Lo que no se ve Capítulo IV
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Capítulo IV

IV

Al día siguiente, Nacho llega puntual a las cinco para recoger a los niños. Poco después, justo cuando estoy a punto de salir hacia Sitges para ver a Yago, recibo un mensaje suyo:

Cariño, me he liado de birras con los colegas y acabo de ver la hora. ¿Te importa si quedamos un poco más tarde?

Resoplo mientras empujo de nuevo la puerta que acabo de cerrar.

Claro, que no. Pásatelo bien y disfruta. Avísame cuando acabes

Te quiero, eres la mejor

En el fondo, tener este rato libre me viene bien. Puedo aprovechar para pintar, es mi forma particular de canalizar la rabia que siento tras la discusión con mi padre y mi hermano.

Cuando llego a Sitges ya es casi de noche y noto a Yago raro. Está distraído, como si hubiera un muro invisible entre nosotros, aunque insiste en que no le pasa nada. A ratos me sonríe, me abraza, bromea como siempre; luego vuelve el silencio y apenas me toca.

—¿Estás enfadado? —le pregunto.

—No —dice sin levantar la vista.

—Es que te noto raro todo el día.

—Estás muy susceptible últimamente, ¿no? No todo va de ti.

Me quedo callada. Tal vez soy yo quien está sensible después de lo que ha pasado con mi familia. Hoy necesito especialmente su apoyo.

Por otro lado, pienso que, después de seis meses juntos, es normal que la intensidad no sea siempre la misma. Quizá soy yo quien hoy está más sensible. Pero algo en el aire es distinto. Lo confirma un detalle que para mí es determinante: esta noche, solo dormimos.

Al día siguiente, Yago sigue igual y apenas me mira.

Le vuelvo a preguntar si le pasa algo, pero él lo niega de nuevo.

Ya es igual lo que diga, sé que hay algo que no va bien.

Cuando subo al coche para volver a Barcelona, todas mis alarmas se han disparado.

Me mata no saber qué es. No quiero parecer pesada, así que descarto volver a preguntarle.

Rebobino mentalmente las últimas horas en busca de una señal, algún indicio que me ayude a entender, pero no encuentro nada.

A lo largo de la mañana la ansiedad me invade como nunca.

Apenas consigo dar las clases, mi cabeza está en otra parte.

El re­loj avanza despacio y, aunque estoy frente a mis alumnos, me resulta imposible concentrarme.

Reviso el móvil una y otra vez por si Yago ha escrito. La pantalla sigue en silencio. Nada.

Mis viejas heridas se abren de golpe. El miedo al abandono, a no ser suficiente, brota con una intensidad que me desborda. Me sorprende hasta qué punto el silencio de Yago puede desestabilizarme.

Al llegar la noche sigo sin noticias suyas.

Nunca nos había pasado. Algo ocurre, lo sé.

La cabeza se me llena de pensamientos alarmistas y la presión en el pecho crece hasta volverse casi insoportable.

Siento que voy a estallar de ansiedad. Necesito hablar con Julieta. Ella siempre sabe qué decirme.

En cuanto descuelga el teléfono, rompo a llorar. Todas las emociones que he intentado contener a lo largo del día se desbordan sin control.

—Cata, tranquila. Entiendo cómo estás, y sí, algo le pasa. Pero no lo magnifiques. Cuando se siente inseguro, huye; es lo que ha hecho siempre. ¿Crees que vive en una furgo porque es muy guay? Pues no —dice Julieta, con su claridad habitual.

—Pero es que me siento fatal, no me reconozco. Mira cómo estoy. No quiero que me vea así.

—Lo entiendo, pero tienes que hablar con él.

—Pero ¿cómo lo hago sin parecer tan patética como me siento ahora?

—Cata, cariño, tú no eres patética. Simplemente estás mostrando tu vulnerabilidad, y eso también es parte de ti. No solo eres la mujer fuerte, emprendedora, entusiasta y segura que todos vemos. También eres esta, y Yago tiene que conocer a la Cata completa.

—Tal vez tengas razón, pero no me gusta sentirme así. En cuanto empiece a hablar me voy a poner a llorar, y no quiero. Además, tampoco ha pasado nada en realidad. No sé por qué estoy montando este drama.

—Pues a mí tu vulnerabilidad me encanta. Es lo que te hace tan humana, tan empática y tan buena artista. Sin tu sensibilidad, no serías tú. Es una de las cosas que más admiro de ti, y creo que Yago también.

Julieta tiene razón, siempre la tiene. No es la típica amiga que te dice lo que quieres oír. Ella siempre te dice la verdad.

Antes de colgar, me tranquiliza. No cree que esté pasando nada grave y me anima a confiar en mí y en lo que siento. Su teoría es que Yago se ha agobiado un poco y que lo mejor que puedo hacer es explicarle cómo me siento.

Me voy a dormir algo más tranquila, pensando en cómo abordar esa conversación. Sé que debo tenerla, pero me va a costar. Afrontar conflictos nunca se me ha dado bien, y menos si se trata de Yago.