Capítulo XI
XI
Cierro la puerta del estudio entre besos y risas y guardo las llaves en el bolso. Salimos a la calle. Al mirar el móvil veo una llamada perdida de Nacho, de hace apenas quince minutos. Me sorprende la hora y, durante un segundo, mi cabeza se llena de escenarios absurdos. Le devuelvo la llamada.
—¿Todo bien? —pregunto al descolgar.
No era nada grave. Nacho solo quería saber dónde está el chándal de tenis de Lucas y, antes de colgar, me recuerda que el viernes celebrará su cumpleaños en casa, como cada año. Dice que Yago y yo estamos invitados. Le digo que lo pensaré y me despido.
Al colgar, el gesto de Yago ha cambiado. Camina en silencio, con las manos en los bolsillos y la mirada clavada en el suelo. Acelera el paso, como si necesitara poner distancia.
—¿Te pasa algo? —pregunto.
—No —contesta con desgana. Repaso mentalmente la conversación con Nacho buscando algo que pudiera haberle molestado, pero no encuentro nada fuera de lo normal.
Nunca había sido un problema y su reacción me desconcierta.
Al llegar a casa me dejo caer en el sofá y pongo nuestra serie favorita, como habíamos planeado.
Yago tarda en bajar. Cuando por fin aparece, se sienta en el otro extremo del sofá.
—Yago, dime qué pasa, por favor. Esta situación empieza a incomodarme.
Él suspira y se levanta del sofá.
—¿Por qué no le has dicho que estabas conmigo? —pregunta dolido.
Su pregunta me descoloca.
—No lo sé, no lo he pensado, supongo —contesto confundida.
—¿Si me llamara Carla, no preferirías que le dijera que estoy contigo? Porque yo habría incluso puesto el manos libres —dice levantándose del sofá para encender un cigarrillo.
—No creo que sea algo tan importante —respondo con cautela, evitando caer en una discusión—. Nacho ya sabe que estamos juntos y, además, te ha invitado a su fiesta de cumpleaños…
—¡Ah, no lo ves tan importante! —interrumpe con ironía—. Claro, porque no eres tú la que tiene que aguantar que su novio se pase el día hablando con su ex.
Su voz se vuelve más afilada y me quedo en silencio.
Su reacción me desconcierta. No sé qué decir.
No entiendo qué es lo que he hecho que a él le parece tan grave.
Aun así, me duele verlo tan disgustado. Intento que entienda que entre Nacho y yo está todo resuelto, pero da igual lo que diga, no me escucha.
—Cata, ya sé que pintas sobre violencias invisibles, pero tú también tienes las tuyas, ¿sabes? —Su voz está cargada de reproche.
—Eso es un golpe bajo —respondo, dolida—. Estoy intentando entenderte.
Él suaviza la voz y se acerca.
—No quiero hacerte daño, solo que entiendas que hay cosas que me duelen. Yo siempre miro por ti, ya lo sabes. Yo solo quiero recibir lo mismo.
—Pues puedes decírmelo de otra manera y seguramente me llegará mejor.
—Procuraré mejorar las formas, pero entiende que estoy enfadado y que quizá mis formas no sean las mejores. Igualmente, como te quiero, intentaré decírtelo de otra manera. La cuestión fundamental aquí es si vas a hacer algo con respecto a Nacho.
—Cariño, Nacho no es en absoluto una amenaza. Puedes estar supertranquilo, ¡si hasta te ha invitado a su cena! Me parece un gesto bonito por su parte.
—¡Ah, que encima te parece bonito! —exclama con dureza—. ¿De verdad me estás diciendo que sentarme en una mesa con tu ex el día de su cumpleaños te parece bonito? Estoy flipando. Yo nunca te pediría eso, Cata.
Dicho así suena fatal. Se me hiela la sangre al darme cuenta de que acabo de empeorar la situación. En mi cabeza sonaba mucho mejor.
—No, lo que me parece bonito es que puedas conocer a mi gente, y Nacho es el padre de mis hijos.
Todavía no he terminado la frase cuando me doy cuenta de que me estoy metiendo aún más en la boca del lobo. Me cuesta entender por qué él ve algo espantoso donde yo veo belleza.
—Cata, lo siento, pero no te veo ahí. No te veo en modo ROCA —dice, decepcionado y con voz firme—. Yo te he puesto la alfombra roja, te escribo a cada momento, siempre te cojo el teléfono, cosa que tú no haces, por cierto, y estoy disponible para ti siempre. Te trato como una reina, ¿o no?
—Sí, claro que sí.
—He sacado a todas mis ex de mi vida para que tengas tu lugar especial. No me llaman, no quedo con ellas. Solo existes tú. Eso es ser ROCA, Catalina. Y no pedirme que me siente con tu ex en su mesa de cumpleaños.
—Claro que me gusta, Yago, pero yo no necesito que saques de tu vida a tus ex.
—Ah, ¿no? Entonces, si yo quedo con ellas, ¿te parece bien?
—Si todo está claro entre vosotros, sí —digo, dudando de si esta respuesta es la que realmente quiero dar.
—Ah, ¿en serio? —Su tono ahora se vuelve cínico y desafiante—. Porque, oye, lo mismo estoy haciendo el tonto cuidando de lo nuestro. Ahora ya sé que tengo vía libre para hacerlo. Así me pondré al mismo nivel que tú —dice con una sonrisa fría.
La conversación me deja en jaque y la confusión emborrona mi mente. No solo porque ahora resulta que quiere quedar con sus ex, sino porque ya no sé por qué estamos discutiendo.
—Bueno, yo solo digo que confío en ti y sé que no harás nada que ponga en peligro la relación —me apresuro a aclarar, sintiendo que la conversación se me está escapando de las manos.
—Tú confías en mí porque yo te pongo la alfombra roja. Si tú hicieras lo mismo, no estaríamos teniendo esta discusión.
Respiro hondo, intentando poner un poco de cordura a la conversación.
—Yago, Nacho y yo tenemos hijos en común, por eso hablamos. Si quisiera estar con él, ¡ya habríamos vuelto hace tiempo!
—Ya…, la excusa de los niños —contesta con cinismo.
—Joder, Yago, los niños no son una excusa, son una realidad. Tienes que confiar en mí.
—Tú me pides confianza —dice con voz tensa—, pero yo lo que veo es que vives al lado de tu ex, que hablas con él a menudo, que viaja a Ibiza, que te invita a su cumpleaños… Y luego me pides que confíe. Dime una cosa, Cata: ¿tú en qué confiarías más, en lo que ves o en lo que te dicen?
Su planteamiento me hace sentir culpable, aunque sé que no he hecho nada malo.
—No sé, Cata… Yo solo veo que puedo ofrecerte cosas que tú, a mí, no. No pasa nada. Ya iré yo al lugar donde estás tú y ya está. Me gustaría subir más peldaños contigo, pero no puede ser —dice decepcionado.
Con cada palabra noto cómo me voy haciendo más pequeña. El silencio impregna el ambiente. Nos lo hemos dicho todo y estamos peor que al principio.
Después de más de dos horas discutiendo, estoy agotada. Yago mira el reloj de la entrada, que marca la una de la mañana. Sin decir nada, sube las escaleras que llevan a la habitación, y yo me quedo unos segundos más en el sofá, todavía confundida.
Cuando me meto en la cama, el cuerpo me tiembla bajo las sábanas. Doy vueltas sin poder dormir, pensando en cómo una noche que había empezado tan bonita ha terminado así. No dejo de preguntarme cómo hemos llegado hasta aquí.
Después de casi una hora dando vueltas en la cama, enroscada en pensamientos casi obsesivos, mis resistencias ceden y rompo a llorar desconsoladamente. No aguanto más. La distancia, la tensión y la sensación de que algo se ha roto entre nosotros se me hacen insoportables.
Él, que también está despierto, se vuelve suavemente hacia mí al oír los sollozos.
Se acerca lentamente y me abraza con su ternura habitual bajo las sábanas.
Sus manos recorren mi espalda con suavidad y siento de nuevo su calor.
Este pequeño gesto hace que, aunque mi mente sigue revuelta, mi cuerpo responda con alivio.
Con la voz entrecortada, le digo lo que siento entre susurros.
No quiero estar así con él. Yago me escucha en silencio mientras sigue acariciándome la espalda.
Sentir que vuelve a estar cerca es lo único que me calma.
A pesar del enfado, me convenzo de que él sabe cuidarme, por eso sé que le importo.
Es único haciendo esto cuando estoy mal.
Sus labios buscan los míos y me besa mientras sigo llorando.
—Cariño, estoy aquí, somos tú y yo. Eres lo más importante de mi vida. —Su voz suena diferente, casi frágil—. No tengo nada, ni trabajo, ni familia, ni apenas amigos… Solo te tengo a ti. Por eso siento tanto miedo.
Sus palabras me estremecen.
—¿De qué tienes miedo? —pregunto con cautela.
—Antes pensaba que nadie me podía hacer daño.
—Su tono se suaviza, pero sigue cargado de algo oscuro—.
Cuando te fuiste a Ibiza, me daba igual que Nacho estuviera porque aún no habíamos llegado a este punto.
—Hace una pausa y siento su respiración vacilante cerca de mi oído—.
Pero ahora todo es diferente. Tú me conectas con mi vulnerabilidad y no me gusta necesitarte, Cata.
Es la primera vez que siento esto con una mujer y no sé cómo manejarlo.
Me quedo en silencio, impactada por la honestidad de sus palabras.
No esperaba que Yago se abriera de esta manera después de todo.
—Amor, gracias por contármelo, no tenía ni idea de que te sentías así. Ahora puedo entenderte un poco más. Solo quiero decirte que puedes confiar en mí —le digo con alivio, teniendo por fin algo de claridad sobre lo que ha pasado.
Él suspira y me acaricia el cabello con suavidad.
—Me cuesta confiar, Cata. En el pasado, cuando me he abierto, lo han utilizado para hacerme daño —me dice con la voz rota—. Cuando confías tus vulnerabilidades a alguien, estás en sus manos.
Me duele que alguien haya podido ser tan cruel con él.
—A mí me conoces, y sabes que nunca te haría daño.
Yago guarda silencio durante un segundo.
—Bueno, en realidad, te estoy conociendo.
Sus palabras me hieren.
—Creo que me conoces bastante —respondo aturdida—, y te he confiado cosas que no he contado a nadie, jamás.
—Lo sé, y en mí sí puedes confiar, Cata. Nunca se lo había dicho a nadie, pero a ti sí. ¿Me ayudarás a volver a confiar en el amor? Yo solo quiero ser ROCA contigo, cariño, y, cuando lo seamos, todos estos problemas no existirán.
Yago me mira fijamente a los ojos. Su expresión es seria y su mano sigue acariciando mi espalda con lentitud. Es justo lo que necesito escuchar. Me aferro a la idea de que todo se resolverá si logro darle la seguridad que necesita. Me convenzo de que este es el camino para que pueda confiar en mí.
— Aroha —musito en su oído.
— ¿ Aroha? —pregunta con extrañeza.
—Es «te amo» en maorí, lo busqué en el diccionario.
Sus ojos se iluminan.
—Guau, me flipa, Cata. ¡Qué romántico! Aroha mucho. ¿Cómo se dice «mucho» en maorí? —pregunta mientras me besa y sus manos se enredan en mi cuerpo.
En ese instante, la tensión, el desasosiego y el mal rollo de las últimas horas desaparecen.
El roce de sus labios, primero torpe y luego urgente, lo enciende todo.
El magnetismo nos arrastra sin resistencia.
La conexión es inmediata. Sus manos me buscan con una mezcla de deseo y miedo a perderme.
Me dejo llevar, y la tensión se disuelve en cada caricia, en cada beso.
No hay tregua, solo el alivio de reconocernos otra vez.
Volvemos a ser él y yo. Respiro. Son las tres de la mañana.
En aquel momento creía firmemente que Yago solo necesitaba tiempo para confiar en mí. Estaba convencida de que acabaría dándose cuenta de lo mucho que le amaba y de que jamás le haría daño. Estaba segura de que sus inseguridades terminarían por desvanecerse. No podía ser de otra manera.