Capítulo XVI
XVI
Este año, organizar la Navidad se me está haciendo cuesta arriba. Entre Nacho, los niños y Yago, todo parece requerir una negociación constante. A eso se suman los preparativos de la exposición, que absorben casi todo mi tiempo y mi energía.
En otras circunstancias habría invitado a Nacho a pasar la Nochebuena con nosotros y con los niños.
No sería extraño ni conflictivo. Pero sé que a Yago no le haría gracia, y esa certeza me frena.
Me descubro dudando de algo que, desde mi mirada, es sencillo.
Pero quiero pensar que el amor también consiste en cuidar al otro y a sus miedos para que se sienta seguro.
Quiero que Yago sienta que le doy su lugar.
Decido dejar mis reflexiones para otro momento porque tengo trabajo que terminar antes de ir al hospital. Esta tarde operan a la madre de Yago, y ha salido temprano para pasar un rato a solas con ella.
A media mañana, al terminar la clase de las once, Yago me llama por sorpresa desde el hospital. En la pantalla aparece junto a su madre, explicándole cómo hacer para poder verme.
—Mira, mamá, te presento a Catalina —dice señalando a la cámara—. ¿Verdad que es guapa?
Me debo de estar poniendo roja como un tomate, porque la cara de repente me arde. Con el moño mal puesto, la bata llena de pintura y sin maquillar, seguro que no debo de estar demasiado favorecida. Yago y sus llamadas inesperadas…
—Tiene mucha luz, hijo —dice sonriente.
—Gracias, Carmen. Acabo de salir de clase —respondo mientras me apresuro a borrar algunas marcas de pintura que tengo en las manos—. ¿Cómo estás? ¿Cómo llevas el preoperatorio?
—Bien, muy bien. Estoy tranquila. Yo lo pongo todo en manos de Nuestro Señor y confío.
—Pues esta es la mejor actitud para entrar en el quirófano —digo convencida—. Yo también te mandaré luz esta tarde.
—Ay, gracias, Catalina. En realidad, esto es lo único que necesito. Y, mira, si no tiene que salir bien, pues por algo será. Ah, y, por cierto, me parece perfecto que vengas esta tarde, así te conozco en persona.
—Gracias, Carmen, allí estaré. Deseo que todo vaya muy bien. Nos vemos luego.
Su madre se despide y Yago vuelve a ponerse al aparato.
—Amor, ahora que estábamos solos me apetecía llamarte y fardar de novia. Como no hay muchas oportunidades de que os encontréis y hoy estará bajo los efectos de la anestesia, he pensado que era un buen momento. Espero que no te haya molestado.
—Está bien, cariño, pero avísame porfa para la próxima vez y así me preparo.
Yago se ríe y añade:
—Amor, estás preciosa. Eres preciosa. Aroha .
Aparco el coche en el aparcamiento y aviso a Yago para que baje a buscarme. Su madre ya ha entrado en el quirófano y están esperando noticias. Estoy nerviosa. Él también lo está, pero no por lo mismo que yo. Ha visto a su padre por primera vez en meses y este lleva todo el día ignorándole.
Me coge de la mano y subimos a la habitación, ahora vacía. Dejo mis cosas en la silla de la entrada y, como aún queda una hora antes de que la suban a planta, bajamos a la cafetería para hacer tiempo.
Mientras avanzamos por el pasillo, un hombre sale del ascensor y se dirige hacia nosotros. Rondará los setenta, lleva una camisa azul y pantalón de pana gris y camina con aire hosco, como enfadado con la vida. Yago me da un codazo y noto que su rostro se ha endurecido ligeramente.
—Es mi padre —me susurra con disimulo.
Mi cuerpo se tensa ante el inevitable encuentro en el centro del pasillo.
A medida que se acerca, la dureza de su expresión se vuelve más evidente.
Se detiene frente a nosotros y me observa de arriba abajo con una mirada que no dice nada y, a la vez, lo dice todo.
Sus ojos se clavan en mí y la incomodidad me invade. No logro descifrar qué está pensando.
—Papá, te presento a Catalina —balbucea Yago.
Su padre me lanza un escueto «hola», antes de volverse hacia Yago. Sin apenas mirarme, le pregunta si hay noticias del médico. Yago niega con la cabeza, y, sin esperar más respuesta, el hombre pasa de largo, encaminándose hacia la habitación con pasos lentos.
Una extraña sensación me recorre el cuerpo. Me desconcierta experimentar en carne propia la frialdad y la indiferencia de la que Yago siempre me ha hablado.
—Siento la mala educación de mi padre, cariño. No te lo tomes personal, él es así con todo el mundo —dice una vez sentados en la cafetería.
De repente, Yago gira la cabeza sutilmente como si quisiera esconderse de alguien y murmura:
—No mires hacia la puerta.
Pero ya es tarde. Su hermano y su mujer nos han visto y caminan directamente hacia nuestra mesa con determinación.
—¿No nos la vas a presentar, hermanito? —dice en tono burlón.
—Claro —responde Yago, que intenta disimular su agobio—. Ella es Catalina. Cata, te presento a Sergio y a Laura.
Ambos me tienden la mano con educación y yo les devuelvo una obligada sonrisa.
Cristina, la otra hermana, ha pasado de largo y ha subido directamente a la habitación.
Luego nos informa de que el médico ha llamado para decir que la operación ha sido un éxito.
Parece que en breve subirán a su madre de reanimación.
La noticia los ha tranquilizado a todos.
Nos levantamos casi al unísono y, sin intercambiar más palabras, nos dirigimos hacia el ascensor. Mientras ellos charlan de banalidades, yo disimulo mi incomodidad mirando el móvil.
La familia espera dentro de la habitación mientras Yago y yo lo hacemos en el pasillo.
Laura sale varias veces a hablar por teléfono, ignorando sistemáticamente nuestra presencia.
La hostilidad es evidente, aunque Yago parece acostumbrado a este trato.
Sin embargo, me susurra que está feliz de tenerme ahí y que mi presencia le hace todo más fácil.
Cuando por fin suben a su madre a la habitación han pasado casi dos horas desde que llamó el médico.
Aunque Yago insiste, yo prefiero retirarme y esperar en la salita.
Mi mente intenta procesar todo lo que he vivido esta tarde.
La actitud y hostilidad de nuestras familias no tendrían sentido sin la historia de la isla de Pascua que nos contó Ángela.
Aunque ellos la desconocen por completo, también la sienten.
El sonido de la puerta al abrirse me saca de mi ensoñación.
Yago aparece con el rostro algo más relajado.
«Nos vamos», dice. Su madre necesita descansar.
De camino a Sitges, me pregunta qué impresión me ha dejado su familia. No puedo mentirle. La hostilidad de sus hermanos, la frialdad de su padre, la indiferencia general… Lo que más me duele es ver cómo lo tratan a él.
Mientras conduce, imagino la infancia que tuvo y el poco afecto que recibió. Casi sin darme cuenta, siento el impulso de protegerlo, de darle lo que nunca tuvo.
Ya en la furgo, Yago me envuelve en un abrazo.
—Sabes lo que ha significado que hoy estuvieras conmigo, ¿verdad? —me susurra.
—He entendido muchas cosas. Siento tanto cómo te tratan…
—Shhh —dice poniendo el dedo en mis labios—. Estas son las cosas que más me gustan de ti, Cata. Que sientes tuyo lo que es mío.
Apaga la luz, deja encendida una vela y me lleva hacia la cama.
—Tenía miedo de que te fueras al ver cómo me trata mi familia —añade—. Pero no solo te has quedado, sino que me has cuidado como nadie lo había hecho antes.
No hay más palabras. Solo calor, oscuridad y la sensación de habernos desnudado por dentro.
—Lo quiero todo contigo —murmura después—. Quiero estar siempre juntos.
Y yo le creo.
—Y yo, cariño.
Yago sonríe y me mira fijamente a los ojos.
—¿Quieres que te confiese una cosa?
—Claro —le digo—. Esto se pone interesante.
—Pues… A ver, no te rías, ¿vale? Pero estoy tan bien que contigo sí me plantearía tener un hijo. Es decir, no lo vamos a tener porque ya está hablado y tú ya tienes a los mellizos, pero, en un mundo de fantasía, te aseguro que me encantaría tener un hijo de los dos.
Doy un brinco, me incorporo en la cama y lo miro con incredulidad.
—¿Me lo estás diciendo en serio? ¡Pero si prácticamente eres alérgico a los niños! —le digo soltando una carcajada.
—¡Hala, Cata!, ¡qué exagerada! Eso no es verdad. Tus hijos me encantan, aunque no los conozca todavía.
—¿Y qué ha pasado para que cambies de opinión?
—Contigo todo es diferente. Nunca me había topado con una conexión como la nuestra, y eso me ha despertado la curiosidad por ser padre. A veces fantaseo con la idea de cómo sería tener un hijo de los dos. ¿Tú no lo has pensado nunca?
—Cariño, me halaga mucho que digas esto. Un hijo de ambos sería increíble, pero se va a quedar en una fantasía, te lo garantizo.
—He estado pensando que seguramente no he querido ser padre por miedo a ser como el mío, pero a mí los niños me gustan y se me dan bien.
Y lo más increíble es que tú me vas a dar la oportunidad de tener una familia, algo a lo que ya había renunciado.
Obviamente, tus hijos ya tienen padre, pero puedo estar con ellos desde otro lugar.
¡Para mí sería un placer y un privilegio!
—Guau, esto no me lo habías dicho nunca. Qué bonito, cariño —exclamo emocionada.
—Si es que me tienes loco, amor. Estoy a tus pies, ¿no lo ves? ¿Qué más necesitas? ¡Si hasta me has hecho desear ser padre!
Son las dos de la mañana. Una vez más, se nos ha vuelto a hacer tarde. Mañana tengo que madrugar, pero no me importa. Nunca me había sentido así, y ahora me doy cuenta de lo mucho que lo necesitaba. Yago es casa.