Lo que no se ve Capítulo X
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Capítulo X

X

Recorro las paredes de mi estudio y me detengo ante cada pieza de «Violencia Invisible». La colección está terminada. Siento una satisfacción tranquila al observarla. Cada línea y cada color han sido un desafío, pero lo he logrado.

Me recojo el pelo en un moño y noto que tengo menos volumen de lo habitual. He estado tan absorta en el trabajo que no me había dado cuenta. El timbre de la puerta me saca de mis pensamientos.

Yago llega con una sonrisa y una botella de champán, listo para celebrar lo que asegura va a ser un éxito rotundo.

Es la primera persona a la que voy a enseñar los cuadros y estoy nerviosa.

Su opinión me importa mucho. Antes de entrar al estudio le vendo los ojos y lo conduzco de la mano hasta el centro de la sala.

La complicidad entre nosotros flota en el aire.

—Prométeme que serás sincero —le pido antes de quitarle la venda.

—Te lo juro.

Cuando por fin libero sus ojos, contengo la respiración mientras observo su reacción. Yago se queda inmóvil, con la mirada fija en los dos primeros cuadros. Su expresión se torna seria mientras analiza cada detalle con atención y yo aguardo, expectante, a que diga algo.

Va nombrándolas una a una: dominación, control, obediencia, castigo, sobreprotección, mentira. La rapidez con la que ha reconocido cada una de las violencias invisibles me emociona, y a la vez me confirma que ha interiorizado todo lo que le he contado.

—Me encanta —dice al final—. Es impresionante cómo has conseguido transmitir lo que se siente en cada tipo de violencia.

—Gracias, amor. Estaba nerviosa. Ya sabes cómo soy, nunca estoy del todo satisfecha con lo que hago. Todo lo que he querido transmitir se basa en la ley del más fuerte, tan instalada en nuestra cultura, y sus consecuencias.

—Pues lo has conseguido, amor. Eres una artista increíble. Estoy muy orgulloso de ti. Tienes talento, eres bellísima, inteligente y, además, eres mi chica. No le puedo pedir más a la vida.

Yago me rodea la cintura con el brazo y me mira con una intensidad que me recorre todo el cuerpo.

Sus palabras siempre son un bálsamo que logran que cada vez confíe más en mí.

No estoy muy acostumbrada a oírlas. El apoyo incondicional de Yago y la admiración mutua son uno de los pegamentos de nuestra relación.

Sentados en el suelo del estudio, brindamos con champán y comida japonesa improvisada. Yago planea nuestro futuro juntos.

—Nos casaremos en Hawái con un ritual precioso. Y, cuando seamos viejos y nos cansemos del mundo, nos iremos a vivir a una cabaña en el bosque. Tú pintarás todo el día y yo haré bricolaje en mi garaje.

La idea me hace reír, pero también me enternece. Por primera vez en mucho tiempo, empiezo a pensar que todo esto podría ser real.

Momentos como este me envuelven en una calidez que nunca había conocido. Tanta intensidad asusta, pero también prueba que esto es amor del verdadero. Yago y yo hemos tenido la suerte de encontrarlo. No todo el mundo puede decir lo mismo.

Nos sentimos afortunados y brindamos por ello.

Como siempre, ponemos el broche a la celebración de la mejor forma en la que sabemos hacerlo, fundiéndonos el uno en el otro o haciendo un viaje a la 5D, como lo llama Yago.

Ese lugar donde, según él, nuestras almas trascienden la dualidad para convertirse en una sola.