Lo que no se ve Capítulo VIII
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Capítulo VIII

VIII

Al día siguiente me despierta el roce de su piel. La cama cede y noto que sus labios se posan suavemente en mi frente. Sin decir nada, se levanta y lo oigo ir hacia la cocina. He dormido poco, pero ese gesto me calma.

Me desperezo, abro la ventana y bajo guiada por el olor de la comida. En la cocina lo veo de espaldas, concentrado en la sartén, moviéndose al ritmo de su música excéntrica. El cenicero, lleno de colillas, me salta a la vista y una sombra de preocupación cruza mi mente. No ha dormido mucho.

Me acerco en silencio y lo abrazo por la espalda. Apoyo el cuerpo en el suyo, queriendo comprobar que la tormenta ha pasado. Le pregunto cómo ha dormido y, recostándose suavemente en mí, murmura que poco, pero que está bien.

Desayunamos en silencio. La calma parece volver a tejerse entre nosotros. Yago, con la mirada baja, juega con la taza antes de decir lo que lleva rato pensando:

—No estoy enfadado contigo, cariño —dice sin mirarme—, sino conmigo mismo. Siempre guardo mis inseguridades para mí, y no tendría que haberte dicho nada de lo de Sebas. Creo que me he expuesto demasiado.

Hay algo en su tono que me inquieta. Le miro incrédula, sin saber cómo interpretar lo que está diciendo.

—Olvídalo, ¿vale? Aprovechemos el fin de semana —añade, y se levanta de la silla para recoger el desayuno.

—Yago, no lo puedo olvidar —respondo agarrándole del brazo para que se vuelva a sentar—. Además, yo no quiero una relación búnker. Lo que hace que lo nuestro sea bonito y auténtico es precisamente que podemos abrirnos y compartir lo que sentimos.

—Ya, Cata, pero, cuando lo he hecho, mira cuál ha sido el resultado —me responde en tono suave, sin reproches—. Estamos mal, y no quiero eso.

—Cariño, esto es diferente, porque me estás acusando de haber hecho algo que no he hecho. No tiene nada que ver con la vulnerabilidad.

—Para mí, sí. Confié en ti, me abrí y te compartí una inseguridad, pero reaccionaste a la defensiva, y eso me hirió.

Permanezco en silencio, intentando descifrar qué le pasa por la cabeza. Amo a Yago y pensar que puedo ser la causa de su malestar me destroza.

—¿Verdad que, cuando tú me dijiste que te sentías como una más de mis novias, yo te escuché y te cuidé? ¿Verdad que no te dije que estabas loca? —continúa Yago—. Pues lo mismo me hubiera gustado que hicieras tú ayer, pero no pasa nada. Ya sé lo que hay y no volverá a pasar —añade calmado.

A medida que avanza la conversación, siento que mi cuerpo se encoge y la magia entre nosotros se desvanece. No sé cómo detener este sinsentido. Algo dentro de mí siente que estoy fallando, si no, él no estaría comportándose así, pero no sé en qué.

Tal vez debería haber sido más comprensiva con sus inseguridades. Pero tampoco puedo admitir algo que no hice. Y vuelvo a no saber qué se supone que debería haber hecho. Siento mucha confusión. De nuevo, esa sensación tan familiar de no estar a la altura.

—Cariño, ¿esto me lo estás diciendo en serio? —le pregunto un poco en shock.

—Sí, pero no te ralles, amor, está todo bien. Simplemente no podremos tener la relación ROCA que queríamos —me dice con el mismo tono tranquilo.

—Estás reculando —exclamo, alarmada.

—No, cielo. —Me coge suavemente la mano—. De verdad, no pasa nada. Yo quería que nuestra relación fuera de una manera, pero quizá no puede ser. Somos almas gemelas, y esta discusión no va a cambiar eso. Yo solo quería dar un paso más, pero tal vez no se pueda. O no todavía.

La tensión acumulada, la falta de sueño y el peso de sus palabras me desbordan. Me rompo. Los labios me tiemblan, la voz se me atasca y las lágrimas caen sin control, como si todo lo contenido se derramara de golpe. Intento calmarme, pero no puedo. Ya no hay forma de frenar esto.

La incomprensión y la sensación de haber fallado pueden conmigo. Empiezo a preguntarme si debería haber reaccionado de otra manera, si fui demasiado simpática, si mi forma de relacionarme le hizo sentirse inseguro. No sé qué ha sido, pero algo debo de haber hecho yo para que hayamos acabado así.

—Amor, ¿qué pasa? —me pregunta Yago, que me rodea con el brazo—. No llores, no pasa nada, somos tú y yo.

—No puedo creer que estés diciendo esto. Si no podemos abrirnos el uno con el otro, ¿qué mierda de relación vamos a tener? Estás reculando y no lo quieres admitir —consigo decir entre sollozos.

—Que no, cariño. Te quiero y no quiero verte así —me dice con ternura.

—Entonces, deja de decir esas cosas. Me siento como si te estuviera fallando.

—No pienses eso, eres maravillosa —susurra con dulzura—. Siento si te han dolido mis palabras, ya sabes que quiero cuidarte. Es solo que me gustaría que tú me cuidaras también, es lo único que te quería decir.

Su tono ha cambiado, ahora vuelve a ser él. Respiro aliviada, pero no consigo quitarme de encima la incómoda sensación de las últimas horas.

—Joder con tu amigo Sebas, la que se ha liado.

—Te lo dije, Cata, tengo que distanciarme de él. Su energía no nos va bien.

Al final, Yago reconoce que quizá lo interpretó mal, condicionado por experiencias pasadas. Me confiesa que con mis amigas se mantiene al margen para evitar conflictos. Le digo que yo no necesito que se distancie cuando estemos con ellas. Aun así, acepto su cautela.

No sé por qué, pero algo no termina de recolocarse dentro de mí.

También me pide que sea más sensible a sus necesidades, como él hace conmigo. Dice que necesita validación y no rechazo. No sé muy bien a qué se refiere, pero acabo convenciéndome de que ha sido un malentendido. Me digo que estas cosas pasan en todas las relaciones y que ninguna es perfecta.

Nuestras respiraciones se entrelazan y los cuerpos se buscan sin palabras, con urgencia y la necesidad de borrarnos las dudas y los miedos en cada caricia. La adrenalina se libera a través de nuestros cuerpos. El sexo, tras la tormenta, es brutal. Y la reconexión, inmediata.

Por la noche, como broche a la reconciliación, Yago me regala un libro que llevaba tiempo queriendo leer. Después del día que hemos tenido, ese gesto me conmueve. Por suerte, volvemos a ser nosotros. La tormenta parece haber quedado atrás.