Capítulo XII
XII
Amanecemos con el cuerpo aún resentido por la falta de sueño.
Siento el brazo de Yago sobre mi hombro y su mano deslizándose lentamente hacia mi pecho.
Su piel, pegada a la mía, me enciende y me reconforta.
Me encanta despertarnos juntos y quedarnos en la cama, sin prisas, disfrutando de la intimidad de la mañana antes de desayunar.
—¿Te cuento un secreto? —susurra Yago en mi oído—. Antes de conocerte era incapaz de dormir con nadie, y mucho menos abrazado.
—¡Si has dormido conmigo desde el primer día!
—Lo sé, pero te juro que con mis ex nunca pude hacerlo. Con Greta incluso dormíamos en habitaciones separadas. Me pidió mil veces que durmiera con ella, pero no podía. Necesitaba mi espacio. Ya sabes, apego evitativo.
—Ostras… Pues sí que has cambiado…
—Sí, pero es por ti. A Carla incluso llegué a decirle que roncaba para poder dormir solo.
—¿De verdad? No sé cómo lo aguantaron.
—Supongo que porque me querían, pero contigo es distinto. Dormir contigo me sienta genial, por eso lo veo como una señal —dice acercando sus labios a los míos.
—¿Señal de qué?
—De que eres mi alma gemela. Si algunas vieran cómo te trato, alucinarían. No me reconocerían.
—¿A qué te refieres?
—A que ahora he cambiado, pero en el pasado hice cosas de las que no me siento orgulloso.
—¿Como por ejemplo?
—Como, por ejemplo, ser infiel. —Parpadeo un par de veces intentando digerirlo—. Cata, eso fue hace mucho y a ti no te lo haría ni de coña —añade besándome en los labios.
—¿Por qué lo hacías?
—Para no sentir. Era mi forma de desconectarme y que no me hicieran daño.
—Yo sería incapaz de hacerle daño a alguien a quien quiero. Es la regla número uno del amor.
—Yo ahora lo veo como tú, pero en ese entonces no era consciente. Además, a mí también me lo hicieron.
—¿Quién?
—Greta, por ejemplo. Quedó una noche con su ex y le pillé un mensaje. Me juró que no pasó nada, pero no la creí y perdí la confianza en ella. Eso hizo que desapareciera la magia y la relación acabó unas semanas más tarde.
—¿Y estás seguro de que te fue infiel?
—Bueno, ella lo negó siempre, pero la duda hizo que algo se rompiera.
Me suplicó que no la dejara y yo intenté recuperar lo que sentía, pero no pude.
Piensa que yo siempre he querido ser ROCA y vi que con ella no podía.
Después de seis años me costó dejarla, y sé que le hice mucho daño, porque enseguida empecé otra relación.
Me llamaba desesperada para que volviera.
Lo pasé mal, pero tuve que mirar por mí.
Hoy en día, todavía me manda regalos por Navidad.
—¿Greta es la que te comenta las fotos de Instagram?
—Sí, pero le voy a pedir que deje de hacerlo por respeto a ti.
—Hombre, no me hace ilusión, pero tampoco pasa nada.
—Igualmente, se lo diré. No es plan que yo te pida tener el campo despejado con Nacho y luego Greta esté todo el rato comentando mi Insta. Hace once años que lo dejamos. Debería superarlo ya.
No sabría decir exactamente por qué, pero algo en esta historia me revuelve por dentro.
—Beatriz también me puso los cuernos. Fue una vez que discutimos fuerte y ella se fue a casa de unos amigos a hacer escalada mientras nuestra relación pendía de un hilo. ¿Ves lo que te digo de ser ROCA?
—Pero ¿cómo sabes que te fue infiel?
—A ver, Cata, blanco y en botella. La conozco, y ella no es como tú. No soy tonto. Fue una forma de castigarme.
—¿Y qué pasó luego?
—Cuando volvió, quedamos en una zona de la montaña que nos encanta, cada uno con su furgo, para intentar arreglarlo.
Pero, al ver que seguía en sus trece, volvimos a discutir.
Me enfadé tanto que la eché de la furgo.
A la mañana siguiente me levanté muy temprano y, aunque supongo que ella esperaba retomar la conversación, arranqué y me fui. Nunca más volví a verla.
—¡Joder, Yago! Me parece supercruel —exclamo, alarmada por esa faceta suya que desconozco.
—Lo sé. Estaba muy enfadado y luego me arrepentí, pero contigo todo es distinto. Además, aprendí mucho de esa experiencia.
—No entiendo cómo puedes romper así una relación.
—En eso somos distintos. A mí, los cambios me liberan; en cambio, a ti te cuesta más.
—No es que me cueste más, es que, cuando quiero a alguien, me importa y creo un vínculo más allá de la pareja. Por eso sigo llevándome bien con mis ex.
—Bueno, esto tampoco tiene por qué ser sano —dice con una sonrisa irónica que ya sé por dónde va.
Esta conversación me deja un sabor amargo. Tengo un nudo en el estómago y una ligera sensación de mareo que no sé a qué atribuir. ¿Miedo? ¿Ansiedad? Ver esta faceta antigua de Yago me llena de preguntas. Él nota mi malestar y me mira con ternura.
—Cata, te repito que a ti nunca te lo haría.
Ellas no son ROCA y, hasta que te encontré, pensaba que no podría serlo con nadie.
Contigo todo es distinto. Además, luego me metí en la masculinidad consciente, trabajé mis heridas y debí de hacerlo bien, porque entonces llegaste tú —susurra, acariciando mi cara.
Sus palabras me reconfortan y quiero creerle, pero mis inseguridades no me dejan. El miedo a que se vaya se está convirtiendo en una presencia constante; tengo miedo de que acabe saboteando la relación.
—Cariño, creo que voy a llamar a Clara Mañas, aquella terapeuta que hablaba de las almas gemelas, ¿recuerdas? Quiero hacer algunas sesiones con ella.
—Sí, la de la flor de la vida, ¿verdad? —dice haciendo memoria—. ¿Y eso por qué? —pregunta sin entender mi repentino interés en hacer terapia.
—Porque últimamente han pasado cosas que me han removido mucho y lo estoy pasando mal.
—Pues yo creo que no lo necesitas. Tú y yo nos queremos y siempre lo acabamos resolviendo.
—Ya, pero creo que ayudaría. A veces me siento muy insegura y quiero trabajarlo.
—Cariño, pero si no puedo estar más enamorado de ti. Pienso en ti veinticuatro-siete. Si tienes miedo a perderme es normal. A mí me pasa lo mismo.
—Por eso mismo. Tú me lo pones fácil y, aun así, de vez en cuando se me activa una ansiedad que no sé de dónde viene.
—No sé, cariño. No entiendo por qué quieres que alguien de fuera entre en lo nuestro. Prefiero que lo que pasa entre nosotros se quede entre nosotros.
—A Clara la conozco y es muy buena. Parece que no quieres que vaya —le digo con una ceja levantada.
—No, claro, haz lo que quieras —responde alzando las manos—. Es solo que no creo en los psicólogos, y lo digo con conocimiento de causa porque, de todos los que he ido, ninguno me ha ayudado.
—Pues qué lástima, porque justo te iba a decir que creo que a ti también te ayudaría. Ella es diferente, es espiritual como nosotros y muy intuitiva.
—¿Tú crees? Pues, en ese caso, tal vez sí me gustaría conocerla. ¿Puedes organizarlo?
Le escribo un correo a Clara mientras escucho a Yago recoger los platos. De pronto vibra el móvil.
He tino aroha ki a koe ka pah ū ahau i runga i te aroha
—¡Yago! ¿Qué idioma es este?
Aparece en el umbral y se apoya en el marco con una sonrisa divertida.
—Adivina.
Abro el traductor. Es maorí: «Te amo tanto que voy a explotar de amor».
Levanto la mirada. Él me observa en silencio, con esa expresión de quien sabe exactamente lo que acaba de conseguir.
—Eres un cursi —le susurro antes de besarlo.
—Solo contigo —responde estrechándome contra él.
Y ahí, en el umbral de la puerta, el deseo nos arrastra sin remedio.