esté dormido.
Opto por llamarle por teléfono y, tras varios tonos, contesta con voz somnolienta.
Le digo que estoy fuera y, al cabo de unos segundos, abre la puerta con aire aturdido.
Le pregunto si estaba durmiendo. Responde que sí y vuelve a la cama sin decir nada más.
El recibimiento me deja fría. He venido hasta Sitges para estar con él y ni siquiera me da un beso.
Me pongo el pijama, me lavo los dientes y me meto en la cama sin ganas de dormir.
Yago me da la espalda. Lo abrazo por detrás buscando su calor, pero no reacciona.
La angustia no se va; al contrario, crece.
Doy vueltas a la conversación con las chicas hasta que me quedo dormida.
Me despierta el ruido furioso de la cuchara contra el vaso mientras Yago se prepara el ColaCao. Compruebo con tristeza que hoy tampoco se queda conmigo en la cama como otras veces.
—Buenos días, cariño. ¿Te he despertado? —me pregunta sorbiendo su taza.
—Es difícil no hacerlo en un espacio de dos metros cuadrados —contesto bromeando—. ¿Por qué no vuelves a la cama conmigo?
—Tengo hambre, amor. Ya sabes que cuando me levanto necesito comer.
—Lo sé, pero te echo de menos. Ayer venía con ganas de verte —le digo en tono sugerente.
—Ya… Es que ayer estaba agotado. Tuve un día duro. ¿Tú qué quieres para desayunar? ¿Qué te preparo? ¿Quieres un café?
—Sí, porfa —contesto resignada.
No tardo en levantarme, porque esta mañana tengo una reunión importante con Adriana, una agente de comunicación que me va a ayudar con la difusión de la exposición en los medios.
Durante el desayuno noto a Yago muy serio. Se queja de estar aburrido, de no tener nada que hacer y de no poder surfear porque el tiempo no acompaña. Dice estar haciendo tiempo hasta que sea mi exposición, pero está deseando irse.
—Además, he decidido que esta Navidad voy a pasarla solo. A ver si así mi familia aprende a cómo tratarme.
—¿Seguro, con tu madre recién operada?
—Me sabe mal por ella, pero sí —responde con un tono que me descoloca—. Oye, ¿al final quiénes vais a ser vosotros?
—Mis padres, mi hermano, algunos tíos. Unos diez, más los niños.
—¿Y tu ex?
Trago saliva.
—Nacho no va a venir.
—¿Lo has decidido por mí o porque tú también lo sientes así? —continúa inquisidor.
—No me parece bien que él esté cuando tú no eres bienvenido.
—Y, si yo fuera bienvenido, ¿entonces sí le invitarías?
Tengo la sensación de que, haga lo que haga, acabaré en un callejón sin salida.
—Depende, primero lo hablaría contigo.
—Joder, Cata, ¿en serio? —eleva la voz—. ¿Qué te parecería si yo invitara a Carla en Navidad? ¿Lo verías igual?
—No es lo mismo, él es el padre de mis hijos.
—¡Siempre la excusa de los niños! Si le dices que no venga solo porque sabes que me voy a enfadar, no me vale. Tiene que salir de ti. Yo nunca te haría esto. Tú tienes el camino despejado y yo siempre estoy en segundo lugar.
—Hago todo lo que puedo para que sientas que te doy tu lugar.
—¿Ves alguna mujer a mi alrededor? ¿Alguna ex? ¿Te excluyo de algún plan? Yo te doy tu lugar. Tú a mí no. Lo mismo de siempre.
—Mira, no sé por qué estamos discutiendo. Nacho no va a venir en Navidad, ya te lo he dicho. No sé cuál es el problema.
—El problema es que continuamente tengo que luchar por mi espacio. Y me estoy cansando, te lo advierto.
Su advertencia suena a amenaza y me deja sin palabras.
—Mira, conozco mujeres que dejan a su marido, se divierten con otro que les dé un poco de aventura y emoción y luego vuelven con él. ¿Cómo sé que tú no estás haciendo lo mismo?
Me quedo muda.
—¿De verdad piensas que estoy haciendo eso? Porque, si es así, no me conoces en absoluto —le digo desconcertada.
—Dime, ¿dónde van a abrir los niños los regalos de Reyes?
—En mi casa, están conmigo.
—Ya, pero ¿y su padre qué? ¿Se lo va a perder?
—Pues no lo he pensado todavía, pero seguro que los niños prefieren que estemos los dos. Es lo normal.
—¡Lo ves! No, Cata, no… Lo normal es lo que hacen todas las familias divorciadas. Hay regalos en la casa de mamá y otros regalos en la casa de papá, y todo se hace por separado.
—Esta discusión no tiene sentido, Yago. Nosotros lo único que queremos es hacer lo mejor para los niños. Si la gente lo hace por separado es por su incapacidad de llevarse bien.
—Claro, ¡nosotros, dices! ¿Y yo qué? Joder, Cata, ese es el puto problema.
Después de media hora discutiendo, me tengo que ir. La angustia de ayer no ha hecho más que ir en aumento. Comprendo su inseguridad y me duele que se sienta así. Nada de lo que hago o digo le hace entrar en razón.
—Tengo que marcharme, pero no quiero irme así. ¿Podemos arreglar esto ahora?
—¿Qué quieres arreglar si el problema es que no me das mi lugar?
—Eso no es verdad, y no sé qué más decirte que no te haya dicho ya.
—Es igual, Cata, vete, ya seguiremos hablando luego. No lo vamos a solucionar ahora, pero que sepas que yo así no puedo seguir.
—¿Qué quieres decir? —pregunto, asustada por el tono que ha utilizado.
—Pues que esto ya se ha repetido demasiadas veces. Ya lo hablaremos, ahora te tienes que ir —repite con frialdad.
Sus palabras se me clavan como aguijones y mi ansiedad sube a nivel diez. Lo que acaba de decir suena a ultimátum.