Lo que no se ve Capítulo XV
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Capítulo XV

XV

Durante un fin de semana mágico de acampada en los Pirineos, todo vuelve a su sitio. Siento el aire fresco de la montaña en mi piel, y el sonido suave de los árboles moviéndose con la brisa parece resonar en mi interior. Tras semanas intensas, necesitaba este paréntesis.

Apuramos los últimos minutos tomando el sol en las sillas de camping.

La luz es suave y nos regala esos momentos postreros de paz antes de que la realidad nos llame de nuevo.

Yago está a mi lado, con la mirada perdida en el horizonte.

Mis ojos se cierran un segundo para disfrutar de la calidez del sol en mi rostro y el silencio de la montaña que nos envuelve. El tiempo, por un instante, no existe.

Bebo el último sorbo de café y observo a Yago recostado en la silla.

Lleva unos vaqueros rotos que le dan un aire rebelde, una camisa de leñador azul y el toque excéntrico de su sombrero de cowboy.

Su melena al aire y la barba de dos días le dan un aire salvaje.

Me resulta tan atractivo que no puedo apartar la mirada.

Sé que él lo sabe, y, sin que me lo espere, me lanza un beso al aire.

Justo en ese momento, su móvil suena. Frunce el ceño, como si no esperara ninguna llamada en este momento.

—Es mi hermana —dice antes de contestar.

A medida que la conversación avanza, su rostro va oscureciéndose poco a poco. Su tono transmite una inquietud que no puedo ignorar. No logro captar lo que pasa, pero algunas palabras flotan en el aire: médicos, fechas, operación. Empiezo a preocuparme.

Cuando cuelga, mi mirada interrogante se clava en él con urgencia.

—Es mi madre. Le han diagnosticado un cáncer —me cuenta con la voz quebrada por la preocupación—. El viernes le dieron los resultados y la operarán de urgencia la semana que viene. No sabía nada, no la he visto en semanas.

Sus palabras me dejan sin aliento por un instante.

—¿Cómo estás?

—Bueno, ya sabes que no creo en la enfermedad —responde esforzándose por reponerse del impacto de la noticia—. Es un estado mental, y si pienso en ella le doy más fuerza. Prefiero no hablar del tema y simplemente enviarle luz.

Su voz suena firme, pero hay algo en sus ojos que delata la inquietud que trata de esconder. Lo abrazo en silencio, sintiendo su cuerpo tenso.

—Amor, me gustaría que vinieras conmigo el día de la operación. Quiero presentarte a mi familia y que estés ahí conmigo —me pide de sopetón.

Su propuesta me coge por sorpresa.

—Por supuesto que estaré allí contigo, cariño.

—Significa mucho para mí, Cata. Quiero que mi familia te conozca y que vea lo increíble que eres.

—¿Y estás seguro de que no les incomodará? Es algo muy familiar…

—Se lo preguntaré, pero no. Mis hermanos llevarán a sus parejas, ¿por qué no voy a llevar yo a mi novia?

—dice, y hace una pausa—. De todas formas, quiero avisarte de algo: mi relación con ellos no es buena, ya lo sabes, pero hay más.

Con mi hermano mayor apenas tengo trato.

Y mi hermana Cristina me odia. ¿Por qué?

Es un misterio. ¿Tal vez porque le rompía las muñecas de pequeña?

Nunca lo he sabido. Ella es la que se ocupa de mis padres ahora, pero solo porque le encanta la pasta.

—No te preocupes por eso, pasa en todas las familias, en la mía también.

—Ya, pero tu familia se quiere; la mía no. Mi padre compite conmigo y siempre ha querido destruirme. Cuesta creerlo, pero cuando lo conozcas lo verás claro. Es muy triste contarte esto, pero quiero que lo sepas todo de mí.

Llegamos a Barcelona con retraso. La furgoneta no pasa de los ochenta kilómetros por hora y el viaje se hace eterno. Nacho me recibe con cara de pocos amigos, y con razón. Me disculpo varias veces, pero no parece ser suficiente.

Después de acostar a los mellizos, mientras preparo la ropa para el día siguiente, las imágenes del fin de semana vuelven a mi mente. Han sido unos días mágicos, con Yago es como estar en una luna de miel constante.

Justo entonces, el móvil pita.

Así me siento ahora después de estar todo el finde juntos. Feliz y eufórico. Con ganas de todo contigo

A continuación, me manda un enlace de «Rooster Blues», de Justin Johnson.

Pincho en la canción y, casi al instante, empiezan a llegar las fotos del fin de semana.

Me pierdo en ellas, envuelta por la música, mientras observo a Yago con su sombrero de cowboy y esa sonrisa que me derrite. Le mando un mensajito.

Escuchando tu música. Me encantan las fotos. Te quiero. Soy muy feliz

Pon esta ahora, cariño. Me encanta escuchar mi música contigo y sentir cuánto te amo (avísame para darle al Play)

La música vuelve a sonar y, de algún modo, nos conecta en la distancia. Durante media hora más seguimos sincronizados, enredados en esta melodía que parece la banda sonora de nuestra historia. Cada nota nos envuelve y hace que todo lo demás desaparezca.

El hechizo de Yago se había vuelto poco a poco una droga, un placer al que no quería (ni podría) renunciar. Sentía que ese era el lugar donde siempre había querido estar y no podía creer que, por fin, lo hubiera encontrado.