Capítulo V
V
A la mañana siguiente sigo sin noticias de Yago. Ya he aceptado que algo no va bien y eso despierta emociones que creía olvidadas. Podría llamarlo, pero algo dentro de mí me frena. El miedo a lo que pueda decirme me paraliza. No estoy lista. No aún.
Paso el día con la cabeza en otra parte. La incertidumbre lo invade todo y apenas he comido desde ayer. Haga lo que haga, no logro desprenderme de esta sensación que se me ha quedado pegada al corazón.
Son las cuatro de la tarde cuando, por fin, suena el teléfono. En la pantalla aparece el nombre de Yago. El corazón me da un vuelco y siento miedo y alivio a la vez. Respiro hondo antes de contestar. Estoy lista para esa conversación vulnerable que tanto temo.
—Hola, cariño, ¿qué tal? —Su voz suena tranquila.
—Pues… mal —admito, haciendo un ejercicio de honestidad.
—¿Mal? ¿Por qué?
—Porque siento que algo no va bien. El domingo estabas distante, ayer no supe nada de ti en todo el día…
—Ostras, lo siento, cariño. Yo era a ti a la que notaba distante. Y he estado superrayado.
—¿En serio? —Su respuesta me deja fuera de juego.
—El domingo ya te noté rara y pensé que era por lo que pasó con tu familia. Tampoco hicimos el amor, y eso sí que es raro. Ayer, además, no supe nada de ti en todo el día. ¿Qué quieres que piense?
—A ver, cariño, esto sucedió porque tú estabas frío conmigo. El domingo tenía muchas ganas de verte y necesitaba una dosis extra de apoyo después de lo que pasó con mi familia, pero tú estabas en otra parte.
—Amor, ¿te has planteado que tal vez yo también pueda estar mal?
Su pregunta me coge por sorpresa.
—¿Y qué te pasaba? Pensé que venías de pasártelo bien con tus amigos.
—No tiene que ver con ellos, es solo que me agobia todo: el trabajo, mi familia, la situación económica… Aunque no lo parezca, lo estoy pasando mal.
Me invade una punzada de culpa al escucharlo. Tal vez he estado demasiado centrada en lo mío.
—Tienes razón, lo siento, cariño. Pero, si no me lo dices, no puedo adivinarlo. Habíamos quedado en que nos lo contaríamos todo, ¿no?
—Sí, pero, cuando estoy mal, me cuesta mucho. Sé que tiendo a alejarme…
—Pues, cuando te alejas, a mí se me despierta un miedo terrible a perderte. Me he agobiado mucho.
—Joder, Cata, lo siento. ¿Por qué no me lo has dicho antes? Yo estaba igual de jodido pensando que te pasaba algo y que te alejabas de mí. Gracias por contármelo, lo último que quiero es que te sientas así por mi culpa.
—Gracias, cariño. Me daba miedo esta conversación…
—Pues menos mal que lo hemos hablado, porque vaya dos. Yo rayado, tú rayada…, y todo por un malentendido.
—Ya… Qué loco, ¿no?
—Cariño, hablemos las cosas cuando nos duelan. No quiero que se acumulen. Quiero cuidarte.
Sus palabras me desarman por completo. Siento cómo mi cuerpo se relaja, como si de pronto todo hiciera clic. Y, pese a la distancia de estos días, siento que esta conversación nos ha acercado todavía más.
—Cielo, esta noche voy a tu casa, ¿vale? Y ve preparándote, porque no voy a esperar ni a subir las escaleras.
Sonrío al colgar y respiro hondo. Menuda película me había montado.
Por la noche, cuando Yago llega a casa, me abraza fuerte y me repite que lo siente mucho. Luego, saca un paquetito de su mochila y me lo ofrece con una sonrisa cómplice.
Lo miro intrigada. Al abrirlo, veo un colgante de cuarzo blanco hecho a mano. Levanto la vista y veo que él lleva otro igual colgado del cuello.
—¿Te gusta?
—Me encanta, gracias —le digo, besándolo en los labios.
—Tú sí que me encantas a mí. ¿Te lo he dicho lo suficiente?
—No, creo que todavía no.
Él sonríe y acaricia el colgante.
—Nuestra primera discusión superada con éxito. Que este cuarzo nos recuerde siempre que podemos ser transparentes el uno con el otro, sobre todo cuando se trata de mostrarnos vulnerables.
Lo dice con una seguridad tan profunda que un escalofrío me recorre la espalda. Sus palabras caen como una promesa silenciosa y me descubro sonriendo sin querer. Yago tiene esa capacidad de volver especial lo más simple.
Después de estos días, los dos sentimos una necesidad imperiosa de reconectar. La tensión acumulada carga la atmósfera y el deseo nos atraviesa con una intensidad casi adictiva. Nuestros cuerpos hacen el resto.