Capítulo VII
VII
Llegamos a mi casa ya de noche, después de pasar la tarde comprando ropa de segunda mano para Yago.
He pagado yo «como adelanto de mi regalo de Navidad», ha dicho él.
No lo parece, pero, aunque sea un excéntrico, cuida su imagen al milímetro; en un solo día puede cambiarse de ropa varias veces.
No le hace gracia que bromee sobre este rasgo de su carácter.
Estamos cansados, así que en diez minutos preparo una pizza casera y la comemos en el sofá acompañada de una buena copa de tinto.
—Cata, ¿qué impresión te ha dado Sebas? —pregunta de repente—. ¿No te ha parecido que me tiene envidia?
—No sé, amor, en tan poco rato es difícil notar algo así —respondo sin darle mucha importancia.
—Es que me interesa tu opinión. A veces siento que esta amistad no me hace bien.
—Si sientes eso, prueba a alejarte un poco de él a ver qué pasa.
Yago se queda en silencio unos segundos.
—¿Te ha parecido guapo?
Levanto una ceja.
—Mmm… No, no es mi tipo, para nada —respondo, extrañada por la pregunta.
—Es que él va de que liga mucho.
—Pues tendrá su público, pero no soy yo.
—Pero parecías muy a gusto con él, no parabais de hablar.
—Bueno, porque quería ser educada y caerle bien.
—Pues yo, si quieres que te diga la verdad, me he sentido un poco desplazado.
Parpadeo, sorprendida.
—¿En serio? ¿Por qué?
—Porque parecía un partido de tenis en el que no me pasabais la bola.
—Cariño, me sabe mal, pero es que tú no intervenías…
—No intervenía porque no tenía espacio —dice en tono de reproche.
Me quedo en silencio unos segundos, mordiéndome el labio. No me había dado cuenta.
—Lo siento, no era mi intención.
—A ver, Cata, sé que no era tu intención, pero era evidente, ¿no? Si ves que no hablo es por algo —dice en un tono cada vez más serio.
Me remuevo en el sofá. No esperaba que la conversación tomara este giro.
—Es que no sé por qué no lo hacías. Al fin y al cabo, es tu amigo, y estábamos hablando de temas que tú también conoces. ¿No te has dado cuenta de que he intentado incluirte varias veces? —le pregunto, cada vez más incómoda.
—Sí, pero es lo que te digo, Cata. Si vosotros os estabais pasando la bola todo el rato y de vez en cuando me la lanzabais a mí, en realidad yo no estaba jugando.
Suelto un suspiro y dejo la copa en la mesa.
—Cariño, si querías hablar, podrías haberlo hecho. Lo habría agradecido, porque que estuvieras callado todo el rato me ha hecho sentir incómoda.
—¿Cómo te habrías sentido tú si me pusiera a hablar con una amiga tuya de nuestros temas durante media hora sin dirigirme a ti? De hecho, ¿no te has dado cuenta de que, cuando estamos con tus amigas, te dejo todo el espacio?
—¡Pero sí que te incluimos! —respondo, intentando sonar lo más comprensiva posible—. Lo que pasa es que no participabas. Si querías hablar, podías haberlo hecho. No tienes que pedir permiso.
—Cata, no tenía espacio. Tú más que nadie deberías entenderlo. Esto se llama ignorar a alguien y es violencia invisible.
Sus insinuaciones gratuitas empiezan a molestarme.
—Yago, simplemente he sido simpática porque venía a conocerme. Lo normal, ¿no?
—Bueno, a mí me ha parecido que has estado un poco más que simpática…
Le miro, al borde del enfado.
—¿Qué quieres decir?
—Tal vez no sea así, pero yo he percibido cierto tonteo muy sutil entre vosotros.
—Yago, por Dios, ¡qué dices! —exclamo, indignada—. ¿Me lo estás diciendo en serio?
—Pues sí, porque ya me ha pasado otras veces con otras parejas. Por eso son ex —me dice en tono de advertencia.
—Sebas no me gusta, y, aunque fuera así, ¿tú crees que tontearía delante de ti? ¿Por quién me tomas? —respondo ofendida, esperando que la conversación termine aquí.
—A ver, Cata, no te quepa duda de que Sebas, si pudiera, me robaría a mi novia. Tal vez no lo has notado, pero ha habido tonteo.
—Cariño, lo siento, pero nunca voy a admitir eso —respondo confundida.
No entiendo a Yago. Nunca ha sido celoso y siempre ha defendido la libertad, así que no comprendo por qué dice estas cosas.
Y eso me hace dudar. Repaso mentalmente la conversación con Sebas buscando algún gesto, alguna palabra que explique este giro en Yago, pero todo se me vuelve borroso. ¿Y si soy yo la que está equivocada?
—Me estás invalidando —dice dolido—. Yo he sentido que estabais tonteando y tú niegas mi punto de vista. Esto es lo que me ha hecho siempre mi familia, no me puedo creer que tú también lo hagas.
La discusión se vuelve cada vez más tensa. Mis explicaciones no parecen ser suficientes, y eso provoca que mi impotencia vaya en aumento. No sé qué está pasando. Me siento atrapada y no sé cómo salir.
—Cariño, vamos a ver, no te estoy invalidando —digo en un intento desesperado de apelar al sentido común—. Pero me estás acusando de tontear con Sebas, y solo que pienses que yo podría hacer algo así me parece grave. Lo único que te estoy diciendo es que no es cierto.
—Eso es invalidarme. Si me dices que lo que he visto no ha pasado y que mi percepción es falsa, me estás haciendo luz de gas.
—¿Y qué quieres que te diga si no es verdad? Hablas de mí como si no supiera lo que siento. Sebas no me gusta. Me parece absurdo estar discutiendo por un problema que no existe.
—Estamos discutiendo porque me has invalidado —puntualiza Yago.
—Yo ya no sé por qué estamos discutiendo, no entiendo nada. Hay algo que se me escapa —exclamo pensativa.
—¿Qué se te escapa? —pregunta sorprendido.
—Pues no lo sé, pero nada tiene sentido.
—Lo que no te cuadra es que no te has dado cuenta de que estabas tonteando. No pasa nada, no lo has hecho expresamente, pero admítelo y no digas que son cosas mías.
—No lo voy a admitir —insisto, repasando de nuevo la conversación por si acaso.
—A ver, si tú fueras yo, ¿a qué harías más caso, a lo que sientes o a lo que te dice otra persona? Pregunto. —Es una trampa, y él lo sabe.
—Me ofende tan solo que puedas pensar que yo pudiera hacer eso.
—¿Ves lo que te decía? Ha sido presentarte a Sebas y tener nuestra primera discusión.
—Joder, pues sí… —digo rindiéndome ante la evidencia.
—Cata, solo dime una cosa: ¿tú crees que Sebas ha percibido que somos una ROCA hoy?
—Pues no lo sé, porque ni lo he pensado. Pero me da igual.
—A ti tal vez te da igual, pero a mí no. Yo quiero que la gente vea que somos fuertes, y también quiero sentirlo yo, pero hoy no lo he sentido.
Intento que Yago entre en razón, pero nada de lo que digo parece hacerle cambiar de opinión.
Finalmente, Yago guarda silencio, haciendo que la distancia entre nosotros se vuelva cada vez más insondable.
Hace rato que la situación me ha superado y, aunque sé que no he hecho nada malo, no puedo evitar sentirme culpable.
Necesito solucionarlo antes de irnos a la cama, antes de que la ansiedad me mate por dentro, pero cada intento solo añade más leña al fuego.
Estoy atrapada en un círculo que no logro romper. No sé qué más hacer o decir para solucionar un problema que nunca ha existido. No encuentro el camino de vuelta a lo que éramos.
Ya es tarde. Nos vamos a la cama sintiendo un abismo entre nosotros. Yago no grita, no se enfada, no se exalta; solo dice que está decepcionado y guarda silencio. Pero eso me aterra.
Me despierto a las tres de la madrugada. Yago también está despierto, mirando el techo. Le doy la espalda y me vuelvo a dormir.