Capítulo III
III
Camino hacia la casa familiar de la Cerdaña, pienso en los dos meses que han pasado desde que regresé de Ibiza. Mi padre y mi hermano aún no entienden bien lo que pasa. De mi madre solo he recibido unas pocas llamadas breves y alguna que otra visita que me ha dejado con una sensación extraña.
Al cruzar la puerta, la mirada de mi hermano se me clava sin disimulo. Mi padre, con su rigidez habitual, viene a saludarme como si nada hubiera pasado. Imagino que mi madre ha estado hablando con él estas semanas para intentar suavizar el terreno.
Cuando nos sentamos a la mesa, noto el ambiente más distendido.
Mi padre habla de política con mi hermano y yo me pongo al día con mi madre.
Decido no mencionar a Yago para mantener la paz y espero a que todos hayan acabado el postre para levantarme discretamente y hacer tintinear mi copa con la cuchara.
Todos se giran hacia mí. Respiro hondo y lo anuncio.
—Familia, sois los primeros en saberlo: en enero del año que viene expondré mi nueva colección en una galería.
Mi padre, mi madre y mi hermano se levantan al instante para brindar conmigo entre abrazos y felicitaciones. Mi padre, animado, saca el champán reservado para las ocasiones especiales, sirve las copas y me pide más detalles del evento.
Durante un rato pienso que lo de Ibiza ha quedado atrás y que esta noticia nos dará algo de tregua. Pero Eduardo, especialista en sacar temas incómodos, no tarda en soltar el comentario de turno. Mi hermano confunde sinceridad con decir lo primero que se le pasa por la cabeza sin filtro ni tacto.
—Hermanita, ¿qué tal te va con ese panoli? —pregunta burlón.
—Se llama Yago —respondo, molesta.
—Me da igual cómo se llame, tiene toda la pinta de ser un pobre tío. ¿Qué le ves?
—Eduardo tiene razón, Catalina. No entiendo qué te gusta de ese tipo de hombres —interviene mi padre.
—Lo estáis prejuzgando. Soy muy feliz, parece mentira que no lo veáis —contesto para dejar claro que se equivocan.
—Eso es verdad, yo la veo muy guapa y contenta —interviene mi madre.
—Venga, va, esto es un capricho. Ese tío te la acabará liando —decreta mi hermano, como si todos los hombres fueran iguales y yo no supiera nada de la vida.
—Estoy de acuerdo con Eduardo —añade mi padre.
Me ofende que hablen de Yago sin conocerlo y, peor aún, que me traten como si fuera una ingenua.
Es el patrón de siempre: preocupación disfrazada de crítica, control envuelto en buenas palabras, desprecio sin disimulo a mis decisiones.
Mi madre no dice mucho, pero siento que ella no necesita entenderme por completo para aceptarme tal y como soy. Eso siempre lo ha sabido hacer.
—No os he pedido opinión. Es mi vida, y, si no os gusta, al menos respetadme —digo levantándome de la mesa.
—Haz lo que quieras, Catalina, pero a mí no me lo presentes. Supongo que no vendrá a la inauguración, ¿no? —añade mi padre.
—Por supuesto que vendrá. Si no quieres conocerlo, el problema es tuyo —respondo antes de salir de un portazo.
—Bueno, pues a mí que no me salude —oigo decir a mi padre desde el otro lado de la puerta.
Cojo las bolsas y las chaquetas y pido a los niños que se despidan. Volvemos a Barcelona.
Mi madre sale detrás de mí, intentando calmarme.
—No les hagas caso, ya sabes cómo son. Quédate hasta mañana —me ruega.
Me sabe muy mal, pero no puedo más con esta constante contradicción entre mi familia o mi libertad. Durante mucho tiempo los elegí a ellos, pero ahora ya no puedo renunciar a mí. Salgo dándole un fugaz beso y le digo que la llamaré mañana.