Lo que no se ve Capítulo VI
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Capítulo VI

VI

El fin de semana hay olas. Detesto esa frase, no puedo evitar recordar aquel fin de semana que anuló la escapada por este mismo motivo.

Como sus amigos Sebas y Tomás también estarán en la playa, ha insistido en que vaya para presentármelos por fin.

Él habría preferido organizar algo más especial, pero dice que es mejor así, para que no haya «jerarquía» entre nosotros.

En su idioma, eso significa que, si yo le he presentado a mis amigas y él aún no, se crea un desequilibrio que puede perjudicar la relación.

El día está gris y amenaza lluvia, pero la playa sigue llena de surfistas. Mientras esperamos a que lleguen sus amigos, noto a Yago inquieto.

—Cariño, no me hace mucha gracia presentarte a Sebas —reconoce dando pequeños golpecitos en la mesa.

—¿Por qué? ¿Por aquello que me comentaste?

—Es que, cuando le presento a alguien, siempre pasa algo que hace que afecte a la relación.

—¿Algo como qué? No entiendo qué puede hacer él para generar mal rollo.

—No lo sé, es algo energético, creo. Es un tío muy envidioso, ¿sabes? Siempre me está criticando.

—A ver, tal y como me lo pintas, no sé si quiero conocerlo…

—Amor, tú y yo somos fuertes, esto es lo único que me tranquiliza, pero es el típico al que le encantaría que nos fuera mal.

—Pero, si piensas así de él, ¿por qué sigues siendo su amigo?

—Te juro que he intentado marcar distancia, pero somos del mismo grupo de amigos y él me busca para hacer planes. No siempre puedo escaquearme.

En ese momento, alguien golpea la puerta lateral de la furgoneta.

Yago la desbloquea y, de un salto, Sebas se mete dentro para resguardarse del frío.

Pelo canoso recogido en una coleta, camiseta muy colorida para mi gusto y unos juveniles vaqueros anchos.

Sus ojos marrones transmiten cierta amabilidad, aunque sus facciones son duras.

Yago le sirve un café y nos presenta oficialmente.

—Encantado, Cata. Yago no para de hablar de ti y de lo guapa, increíble y especial que eres. Tenía ganas de conocerte. Y como se ha hecho tanto de rogar…

—Ah, ¿sí? ¿Dice todo eso de mí? —pregunto mirando de reojo a Yago.

—Para que veas, Cata —masculla Yago antes de dar un sorbo a su té con limón.

Sebas observa el interior de la furgoneta con una media sonrisa.

—Bueno, ¿qué te parece el nidito de amor de mi amigo? —pregunta con sorna.

—A mí la furgo me encanta, tiene mucho rollo. No sé si viviría en una, pero para venir de vez en cuando me mola mucho —respondo intuyendo por dónde va.

—Pero, Cata, a ver… Tú que eres una mujer inteligente, ¿no te parece raro que viva aquí? ¿No preferirías estar con un hombre que tenga una casa?

—Pues no, a mí me gusta el punto uraniano de Yago. De lo contrario, no sería él —contesto dedicando una sonrisa a Yago.

—Joder, colega, sí que está enamorada… —exclama Sebas.

Yago se limita a sonreír y a lanzarme una mirada cómplice.

Para cambiar el tono de la conversación, le pregunto a Sebas por los libros que está leyendo.

Como le interesa la espiritualidad, busco un tema que nos incluya a los tres.

Es la primera vez que Yago me presenta a sus amigos y quiero que todo fluya.

Sebas me habla de sus lecturas y acabamos debatiendo con cordialidad.

Aunque tenemos puntos de vista distintos, también encontramos afinidades.

La conversación es interesante, pero, como ya pasó con mis amigas, Yago apenas interviene.

De vez en cuando lo miro o le hago alguna pregunta, pero se limita a escuchar. Me resulta extraño, aunque no le doy demasiada importancia. Después de todo lo que me ha contado sobre Sebas, interpreto que prefiere mantenerse al margen.

Al cabo de unos cuarenta minutos, Sebas se despide y se dirige hacia la playa.

—Bueno, ¿qué te ha parecido? —pregunta Yago en cuanto la puerta se cierra tras él.

—He flipado un poco con su primera pregunta sobre la furgo, que cómo soporto que vivas así.

—Te has quedado con la historia, ¿no? —dice Yago, satisfecho de que lo haya notado.

—Sí, claro. También tenemos puntos de vista diferentes en algunas cosas, pero en tan poco rato no he podido ver mucho más.

—¿Y has oído lo que ha dicho de ti, amor? —pregunta mientras me roba un beso.

—¿El qué?

—Que estoy loco por ti, que no dejo de hablar de ti, que eres especial —dice mirándome con su sonrisa seductora—. Que eres mi alma gemela.

—Me encanta que lo hagas. Y me encanta que me lo digas —le confieso antes de besarlo de nuevo.

—Es que molamos mucho, Cata. Quiero que la gente vea que somos ROCA.

En ese momento se oye otro golpe en la puerta de la furgo. Esta vez es Tomás. No lo recordaba tan alto, ni tan atractivo. Su pelo cano y rizado tiene un brillo bonito, y el neopreno que lleva puesto deja claro que va a meterse en el agua.

Igual que la otra vez, me saluda fugazmente, pero sin prestarme demasiada atención. Se enfrascan en discutir si merece la pena meterse al agua con ese tiempo y, tras unos minutos, Tomás decide probar.

Mientras comemos, comparto con Yago mis impresiones sobre sus amigos. Aprovecho para confesarle algo que me ronda desde hace tiempo y que hoy, al conocerlos, se ha acentuado. No sé si es una sensación real o solo una inseguridad.

—Tal vez sea cosa mía, pero tengo la sensación de que Tomás me ve como una más de todas tus novias. Como si no me tomara en serio, ¿sabes?

—¿De verdad te preocupa eso, amor? Nadie te ve como una más —me asegura—, todo el mundo sabe que eres superespecial. ¿No ves lo que te ha dicho Sebas?

—Ya, es que no sé por qué me pasa. Es solo una sensación, pero no puedo ignorarla. Solo quería comentártelo.

—Cata, quítatelo de la cabeza. Tú eres diferente a las demás. Eres la mejor novia que he tenido y todos lo tienen claro. De verdad, amor. Te quiero. Lo sabes, ¿verdad?

—Sí, y yo a ti.

—¿Estás más tranquila?

—Sí, un poco —respondo, sintiéndome algo aliviada.

—Me alegro, cariño. Pero prométeme que me dirás estas cosas cada vez que te sientas así, ¿OK? Quiero darte toda la seguridad que necesites. En mi vida, tienes alfombra roja.